III. Elementos formales y compositivos

La forma es la apariencia sensible de las cosas y la forma artística es la que surge de las manos del artista creador. En el proceso de creación, la forma se une a la materia sin la cual, como dijimos anteriormente, la primera no existiría.

Las formas arquitectónicas constituyen, como las pictóricas o las escultóricas, un lenguaje que contiene la posibilidad de transmitir mensajes. Los elementos formales básicos del lenguaje arquitectónico son la columna, el pilar, el arco, la bóveda, los dinteles, las molduras, etc. Todos ellos forman parte de sistemas constructivos determinados (adintelado, abovedado,…) y, a su vez, de lenguajes arquitectónicos concretos. Al modo en que cada uno de estos lenguajes arquitectónicos se articulan y se aplican podemos denominarlo estilo.

La forma y sus lecturas

La arquitectura, como todas las artes plásticas, presenta unas determinadas formas físicas plasmadas en diferentes materiales. En la arquitectura estas formas son puras, no figurativas, salvo en el caso de elementos decorativos, por lo que han de ser valoradas por ellas mismas, sin cabida para la interpretación a base de identificadores con la realidad y la apariencia, como ocurre con determinadas tendencias de la pintura y la escultura.

Realizado para la Bienal de Teatro y Arquitectura, el Teatro del Mundo se inauguró el 11 de noviembre de 1979, colocándose frente a la Dogana de Venecia. La idea de la Bienal fue rememorar los teatros que circulaban sobre el agua, característicos del s. XVIII veneciano, de modo que el concepto de Rossi fue mantener la idea de teatro-nave de esos edificios. Construido en los astilleros de la Fusina, el teatro se levanta sobre una balsa formada por vigas de hierro soldadas. Su altura total es de 25 metros, incluyendo la balsa; está formado por un bloque prismático, en forma de cruz griega de brazos muy cortos, de once metros de alto por nueve y medio de lado, más un cimborrio octogonal de 6 metros de altura. La construcción se realizó utilizando tubo de hierro para la estructura y madera para el revestimiento.

El estudio de las formas arquitectónicas puede realizarse según métodos diversos. Rudolf Arnheim, por ejemplo, propone una análisis basado en la mera percepción: «Un edificio es en todos sus aspectos un hecho del espíritu humano. Una experiencia de los sentidos, de la vista y del sonido, tacto y calor, frío y comportamiento muscular, así como de los pensamientos y esfuerzos resultantes». En definitiva, para Arnheim las formas tienen un determinado efecto psicológico sobre quien las contempla, efecto derivado de sus intrínsecas cualidades expresivas: así, la línea horizontal comunica estabilidad, la vertical es símbolo de infinitud, de ascensión; una voluta ascendente es alegre, mientras que si por el contrario es descendente comunica tristeza; la línea recta significa decisión, fuerza, estabilidad, mientras que la curva indica dinamismo, flexibilidad; la forma cúbica representa la integridad, el círculo comunica equilibrio y dominio, mientras que la esfera y la semiesfera (cúpulas) representan la perfección. La elipse, por su parte, al contar con dos centros comunica inquietud, inestabilidad.

Otro sistema de análisis formal es el de la visibilidad pura de Heinrih Wölffin, quien realiza el análisis de cualquier obra de arte a partir de cinco pares de conceptos opuestos. Este método ha sido también aplicado corrientemente a la pintura y a la escultura, siendo su uso menos habitual en manos de la crítica arquitectónica. Las parejas de conceptos mencionados son las siguientes: lineal-pictórico, superficial-profundo, forma cerrada-forma abierta, pluralidad-unidad, claridad absoluta-claridad relativa. Veamos a continuación el significado y la aplicación que estos pares de conceptos tuvieron, en su momento, en el campo del análisis arquitectónico.

Lineal-pictórico

Extrapolando estos conceptos a la arquitectura tendríamos que la arquitectura lineal es aquella cuyas superficies están dominadas por la línea, por las formas de contornos limpios y precisos. A nivel tectónico poseen un volumen principal, un tema absolutamente preeminente. En ellas, la luz y la sombra están al servicio de la forma y sólo existen por su vinculación con ésta (Partenón, siglo V a.C., Atenas).

El templo griego del Partenón, construido en tiempo de Pericles, representa la arquitectura clásica por antonomasia. Es un templo períptero, o sea que posee una columnata exenta en todo su perímetro, es octástilo, por presentar ocho columnas en cada una de sus fachadas menores, y pertenece al orden dórico. Según las categorías enunciadas por Wölfflin, nos hallamos frente a una arquitectura lineal, por cuanto las formas están perfectamente definidas, sin desdoblamientos ni sombras.

La arquitectura pictórica, por su parte, invalida la línea como limitadora, multiplicando los bordes y complicando las formas, evitando su aislamiento y contribuyendo a que la ordenación se dificulte y a que una ligera vibración parezca adueñarse de los muros. Presenta muchos aspectos y no un tema preponderante. Las luces y las sombras se independizan de las formas, penetrando en los interiores, entremezclándose con autonomía del material constructivo. El estilo pictórico en arquitectura logra su mayor intensidad en los interiores (interior de la iglesia de San Juan Nepomuceno, obra de los hermanos Asam, siglo XVIII, Munich).

La iglesia de San Juan Nepomuceno pertenece a una extensa serie de construcciones que se levantaron en los valles de Austria, Bohemia y Baviera durante el siglo XVIII, en las que la invención decorativa prevalece sobre la estructural. Son edificios que parecen proyectados del interior hacia el exterior, limitándose éste a ser un simple envoltorio del espacio interior y, generalmente, de una calidad notablemente inferior. En el interior, elementos estructurales y decorativos se articulan alcanzando una perfecta continuidad visual.

