VII. Diversidad del Egipto Musulmán

Introducción

El Egipto copto y monofisita, que vivía bajo la opresión de los Bizantinos ortodoxos, había acogido a los conquistadores musulmanes como liberadores. En un principio, el país constituyó, en la época islámica, una brillante encrucijada de influencias y de corrientes espirituales. Esta multiplicidad de fuentes se observa en las obras de arquitectura.

Diversidad del Egipto Musulmán. AstrolabioUna primera mezquita es edificada en Fostat, ciudad que los árabes han fundado en el 641, durante la conquista, en un lugar cerca de El Cairo, nueva capital que levantaron los Fatimíes. Esta mezquita lleva el nombre de Amr ibn el-Ass, general victorioso que inicia, en el 642, una construcción cuyo aspecto ha cambiado muchas veces durante su larga historia, porque fue demolida y reconstruida en el 698, reconstruida otra vez en el 711, ampliada en el 750, y después en el 791 de nuestra era [FIG. 1].

La mezquita de Amr alcanza finalmente sus dimensiones actuales en el 827, época en la que Abd Allah ibn Tahir le da su forma definitiva. Esta gestación agitada se debe no solamente a las vacilaciones de los arquitectos a la hora de fijar el tipo clásico de la mezquita durante los dos primeros siglos de la hégira, sino también al rápido crecimiento del número de musulmanes que quieren participar en la oración en una sala de congregación capaz de acoger a numerosos fieles.

Cuando sepamos cómo es la estructura de este edificio, comprenderemos cómo pudo ser objeto de tantas reestructuraciones sucesivas: se trata de una especie de juego de construcción hecho de antiguas columnas y capiteles romano-bizantinos que forman unos pórticos perpendiculares a la kibla, con unos arcos hechos en mampostería ligera. Estos elementos están unidos entre sí, a nivel de impostas, por unos tirantes de madera que, trabajando transversal y longitudinalmente, forman una estructura ortogonal aérea. Este sistema, que cuadricula el espacio, constituye un eficaz refuerzo y es lo que confiere al conjunto su rigidez.

La mezquita de Amr, que cubre aproximadamente 120 x 110 metros y se parece a las primeras formas de las mezquitas de Córdoba y de Kairuán, es por tanto un ejemplo típico del edificio de oración de sala hipóstila: está formada por una veintena de naves y totaliza casi ciento cincuenta columnas [FIG. 2]. El espacio oblongo del haram está precedido por un patio o centro en el que se encuentra la fuente para las abluciones rituales [Fig. 3].

Mezquita de Amr (El Cairo). Figura 1: primera mezquita de El Cairo
Figura 1: primera mezquita de El Cairo
Mezquita de Amr (El Cairo). Figura 2: la sala hipóstila típica
Figura 2: la sala hipóstila típica
Mezquita de Amr (El Cairo). Figura 3: fachada que da al patio
Figura 3: fachada que da al patio

Una obra de edilicia: el Nilómetro de Rodas

El reinado de los Grandes Abasíes está marcado por considerables progresos técnicos. Cuando los califas gobernaron en Egipto, se preocuparon por el rendimiento agrícola. Este afán de promover las instalaciones necesarias para la explotación de las tierras irrigadas era característico de los soberanos iraquíes, cuya riqueza dependía en gran parte de las instalaciones hidráulicas de la llanura mesopotámica.

