La Maja Vestida

La Maja Vestida
Hacia 1800-1805
Oleo sobre lienzo
95 x 188 cm
Madrid, Museo del Prado

El lienzo, que mantiene estrecha relación de dependencia con el anterior, posee una historia similar; sin embargo, a diferencia de la “desnuda”, ésta se expuso al público en los salones de la Academia de San Fernando, pasando análogamente al Prado en 1901.

Respecto de la desnuda, es de técnica más abocetada, libre y avanzada, indudablemente goyesca en el sentido estricto de la expresión. La vibración de color, la delicadeza de los ropajes y la manera de acusar el cuerpo bajo las telas la hace más atractiva e incluso incitante, respondiendo a la feliz definición de la condesa de Pardo Bazán, quien la llamó “más que desnuda”. Los transparentes volantes de los almohadones, el breve bolero amarillo o la faja rosada, son dignos de mención entre la riqueza cromática que Goya desplegó a lo largo de su vida.

Hacia 1800, cuando González de Sepúlveda visitó la casa de Godoy, no debía haber sido pintada aún y lo sería antes de 1806, año en que la privilegiada relación profesional entre el artista y el favorito concluyó. Curiosamente, al referirse a la “desnuda” el crítico antes mencionado, y a ambas obras el agente francés Quilliet en 1808, las opiniones acerca de la falta de interés y baja calidad de los dos lienzos fueron coincidentes.

No se trata de un tipo de “maja” popular en términos típicos, si se comparan atuendo y figura con las de las protagonistas de tantos cartones de tapicería; no obstante, tampoco hay una visión distinguida acorde con los cánones de la época, ya que el ropaje está a mitad de camino entre la indumentaria de las “damas principales” y el atuendo de las clases menos atendidas por la fortuna, aunque con una dignidad de porte sumamente especial.

En cuanto a las inspiraciones para ambas son muchas las opiniones emitidas; éstas van desde la Venus del espejo de Velázquez hasta las figuras femeninas desnudas de Tiziano, tanto las que se denominan Venus y el Amor o Venus y la Música, como el desnudo del primer término de La bacanal. Conviene señalar a modo de explicación complementaria que los dos cuadros, a pesar de sus singularidades y limitaciones, suponen el punto de partida de una nueva manera de concebir la imagen femenina: retadora, sin recato, en una especie de exhibición, con los brazos por detrás de la cabeza y en un modo de postura, reflejo de un cuerpo relajado pero atento que rebasa el aparente candor del mundo de Giorgione y del joven Tiziano para adentrarse en la expresividad más madura y consciente del segundo, que puede pasar de la gracia y el reposo de su fase inicial a la sensualidad y la inquietud de la plena madurez visible en la Danae.

Aparte de ello cabe destacar que no existe la anécdota, no hay narración apreciable, evidenciándose la pareja de majas como la mujer en esencia, que busca ser admirada y deseada valorándose el atractivo de su cuerpo, “desnuda” o “vestida”, en detrimento del interés del rostro reducido a una pura máscara, esquemática y vulgar, lo que resulta todavía más peculiar en un artista que como Goya llevó a cabo algunos de los más distintivos retratos de la historia.

Juan J. Luna.