X. El acabado

El escultor se pregunta cuándo debe dar por concluida su obra. vacila muchas veces y al fin se decide. Decía Picasso, jocosamente, que terminar una obra era «acabar con ella». Seguir o terminar, ésta es la cuestión.

Una pieza concebida para ser contemplada desde cerca, como las de orfebrería, requiere un acabado perfecto de sus formas, sobre todo en los perfiles. Las obras alejadas del espectador no necesitan, naturalmente, un acabado semejante.

Una escultura sigue un proceso de elaboración que es preciso conocer para valorarla juiciosamente. El boceto es por fuerza algo inacabado, pero, desde el punto de vista de su función, es una pieza satisfactoria, que no requiere afinamiento. Hoy se los ha vindicado y suscitan enorme interés. En ellos se ve la huella de la mano, incluso con las impresiones digitales del artista. Son obras terminadas en su proceso; no han requerido el menor afinamiento.

Cada obra tiene su instante terminal, sólo el artista sabe a veces cuál es. Para la crítica siempre fue motivo de reflexión esa «no terminación» de ciertas esculturas de Miguel Angel. Se la justificaba por las crisis, los desmayos del artista. Hoy se sabe que hay una intención más profunda que define toda una concepción del arte, y el «non finito» del maestro constituye una de sus mayores glorias. La verdad es que no se sabe qué impresiona más, si lo acabado o lo no acabado, donde se percibe el esfuerzo de la figura por abrirse paso a través de la materia, materia embrionaria que ya anuncia a un nuevo ser. Hay emoción palpitante; es como el instante de un alumbramiento. También queda la incertidumbre y el misterio, el amor a lo desconocido.

En el repertorio de instrumentos de escultura, el puntero es el que inicia el proceso con el desbastado; luego se utilizan los cinceles. Miguel Angel empleó el cincel dentado, de diferentes cortes y dientes, y a medida que avanzaba, el rayado se hacía más a menudo, se acercaba a la emoción de la piel. Los abrasivos suavizarían luego la superficie, borrando esa huella. Pero Miguel Angel percibió que con la huella del cincel dentado la obra latía, y por ello, en ciertas  esculturas detuvo el proceso; continuó alisando ciertas partes, pero dejó en otras la evidencia del desbastado y el cincelado. Hoy nos acercamos a esos fragmentos con veneración. Nos ha ofrecido el singular privilegio de enseñarnos como procedía, aunque no se propusiera darnos una lección de técnica. Para él, la obra quedaba acabada justo en ese momento. Miguel Angel sabía que la figura cobraba con ese inacabado una vida interior más intensa, al paso que valoraba la «textura». Se trata, por consiguiente, no sólo de otra técnica, sino también de otra estética. La Piedad, que se halla en la catedral de Florencia, «inacabada», y por tanto terminada, no es ni siquiera un producto del siglo XVI, habría que ponerla junto a la pintura de Rouault, por la factura abocetada y la fuerza expresiva de las almas [FIGURA 1].

Lo de Miguel Angel no es ni mucho menos excepcional, aunque sí lo más glorioso. Las obras inacabadas menudean, aunque se trata más bien de accidentes, de interrupciones del proceso, generalmente por fallecimiento del autor.

Estas mismas reflexiones pueden aplicarse a las obras que han llegado hasta nosotros incompletas. La manía de las restauraciones, el afán de completar lo que llegó arruinado, ha ocasionado no pocos daños, a veces irreparables. Hay esculturas descabezadas, sin brazos, ni piernas, y la imaginación de los historiadores se empeña en completar la figura. Pero la obra merece todo nuestro respeto, y sólo en aquellos casos de absoluta certidumbre puede reconstruirse una obra. Lo contrario es ilícito: en todo caso, debe evitarse la reconstrucción de un original. La Victoria de Samotracia o la Venus de Nilo deben ser para nosotros obras completas, en manera alguna mutiladas.

Pero no hay duda de que el proceso normal de ejecución se dirige hacia el acabado, que en cada género escultórico es diferente y, por lo general, se encomienda a ayudantes. El refinado se lleva a cabo con materias de grano fino y abundante agua, hasta obtener el pulimento deseado.

FIGURA 4. Leone Leoni: Carlos V y el Furor. 1551 – 1555. Museo del Prado. Madrid.

Nunca se ha afinado tanto la superficie del mármol como durante el período neoclásico, en que el sombreado de las superficies desaparece [FIGURA 2]. También el bronce conoció cuidadosos acabados. Los broncistas alemanes del siglo XVI [FIGURA 3], Benvenuto Cellini y los Leoni se esmeraron hasta el delirio en el afinado del bronce, y sus esculturas son ya pura orfebrería. Después de vaciadas, las trataban con el cincel y limas, añadían labores nuevas a punta de buril y finalizaban con el dorado a fuego, todo lo cual hacía de estas piezas objetos suntuarios.

Estos acabados, propios de «virtuosos» que persiguen la perfección, son en general, pese a sus excesos preciosistas, trabajos muy meritorios. El grupo escultórico de Leone Leoni que representa a Carlos V dominando el furor, es una obra ejemplar, en la que se dan cita una armoniosa composición y una técnica magistral [FIGURA 4].

Como ya hemos dicho, una de las peculiaridades de la escultura es que puede ser apreciada mediante el tacto, sentido que ene proceso de elaboración desempeña un papel importantísimo, sobre todo en el acabado y el moldeado. Si el mismo escultor se sirve del tacto, no puede asombrar que también el contemplador procure hacer los mismo. Los ciegos, a quienes se autoriza a tocar las esculturas en los museos, ponen de relieve las virtudes exploratorias y cognitivas del tacto.

El respeto a la «textura» regula el acabado. La materia no debe ser desnaturalizada. Ciertos materiales, por ejemplo, han de poner en evidencia su rugosidad, como ocurre en la escultura férrica de nuestro tiempo. La incorporación de nuevos materiales exige prudencia y discernimiento en la operación de acabado. La madera, la arenisca, el bronce, el hierro, el granito tienen fronteras propias que, confrontadas con los propósitos creativos del artista, determinarán el momento y la manera en que debe llevarse a cabo dicha operación.