Nilómetro de Rodas
El Nilómetro de Rodas

En Egipto, donde ocurría lo mismo, al-Motawakkil mandó hacer un Nilómetro, concebido con el espíritu de las construcciones faraónicas. Edificado en el 861, ocupa la extremidad meridional de la isla de Rodas, frente a El Cairo antiguo. Este edificio subterráneo demuestra un nivel científico avanzado: se presenta como un pozo cuadrado, en piedra tallada, de una estereotomía muy elaborada, que recurre a unos arcos apuntados de una extraordinaria elegancia. Unas hornacinas abovedadas contribuyen a estirar la estructura, resistiendo a la fuerza lateral ejercida sobre las paredes. Porque esta construcción penetra en el suelo a unos doce metros de profundidad. En tres secciones, que se van estrechando, desciende hasta el nivel más bajo que alcanza el curso del Nilo. Una escalera permite acceder a la base del pozo, donde dos túneles comunican con el agua. En el centro se alza una hermosa columna octogonal que, por estar graduada, permite averiguar el nivel máximo alcanzado por la crecida del río. Tomando como base la cifra indicada sobre el fuste se calculaba la cantidad anual de agua que el califa sacaba en los territorios rurales. Según los autores árabes, el Nilómetro de Rodas, cuya técnica se basa en el principio de los vasos comunicantes, sería el producto de la colaboración entre el arquitecto Ahmed ibn Mohammed al-Hasib y el célebre matemático al-Farghani. No se excluye que haya que atribuir el acabamiento de la obra al sultán Ahmed ibn Tulun que se hace con el poder en Egipto en el 868 [Fig. 4] [Fig. 5] [Fig. 6].

A partir del reinado del califa al-Motazz (866-869) de Samarra, los movimientos revolucionarios se multiplicaron en el imperio de los Abasíes: vamos a citar el de los Zandj, esclavos negros de las plantaciones de caña de azúcar al sureste de Irak, dirigido por un supuesto Alí; el de los Karmates de Siria y de Arabia oriental, de inspiración chiíta ismaelita; el de los Safawíes en Seistan, y posteriormente en Khorasan, revoluciones que son aniquiladas por los Samani en los albores del siglo X, etc. En este turbulento contexto se produce la secesión del general Ahmed ibn Tulun: hijo de un esclavo de Bukhara, nacido en Samarra, este soldado de origen turco había sido nombrado gobernador de Egipto y de Siria por el califa al-Motazz.

Cuando proclama su independencia y no reconoce el poder central abasí, su revolución ya no suscita reacciones: Bagdad se limita a aceptar la secesión de una de las provincias más ricas.

Nilómetro de Rodas. Fig. 4: corte y plantas
Fig. 4: corte y plantas
Nilómetro de Rodas. Fig. 5: el pozo reforzado por arcos.
Fig. 5: el pozo reforzado por arcos
Nilómetro de Rodas. Fig. 6: una obra hidráulica
Fig. 6: una obra hidráulica

Ibn Tulun importa la técnicas abasíes

Desde su palacio llamado al-Kataï, ibn Tulun dirige el país con autoridad. De su estancia en Samarra, donde se crió, guarda el recuerdo de las gigantescas mezquitas, construidas en ladrillo, según la tradición iraquí. Decide a su vez edificar en Fostat (cerca de la futura ciudad de El Cairo) un lugar de oración análogo, de proporciones monumentales. Contrariamente a la costumbre del valle del Nilo, donde el recurso a la piedra estaba generalizado desde de los faraones para los templos y las tumbas, el amo de Egipto se inspira en el esquema del aparejo de ladrillo y del revestimiento de estuco en uso en Mesopotamia [FIG. 7].