Superficial-profundo

La arquitectura superficial o plana es aquella que no ofrece sensación alguna de profundidad, aun cuando verdaderamente la posea, dado que se trata de una profundidad estructurada en una serie de zonas, de diferentes planos situados simplemente unos tras otros (Villa Farnesina, obra de Peruzzi, siglo XVI, Roma). Existe, asimismo, una decoración superficial que centra su interés en los paños de pared y en los motivos planos (decoraciones realizadas durante el Neoclasicismo por R. Adam).

Si bien el siglo XVIII no realizó ninguna aportación espacial, hacia mediados de siglo se produjeron dos hechos de singular relieve: el redescubrimiento del arte helénico y las excavaciones de Pompeya y Herculano. La arqueología influyó de un modo decisivo en la decoración de interiores, especialmente en los creados por Robert Adam, quien realizó una ornamentación basada en los estucos romanos. Esta tendencia decorativa combinada a la perfección con la delicadeza de los interiores Rococó y las superficies planas, la simetría y el geometrismo propios del Neoclasicismo.

En oposición a la arquitectura superficial, podemos hablar de una arquitectura con profundidad que evita las impresiones planas y busca el efecto de relieve mediante la intensidad de las perspectivas. Para acentuarlas, utiliza la luz y las cesuras en los ritmos del trayecto (Scala Regia del Vaticano, construida por Bernini, siglo XVII, Roma). La decoración podrá tener profundidad con la ayuda de las pinturas ilusionistas y de los espejos que contribuyen a modificar la realidad física de los límites reales del espacio interior del edificio (Galería de los Espejos de Versalles, J. H. Mansart, siglo XVII, Francia).

Forma cerrada – forma abierta

Si bien en un principio debemos convenir en que todas las arquitecturas son de formas cerradas o tectónicas porque eso está en su propia naturaleza, analicemos ahora cuál es la impresión que producen, cuál la imagen que dan. La arquitectura tectónica, como denominaremos a partir de ahora a la definida por formas cerradas, se caracteriza por la importancia dada a la estructura, por la imposibilidad absoluta de desplazamiento y por el uso de formas delimitadas, bien cerradas. Todo ello produce una sensación de plenitud, de satisfacción. Es propio de este tipo de arquitectura el elemento geométrico y proporcionado, al igual que las formas rígidas que les confieren impresión de quietud y reposo (Capilla de la familia Pizzi, obra de Brunelleschi, siglo XV, Florencia).

Por el contrario, la arquitectura atectónica, o de formas abiertas, es la que, sin prescindir totalmente del orden, quiere dar apariencia de libertad. Juega con la irregularidad y disfruta ocultando la regla que la rige y que la arquitectura tectónica, su opuesta, gozaba en comunicar. Usa formas abiertas, aparentemente inacabadas, desprovistas de límites y que, en consecuencia, transmiten la sensación de no estar colmadas, de no estar saciadas. Son formas fluidas que parecen tomadas del mundo orgánico, formas que parecen haberse ablandado súbitamente, henchidas por una nueva vida interior (son las formas del Modernismo: Gaudí, Horta…).

Pluralidad – unidad

En la arquitectura plural cada forma se expresa con autonomía y su belleza se manifiesta con clara individualidad. Es obvio que entre las diversas formas, aun individualizadas, existe siempre una cierta complicidad que les permite formar un conjunto. Este fenómeno es, según Wölfflin, propio de lenguajes jóvenes que en sus primeras etapas sienten aún la necesidad de precisar uno a uno los signos de su código. Son arquitecturas plurales la griega o la renacentista.

Por el contrario, la arquitectura unitaria es aquella en la que prima el efecto de conjunto por encima de las formas singulares. Las diversas partes de la composición arquitectónica se funden en una sola masa, en el seno de la cual es difícil individualizarlas. Este tipo de arquitectura tiende a acentuar algunas de sus partes, como por ejemplo un elemento preferente al cual quedan subordinados los motivos restantes (Museo Guggenheim, obra de F.L. Wright, 1956-1959, Nueva York).

Claridad absoluta – claridad relativa

Estos conceptos son equiparables a los de claro e indistinto que son los que vamos a utilizar. El concepto de claro debe aplicarse a aquella arquitectura en la cual la belleza es sinónimo de absoluta y comprensible visualidad. La forma se presenta de manera abierta, en un contexto ordenado, de proporciones geométricas fácilmente aprehensibles, de inmediata comprensión. Un ejemplo de este tipo de arquitectura nos los brinda aquella para la cual la belleza es sinónimo de aparente confusión formal. Se trata de una arquitectura indistinta de la que puede decirse que posee una claridad relativa. Luz, sombra, formas complicadas, interrupciones, múltiples puntos de vista son algunas de sus características más destacadas. La diferencia entre lo claro y lo indistinto no radica en una mayor o menor comprensibilidad, sino que ésta sea global, del conjunto o parcial (Teatro de la Residencia, de François Cuvilliés, 1751-1753, Munich).

El teatro de la Residencia de Munich, obra de François Cuvilliés, arquitecto que supo adaptar el Rococó francés al gusto alemán, es un ejemplo de la denominada arquitectura indistinta: en estas arquitecturas, la luz, el color, las sombras y las formas complejas forman un todo unitario que dificulta su inmediata comprensión.

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