II. Instrumental

Se comprende mejor la escultura al saber cómo se ha realizado la obra, al conocer la técnica empleada. El resultado no se produce por azar, es la culminación de un procedimiento. El contemplador debe sentir curiosidad, y no ha de conformarse con las consecuencias extraídas de la mera apreciación visual.

La mayoría de las herramientas son punzantes o cortantes. El artista ataca la materia presionando la herramienta directamente o golpeándola con un martillo. Frente al esfuerzo mental que guía al pincel del pintor, el esfuerzo del escultor es fundamentalmente físico. A la lucha con la dureza del material hay que añadir la incomodidad que supone moverse en torno del bloque y accionarlo con las manos. El escultor, frente al pintor, es un «obrero». Ésta es la razón que adujeron los detractores de la escultura para separarla de las artes liberales. Pero lejos de desacreditarla, la materialidad del esfuerzo es algo que ennoblece a la escultura. Sin duda, esto determina que el porcentaje de escultores sea escaso si se compara con el de aquellos que se consagran a actividades artísticas menos esforzadas.

Son diferentes las herramientas con que se trabaja un material blando y uno duro. Madera y mármol cuentan con herramientas propias. La primer tarea es el desbastado, o eliminación de grandes masas de materia. Al principio se procede con golpes rápidos y certeros, ya que se desbasta materia claramente alejada de la figura que se quiere alcanzar. Esta operación se hace en la piedra y en el mármol mediante el puntero, instrumento puntiagudo, que horada y desportilla. Se prosigue con cinceles que son instrumentos cortantes de filo recto, y con gubias, cuyo corte es en cambio curvo, lo que permite ir formando las superficies convexas y cóncavas. En escultura de mármol y piedra se usa el cincel dentado, que tiene dientes puntiagudos o rectos. Esta herramienta deja en la superficie surcos de gran extensión y permite un desbastado próximo a la forma definitiva; ya deja entrever el volumen y la sombra.

En ocasiones hay que practicar excavaciones profundas. Para ello está el taladro, que actúa a percusión, con una punta larga. Los griegos descubrieron un instrumento muy adecuado para la talla del mármol: el trépano, especie de berbiquí, que hace girar una punta de acero aplicada a un lugar concreto. El trépano deja la huella de un agujero. Está recomendado para ciertas partes, como las fosas nasales, el interior del oído, las barbas y cabellos, donde el uso de instrumentos de corte a percusión es inadecuado, porque el material se rompe. Curiosamente, el trépano es instrumento poco usado, pero se han servido de él grandes artistas como Miguel Angel y Bernini. Las perforaciones y cortes profundos están presentes ya en la estatuaria del período helenístico.

Las superficies han de ser alisadas. En la madera se hace esto con limas, escofinas y lijas; y en el mármol se acude a la piedra pómez, al esmeril y a todo género de «abrasivos», es decir, materiales con que se frota insistentemente la superficie hasta dejarla brillante. Este alisado de las superficies es una tarea puramente mecánica y puede ser confiada a un colaborador, pero es una operación importante. La estatuaria egipcia ofrece solemnes imágenes de granito cuya superficie reluce suntuosamente merced al trabajo de verdaderos equipos. El espectador tiene que reconstruir mentalmente el procedimiento implícito en estas obras. Salidas de un taller áulico, en el acabado intervienen legiones de artesanos puliendo las superficies.

Y no han de olvidarse los medios auxiliares como la «máquina de sacar puntos». En escultura es del todo imprescindible servirse del modelo, es decir, de una escultura, pequeña o grande, que ofrece la forma y el volumen que ha de tener la obra definitiva. Una vez elegido el bloque en que ésta ha de ser labrada, el escultor tendrá que desbastarlo. Pero ¿dónde aplicar el golpe para «quitar»? Hay procedimientos científicos, con compases y reglas, pero es especialmente inestimable la ayuda de la máquina de sacar puntos, empleada ya por los griegos. En rigor, esta «máquina» no es más que una caja de varillas ortogonales, a las que se sujetan puntas o agujas. Se eligen puntos determinados, que se fijan en la caja y en el bloque. De esta suerte, el escultor atacará el bloque con seguridad, desbastando con el puntero y los cinceles y guiándose por la frontera de puntos, hasta definir el bulto. Naturalmente, es imposible determinar, ante una escultura, si se ha empleado o no tal máquina, pero, de todos modos, conviene saber que es un procedimiento absolutamente lícito, que pertenece a la trayectoria técnica de la escultura. Al menos, desde el punto de vista de las proporciones, la máquina garantiza la correspondencia entre el modelo y la obra definitiva.

En cuanto a las obras efectuadas mediante modelado, las herramientas son sencillas: puntas de madera, paletas, trapos húmedos; pero la herramienta principal es la mano. Rodin modelaba con las manos. El barro recibe así el hálito creador del artista en toda su inmediatez.

La porcelana ha permitido igualmente la realización de grupos escultóricos de adorno. La policromía y la fragilidad del material confieren a sus productos una delicadeza especial. Es una escultura menuda, indicada para el ornato de interiores, y por lo mismo atenta a escenas pintorescas. El tamaño pequeño aumenta las posibilidades de obtener armoniosas composiciones de carácter paisajístico.