La Gran Mezquita de ibn Tulun empieza a construirse en el 876 y es terminada en el 879 [FIG. 8]. No alcanza las dimensiones de las de Samarra, sin embargo es una innovación en Egipto por su amplitud. Una primera muralla cuadrada limita la ziyada (162 metros de lado, es decir, 2,6 hectáreas). La mezquita propiamente dicha mide 140 x 116 metros y está formada, en el centro, por un patio cuadrado de 90 metros de lado, bordeado de pórticos con arcadas en sus cuatro lados [FIG. 9]. La sala de oración, oblonga, es tres veces más ancha que profunda. Está formada por cinco intercolumnios paralelos a la kibla y totaliza ochenta pilares transversales que soportan unos arcos apuntados, todos idénticos. Esta serie de arcos casi de herradura culminan a 8,1 metros de altura. El ritmo de estos pórticos regulares continúa, por otra parte, sin interrupción a lo largo de la doble galería que rodea los otros tres lados del patio y que está formada igualmente por ochenta pilares. Éstos están aislados por pequeñas columnas esquinadas y adosadas [FIG. 10], mientras que las arcadas y el intradós de los arcos están cubiertas de motivos en estuco moldeados, como en los palacios de Samarra [FIG. 11] Entre los arcos, se hace un vano en las enjutas, tanto para aligerar visualmente el pórtico, como para tensar la estructura. Además, la obra de ibn Tulun estaba formada, a ejemplo de las mezquitas de Samarra, por un minarete helicoidal de ladrillo [FIG. 12]. Éste fue, posteriormente, reconstruido en piedra. La operación debió tener lugar en 1296, en tiempos de los Mamelucos, cuando la fuente central del patio fue también reconstruida, a raíz de una campaña de restauración del venerable edificio, que por aquel entonces tenía cuatro siglos. En la época moderna, a causa del derrumbamiento de una serie de arcadas de la sala de oración, en 1877, fue necesario emprender nuevos trabajos de restauración en 1929.

La mezquita de Ibn Tulun constituye una obra maestra notable por su planta y por la unidad de su concepción [FIG. 13]; además, nos ayuda a imaginar el aspecto que debían de tener las grandes mezquitas de Samarra, demasiado en ruinas para darnos una idea concreta de sus espacios cubiertos. Por sus considerables dimensiones, este edificio subraya la horizontalidad de sus proporciones. Excepto el minarete, un solo acento emerge del cuadrilátero: la cúpula de ladrillo que sobresale por encima del mihrab.

Éste es un elemento innovador relacionado con la Gran Mezquita de Samarra. Hay que señalar que el esquema de las arcadas paralelas —y no perpendiculares— a la kibla, y el recurso a unos pilares horizontales limita sensiblemente la visión en dirección al mihrab [FIG. 14]. El resultado ofrece un aspecto severo y estricto suavizado por los ligeros motivos de estuco que adornan los capiteles y el borde de los arcos [FIG. 15], así como la decoración de los claustra con figuras geométricas situadas delante de las ventanas altas [FIG. 16]. Finalmente, unos motivos esculpidos en las puertas de madera y en todos los trabajos de madera parece que están hechos por carpinteros coptos. Debemos añadir que, al borde de las terrazas que cubren tanto la sala de oración como los pórticos del patio, una elegante barandilla calada en mampostería estucada destaca sobre el cielo unos motivos que parecen recortados [FIG. 17]. Este juego de merlones emblemáticos, cuya altura supera los 3 metros, aligera el aspecto bastante macizo de la construcción de Tulun.

La llegada de los califas fatimíes

En el siglo X, la disgregación del imperio abasí se acelera. Después de que ibn Tulun se hubo sustraído al poder de los califas de Bagdad, unos príncipes Buyid de tendencia chiíta ponen bajo su protección al jefe de los creyentes. Estos aventureros persas, que se proclaman independientes en el 932, llegan a ocupar Bagdad, donde intensifican la «iranización» de la corte. A estas alturas la disputa entre sunnitas y chiítas, basada en la forma de sucesión del jefe del Islam, es cada vez más enconada. Los partidarios de la sucesión familiar, que forman la rama chiíta, consideran a Ali, primo y yerno del Profeta por haberse casado con Fátima, como el representante legal de la tradición. Según este concepto, sólo los descendientes de Mahoma pueden heredar el poder y convertirse en los guardianes de la fe islámica. Ahora bien, este movimiento político-religioso tiene un desarrollo tanto más rápido cuanto más débil se va haciendo el poder sunnita de Bagdad. En el Norte de África y en Oriente Próximo, los Alíes están representados por los anticalifas fatimíes, que constituyen la oposición más virulenta al sunnismo. Los Fatimíes, o partidarios de Fátima, hija del Profeta, forman una dinastía ismaelita, de obediencia chiíta, que se impone gracias a Obayd Allah, llamado el Mahdi (862-934). Este personaje, que pasa por ser un descendiente directo del Profeta, había nacido en Siria. Ante las amenazas de sus adversarios, huye al Tafilalet (Marruecos meridional). Su misionero, llamado Abu Abd Allah, difunde sus ideas en la Ifrigiyya (actual Túnez), donde el personaje de Obayd Allah es rápidamente reconocido como el verdadero Mahdi. Sus fieles le conceden el título de califa. Ahora existe, frente al califato sunnita de Bagdad, un califato chiíta que afirma inicialmente su autoridad en Kairuán, la capital de la Ifrigiyya, y después, al fundar la ciudad de Mahdiya, Obayd Allah se instala en el 921 en esta nueva capital.

