Alegoría del amor (¿Cupido y Psique?)

Alegoría del amor (¿Cupido y Psique?)
Hacia 1798-1805
Oleo sobre tela
200 x 156 cm
Museo nacional de Arte de Cataluña,
Legado Francesc Cambó; Mac 64995

Se desconoce el comitente del cuadro y la primera noticia documental del mismo procede del catálogo de la colección Laffite, cuya venta tuvo lugar en París en 1861. Más tarde estuvo en Jaén en casa de García de Quesada y luego, fue propiedad de Victoriano Hernández García y Quevedo. El político y mecenas Francisco Cambó lo compró a la marquesa de Bermejillo del Rey en 1928, con intención de legarlo al Museo Nacional de Arte de Cataluña; tras la muerte del prócer catalán en Buenos Aires, en 1947, las circunstancias no favorecieron el cumplimiento inmediato de su última voluntad y el traslado de la tela a Barcelona e ingreso definitivo en el museo no se hizo posible hasta 1956.

Desde su aparición en el mercado artístico, la escena se asoció con la fábula de Cupido y Psiquis. El asunto mitológico, aunque raro, existe en la producción del Goya joven y, tratado a modo de alegoría, se da en obras de madurez. La libre interpretación del argumento presenta aspectos que se apartan de la narración clásica y dan origen a especulaciones sobre la iconografía. J. R. Buendía, en el brillante ensayo para la ficha correspondiente en el catálogo de la exposición, La Colección Cambó, de 1991, interpretó la obra como un encuentro de amor entre Cupido y Psiquis, con carácter de Alegoría del amor.

Por otra parte, tanto la composición como la factura pictórica, muy desigual, dificultan la comprensión de la pieza y su inclusión dentro de las coordenadas goyescas. Algunas precisiones técnicas y detalles simbólicos aproximan el lienzo Cambó a los retratos de Ferdinand Guillemardet, Gaspar Melchor de Jovellanos, de 1798 y al de María Tomasa Palafox, marquesa de Villafranca, de 1804. La mayoría de los estudios señalan paralelismos entre la modelo que personifica a Psiquis y la que posó para las dos Majas, pero nunca se ha apuntado el estrecho parecido de este tipo femenino con la marquesa de Lazán, cuyo retrato pintó Goya en 1804. Todo ello nos llevaría a una cronología de ejecución amplia que va de 1798 a 1805. Como fuentes de inspiración se han apuntado posibles referencias a creaciones de Pierino del Vaga, Fragonard y Monet, a través de estampas; a esas observaciones debe añadirse el conocimiento directo, por parte de Goya, de una pintura presente en las colecciones reales madrileñas desde 1571 y cuyo influjo se manifiesta en esta tela. Nos referimos a la obra Tarquino y Lucrecia de dimensiones parecidas (190 x 155 cm.), hoy en el Fitzwilliam Museum de Cambridge, que Tiziano pintó para Felipe II, uno de los cuadros predilectos del rey José Bonaparte, tanto es así que se lo llevó en el equipaje del viaje de salida de España en 1813. Sin duda, Goya conoció, admiró y estudió esa invención del gran maestro veneciano y aunque tratándose de un argumento diametralmente opuesto, partió de esa escena de alcoba truculenta para desarrollar una escena de alcoba refinada; el pintor aragonés sustituyó la violencia de Tarquino y el temor de Lucrecia por la ternura de Cupido y el deseo de Psiquis.

La sorpresa que produce este lienzo insólito, podría explicarse quizás por el desinterés del pintor en realizar un encargo de semejantes características. Pero aún así, la pieza fascina con su estética erótica profunda y con fragmentos de calidad pictórica excepcional. El tratamiento que se da al tejido vaporoso de gasa que transparenta los senos de la joven, el manejo de los dorados y el juego de la luz, vibrante en el rostro y penumbra tenue en la cabecera del improvisado lecho, y otras múltiples sutilezas, sólo pueden salir del pincel del genio de Fuendetodos.

María Margarita Cuyas.