V. Espacio

Síntesis y caracterización

Nos hemos referido anteriormente al concepto de espacio como elemento que caracteriza y diferencia la arquitectura de las demás artes plásticas. Este hecho es evidente desde el momento en que convenimos en que la arquitectura, al margen de consideraciones sobre sus valores estéticos o su significado, es ante todo un lugar en el que los humanos desarrollamos parte de nuestra de actividad. La función primera de un edificio, servir para aquello para lo que ha sido creado, depende de la existencia de un espacio interior que posibilite esa función. Para que el espacio pueda ser percibido, para que pueda manifestarse, necesita unos límites físicos que lo definan, que lo delimiten. Entraríamos en el campo de los elementos formales, a cuyas características materiales y estilísticas, que deberán ser consideradas en el análisis arquitectónico totalizador, ya nos hemos referido.

El espacio interior conlleva dos hechos: por una parte su lógica repercusión en el espacio exterior, al que afecta al crear un volumen que lo ocupa, y, por otra, la posibilidad de un recorrido dentro del edificio, recorrido que implica un vacío y una dimensión temporal.

El volumen, aun siendo siempre una manifestación externa de la existencia de un espacio interior, no siempre se ajusta a su forma real, a su verdadera dimensión. Diríamos que un volumen es sincero con relación al espacio que contiene cuando lo refleja fielmente. Fernando Chueca Goitia encontró la en la teoría de la sinceridad de volúmenes uno de los denominados invariantes castizos de la arquitectura española, arquitectura que hereda las tradiciones constructoras mediterráneas e islámicas caracterizadas por este mismo fenómeno [FIGURA 1].

FIGURA 1: La arquitectura española de la época de los Austrias recoge del arte islámico y de la tradición mediterránea la denominada por Chueca Goitia sinceridad de volúmenes. Esta característica, que alcanza el rango de invariante, se da en toda la geografía española y se manifiesta por igual en castillos, palacios, conventos e iglesias. En el edificio del monasterio del Escorial, al igual que en toda la arquitectura de Juan de Herrera, el volumen sincero es el tema preponderante y a través de él se evidencian los espacios interiores que lo forman.

A lo largo de la historia de la arquitectura podemos rastrear la presencia de volúmenes sinceros e insinceros. La arquitectura popular es especialmente sensible en este aspecto: recordemos la arquitectura rural ibicenca, formada por cuerpos prismáticos o maclas, adosados o superpuestos, sincero reflejo de los espacios cúbicos que contienen [FIGURA 2]. Son asimismo particularmente sinceras las arquitecturas románica y renacentista, así como las arquitecturas del hierro, entre otras, mientras que las barrocas, las modernistas, etc. serían claros modelos de volúmenes arquitectónicos insinceros. A través de los espacios interiores de un edificio pueden transmitirse mensajes de contenido diverso: tal es el caso de las iglesias medievales en forma de cruz latina, símbolo de la pasión de Cristo, o de la sucesión interminable de salones en los palacios barrocos destinados a magnificar el poder de las monarquías absolutas europeas.

FIGURA 2: Es característica de la arquitectura popular su flexibilidad de adaptación al marco topográfico y a las necesidades funcionales. En Ibiza y Formentera, el crecimiento de las viviendas por adición de volúmenes en función de las necesidades de los usuarios, origina conjuntos mágicos de gran belleza y simplicidad, unificados por el uso generalizado del encalado. De los volúmenes de la arquitectura rural ibicenca puede decirse que son sinceros, por cuanto son un fiel reflejo del espacio existente en su interior.

El recorrido o experimentación directa del espacio interior de un edificio es una vivencia insustituible. Nos proporciona un perfecto conocimiento del espacio desde múltiples puntos de vista, que vienen dados por el movimiento. El recorrido conlleva una dimensión temporal, la del tiempo invertido en él. Ya vimos al comienzo de estas páginas cómo ningún medio de reproducción —dibujo, fotografía, cine, etc.— puede aportar la experiencia directa del espacio ni su temporalidad.

Así pues, el espacio es el elemento que caracteriza la arquitectura, a la vez que sintetiza todos aquellos factores —materiales, formales y compositivos— que los definen y le dan entidad.

Propuestas espaciales

La concepción teórica del espacio no es única a través del tiempo y las diferentes culturas. Los teóricos no lo han entendido todos del mismo modo y, si bien era un concepto conocido y estudiado desde la Antigüedad, su incorporación al campo de la teoría arquitectónica no ha tenido lugar hasta la última década del siglo XIX, coincidiendo con la aparición de la denominada arquitectura moderna.

FIGURA 3: Podemos decir que el espacio interior de las arquitecturas hipogeas es estereotómico, por cuanto ha sido obtenido mediante la talla o ahuecamiento interior de la piedra. Sin poder utilizar propiamente el término de construcción, con las arquitecturas hipogeas nos hallamos frente a un sistema de hábitat troglodítico, no natural, en el que el terreno ha sido excavado a modo de cueva y, exteriormente, se ha tallado la fachada como si se tratara de una escultura.

Algunos pensadores del mundo antiguo ya tuvieron la intuición de muchos de los conceptos desarrollados posteriormente por la crítica arquitectónica. Éste es el caso de Lao-Tse quien, como afirma Van de Velde, definió en su composición Tao-te-kin  (550 a.C.) los tres niveles jerárquicos del espacio, el tectónico, el estereotómico y el de interrelación. «Treinta rayos coinciden en el cubo de la rueda y de esta parte, en la que no hay nada, depende la utilidad de la rueda», es una referencia clara al espacio tectónico, espacio que resulta del ensamblaje, que se define por la adición de los elementos constructivos que lo limitan. Sigue Lao-Tse: «La arcilla se moldea en forma de vasos, y es precisamente por el espacio donde no hay arcilla por lo que podemos utilizarlos como vasos», es una alusión al espacio estereotómico, surgido del interior de la materia de la que se ha obtenido por sustracción de la misma [FIGURA 3]. «Abrimos las puertas y ventanas en la paredes de una casa y por estos espacios vacíos podemos utilizarla», es una intuición de los espacios transicionales, que establecen el nexo entre espacio interior y espacio exterior. Estos tres tipos de espacio tienen perfecta validez en la teoría arquitectónica actual y cualquier proyecto de innovación o renovación espacial deberá partir precisamente de ellos.

En cuanto a la percepción del espacio, hemos de señalar que ésta varía según nuestra posición respecto a él. En pintura experimentamos sobre una realidad plástica bidimensional; en escultura lo hacemos sobre cuerpos tridimensionales. En arquitectura se introduce un nuevo factor: nosotros. La posición que nosotros ocupemos frente a la arquitectura o en su interior es definitiva para la percepción final que tendremos del hecho arquitectónico. Si nos limitamos a situarnos en un punto concreto y no nos apartamos de él, tendremos una visión bidimensional, máxime tridimensional, como si nos hallásemos frente a una pintura o un relieve. Pero si nos movemos en torno a la construcción, si recorremos su interior, obtendremos una nueva experiencia: es la cuarta dimensión. Múltiples puntos de vista nos dan diversas visiones de un mismo edificio. Existe aún otra forma de percepción espacial: la que nos proporciona el cine. Se trata de una experiencia mixta que, si bien no puede sustituir nuestra vivencia íntima y personal de la arquitectura, nos «presta» su ojo móvil en el interior y alrededor de la edificación.

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