El movimiento alí, en tiempos de la dinastía fatimí, conoce una rápida difusión: se implanta en Egipto en el 969, y después en Damasco en el 970. La mayor parte del mundo islámico parece entonces inclinarse hacia el campo de los chiítas, y el sunnismo ya sólo se mantendrá en su posición preeminente gracias a los nuevos convertidos, los Turcos selyúcidas. No solamente hay soldados turcos en la guardia de los Abasíes, sino que sus hermanos, los Selyúcidas, constituyen pronto una formidable potencia en Oriente Medio, donde se apoderan de Persia antes de entrar triunfalmente en Bagdad en 1055 y proclamarse defensores del califa.

La presencia de los Fatimíes en Egipto va acompañada por una profunda transformación del país. Fundadores de El Cairo (al-Kahira, la «Victoriosa»), los califas chiítas se establecen en el 973 en esta nueva capital. Bajo su reinado, Egipto conoce una extraordinaria prosperidad, como lo demuestra una renovación de las artes y de la arquitectura. Es el general Gauvar, comandante de las tropas del Fatimí al-Muizz (953-975), el que decide edificar, no lejos de la ciudad árabe de Fostat, esta nueva ciudad, situada entre el Nilo y el Mokkatam. Se trata esencialmente de una fortaleza, de una especie de «ciudad prohibida», reservada al soberano y a su corte, al personal administrativo así como a la guardia pretoriana. Esta ciudad fortificada tiene un tesoro, una casa de la moneda, una biblioteca, un arsenal y unos mausoleos. Está provista, en un primer momento, de una muralla de ladrillo, de planta cuadrada, que mide 1,1 kilómetros de lado. Más tarde, en el siglo XI, estas murallas serán reconstruidas en piedra, bajo la influencia de los progresos realizados en el campo de la poliorcética, en vísperas de las Cruzadas.

El hecho de que El Cairo haya sido concebido como una fortaleza, donde sólo residía la clase dirigente, explica en parte el profundo cisma que siempre ha existido entre, por un lado, los soberanos fatimíes, su Corte y su administración, y por otro la gran masa de la población rural y artesanal egipcia que ha seguido siendo sunnita. Esta ruptura social explica la relativa brevedad del paréntesis fatimí. En efecto, esta dinastía sólo dura dos siglos, y se acaba en 1171 en medio del caos.

La mezquita de Al-Azhar, centro de civilización

En el centro de El Cairo se alza la principal mezquita del Islam chiíta de todo el Norte de África y de Oriente Próximo, entre los siglos X y XII: se llama al-Azhar, «la Espléndida», y ha sido fundada en el 970 [FIG. 18]. Es un edificio con patio oblongo, rodeado por un pórtico formado por antiguas columnas, que soportan unas arcadas de ladrillo revestido de estuco. El perfil de estos arcos se basa en un trazado con cuatro centros: los arcos están hechos de rampantes muy estirados (casi rectos) y de respaldos tiesos. El diseño de estos vanos es de una notable energía. Los arcos están muy elevados y unidos entre sí por unos tirantes, que confieren su solidez al pórtico a pesar de la delicadeza de sus soportes [FIG. 19]. Para paliar todo riesgo de fragilidad, los arquitectos han triplicado las columnas de una y otra parte de la entrada y las han duplicado en las esquinas del patio. Éste mide 50 x 34 metros y sus cuatro «fachadas» están adornadas, a nivel del friso, por unos huecos hechos justo encima de las columnas, mientras que grandes rosetones circulares coronan los arcos. Destacando sobre el cielo, una balaustrada con abertura de merlones escalonados (motivo de origen aqueménida) aligera el aspecto general del edificio. El lenguaje decorativo que adorna el patio de al-Azhar deriva en gran parte del ejemplo de Tulun. Pero más por la ornamentación que por el recurso a la técnica del ladrillo, la primera arquitectura fatimí de El Cairo no constituye una ruptura con la tradición mesopotámica inaugurada por ibn Tulun. Sólo la utilización de elementos antiguos enlaza con el pasado omeya.

En al-Azhar, el patio constituye un antesala perfecta a la sala de oración, que contaba, en un principio, con cinco intercolumnios paralelos a la kibla. Es una construcción hipóstila con techo de madera plano sobre columnas recicladas, que se parece a la estructura de la venerable mezquita de Amr ibn el-Ass: se encuentra en ella la ligereza espacial ritmada por los tirantes cruzados a nivel de impostas [FIG. 20]. Esta sala presenta la particularidad de ofrecer una nave basilical mediana más ancha, bordeada por dos arcadas que conducen al mihrab y que son subrayadas por columnas pareadas. Además, el espacio prosigue lateralmente, angulado en forma de escuadra, sobre los lados del patio. Engloba, a derecha e izquierda, once intercolumnios que cuentan con tres arcos en el sentido de la anchura, que engrandecen notablemente la sala de oración. Da la impresión de que el patio destaca en el interior del haram en lugar de precederlo. La concepción gana aquí en cohesión y unidad.

Tras la caída de los Fatimíes, esta mezquita chiíta se convertirá en la gran universidad del Islam sunnita [FIG. 21]. Sufrirá varias campañas de ampliación. La kibla será abatida, se conservará el mihrab original, y la sala de oración será prolongada en dirección a La Meca mediante cuatro nuevos intercolumnios. La nave principal de la parte nueva, desplazada hacia la izquierda, conduce a un nuevo mihrab fuera del eje. En el lado norte, la fachada de entrada es totalmente remodelada, mientras que se añaden unos minaretes mamelucos.

La época fatimí crea toda una serie de lugares de oración. Los anticalifas expresan aquí su autoridad. Si al-Muizz y al-Aziz dan prueba de tolerancia hacia la minoría copta, el sultán al-Hakim (996-1021), por el contrario, se dedica a perseguir a los cristianos y a los judíos. Este califa alí, que prescribe una rigurosa ascesis, manda construir, al norte de El Cairo, una gran mezquita inspirada en la de ibn Tulun [FIG. 22]. Esta mezquita estaba formada por cinco intercolumnios paralelos a la kibla con una nave axial que conducía al mihrab. Un triple pórtico bordeaba lateralmente el patio, mientras que las arcadas eran dobles al lado de la entrada. El edificio, enteramente construido en ladrillo, estaba formado por gruesos pilares que soportaban unos arcos apuntados [FIG. 23a] [FIG. 23b]. De una parte y de otra de la entrada principal subsisten unas torres esquinadas, poderosamente fortificadas, cuyos muros presentan un desplome, y que están coronadas por minaretes. El lado nordeste del edificio se confunde, por otra parte, con la muralla fatimí de la ciudad.

Hoy en día, totalmente desfigurada por unas «restauraciones» absurdas y abusivas, esta mezquita, que mide 120 x 113 metros, muestra un pavimento y unos muros interiores de mármol blanco que no tienen nada que ver con el edificio original… [FIG. 24]

La muralla en piedra de El Cairo

Bajo el reinado del califa fatimí al-Mostanzir (1036-1094), que se mantiene en el trono más de medio siglo sin reinar jamás verdaderamente, los desórdenes y la anarquía se instalan en el país. La autoridad del soberano no llega a imponerse de forma duradera. Finalmente, en 1074, para poner orden en un Egipto destrozado, al-Mostanzir llama a Badr Gamali, un armenio que había sido gobernador de Damasco y prefecto de San Juan de Acre. Badr está rodeado de tropas mercenarias armenias que se habían refugiado en Egipto, tres años después de su derrota ante los Selyúcidas (1071) en Mantzikert. Badr se apresura a secuestrar al califa en el palacio real. La soldadesca en la que basa su autoridad va acompañada por arquitectos e ingenieros especializados en fortificaciones, a los que Badr confía la tarea de edificar una nueva muralla alrededor de la capital [FIG. 25]. Estos constructores, que trabajan según la tradición armeno-bizantina, construyen, entre 1087 y 1091, las murallas, jalonadas de torres cuadradas, así como tres puertas de El Cairo llamadas Bab el-Nasr [FIG. 26a] [FIG. 26b], Bab el Futuh y Bab el-Zueïlah [FIG. 27a] [FIG. 27b]. La construcción de esta muralla de una excepcional calidad, que se parece a la de Edesa, ciudad de la que son originarios numerosos artistas de Badr, marca el retorno de la técnica de la piedra tallada en la arquitectura egipcia, enlazando así con su lejano pasado faraónico. El aparejo está hecho de grandes bloques unidos con una extremada precisión.

La concepción de esta muralla deriva de los modelos romanos, con torres cuadradas o semicirculares y portones en plena cimbra. Recurre a las formas evolucionadas que son la bóveda de lima tesa o la cúpula sobre pechinas. El sistema de las troneras, heredado de los castillos omeyas, demuestra el desarrollo al que habían llegado las técnicas de defensa en El Cairo en vísperas de las Cruzadas. Esta obra magnífica que se alza aún hoy en su perfección geométrica y funcional es un ejemplo de las técnicas que serán utilizadas en la época ayyubí. Anuncia ya las grandes ciudadelas de Damasco o de Alepo.

Un nuevo tipo de mezquitas de piedra

La estereotomía que es propia de la arquitectura defensiva se impone también para las nuevas mezquitas que erigen los califas fatimíes de El Cairo. Desde luego, no se trata de grandes construcciones como los edificios destinados a las reuniones religiosas que hemos mencionado antes. Pero esta arquitectura de piedra, aunque de dimensiones limitadas, se expresa mediante unas plantas nuevas que le confieren un interés extraordinario. Bajo la influencia de constructores sirio-armenios, por tanto de formación cristiana, las mezquitas adoptan ahora unas proporciones longitudinales indiscutiblemente heredadas del esquema basilical.

Es en tiempos del califa al-Amir (1101-1130) cuando se construye la pequeña mezquita al-Akmar, que data de 1125, cuya planta longitudinal no va más allá de unos 30 metros de profundidad por unos 20 metros de ancho. La fachada que da a la calle no es paralela a la kibla y el ajuste se lleva a cabo mediante un frontispicio oblicuo que compensa el desequilibrio, según un esquema que será frecuentemente utilizado en el arte de los Mamelucos. La originalidad de las esculturas que ofrece esta fachada consiste en la transposición en piedra de los motivos decorativos aparecidos en al-Azhar, donde estaban tratados en mampostería de ladrillo revestido de estuco. Unas pequeñas hornacinas hechas en forma de estalactitas, o mukarnas, hacen aquí su aparición. En el interior, un pequeño patio cuadrado rodeado por una sola fila de arcadas precede la sala de oración provista de tres intercolumnios y cinco naves. Los soportes están hechos con elementos antiguos.

Mezquita de al-AkmarLa influencia de los constructores armeno-bizantinos de Badr Gamali conduce a abandonar el uso del ladrillo para los lugares de oración. La pequeña mezquita de al-Akmar (1125) con su fachada adornada de motivos en relieve —tímpano, estalactitas, hornacinas con pequeñas columnas— hechos con estuco sobre la piedra tallada, demuestran la evolución estilística a comienzos del siglo XII.

Hay otro ejemplo de edificio fatimí que se inscribe dentro de una planta rigurosamente rectangular [FIG. 28]: es la mezquita de Salih Talaï, que fue levantada en 1160. La construcción, de unos 50 metros de largo, se alza sobre un podio al que se accede por una doble escalera en la fachada. La entrada [FIG. 29] presenta una concavidad en forma de ancha exedra soportada por una fila de cuatro columnas: sobre el eje de simetría se abre el portal que da acceso a un patio que mide 23 x 18 metros de ancho. Éste está rodeado por un pórtico con una sola fila de columnas que cuenta con seis soportes a lo ancho y siete a lo largo [FIG. 30]. La sala de oración sólo presenta, como en al-Akmar, tres intercolumnios paralelos a la kibla. En Salih Talad estamos en presencia de un sistema coherente y racional que traduce el sistema arquitectónico introducido un siglo antes por los constructores sirio-armenios [FIG. 31].

El palacio de los califas fatimíes de El Cairo

El período fatimí corresponde, para Egipto, a un notable progreso de las artes y las ciencias. Los califas favorecen la expresión artística, disponen de astrónomos y astrólogos, de matemáticos y sabios que trabajan en la corte, así como de numerosos copistas e ilustradores que hacen miniaturas; porque la prohibición de imágenes sólo se aplica a la religión; no afecta a las obras científicas o literarias.

A lo largo de la calle principal de El Cairo, el soberano dispone de dos grandes palacios y de una plaza (meïdan), en la que se practicaba el juego del polo, importado de los confines orientales de Irán. Como escribe Oleg Grabar, «la capital se había convertido en uno de los centros urbanos más cosmopolitas y más grandes de la época medieval». Conocemos el Gran Palacio oriental por los textos de los historiadores contemporáneos que describen la perspectiva de las salas que conducen al aula regia. Podemos, por otra parte, imaginarnos la fastuosidad que los Fatimíes habían acumulado en esas construcciones; en efecto, bajo la influencia del ritual áulico persa, la supremacía del soberano se hace considerable, hasta el punto de que al-Hakim quiso que se le reconociera como dios. A pesar del carácter igualitario de la doctrina musulmana, la divinización de los Príncipes, a la manera romana, estaba en fase de reaparición bajo la influencia de la corriente chiíta.

Los mausoleos fatimíes de Asuán

Al sur de Egipto, no lejos de la ciudad de Asuán, se alza una necrópolis cuyos mausoleos con cúpulas casi en ruinas son un testimonio del desarrollo de la arquitectura funeraria en ladrillo, de la época de los Fatimíes (siglo XI). El interés de estos monumentos, o qubba, reside en la diversidad de las cúpulas que, respondiendo a un simbolismo frecuente en el mundo islámico como representación del cielo, cubren las tumbas. En efecto, encontramos aquí unas cúpulas hemisféricas, algunas puestas a los lados, situadas sobre unos tambores de cornisa saliente iluminados por ventanas. Aquí se experimenta todo un repertorio de cubiertas, pasando de la planta cuadrada al cilindro a través de unas estalactitas que revisten las pechinas de sus estructuras geométricas.

En este virtuosismo de formas esféricas y en el deseo de tratar la transición espacial del cuadrado al círculo por medio de formas meramente racionales, se observa el atractivo de un desarrollo que alimentará el lenguaje arquitectónico medieval tanto en Persia como en Siria y en Egipto, y más tarde en toda el área islámica, desde Granada hasta la India.

Cementerio de Asuán El cementerio de Asuán, al sur de Egipto, está formado por una serie de mausoleos chiítas con cúpulas, construidos en ladrillo con revestimiento de estuco. Datan de los siglos XI y XII. En estas tumbas, las variantes en las formas de la cúpula —de gajos, de perfil de arco de herradura, sobre tambor, dividida en cuatro partes, etc.— hacen de la qubba un repertorio de soluciones técnicas originales.