La pradera de San Isidro

La pradera de San Isidro
1788
Oleo sobre lienzo
42 x 90 cm
Museo del Prado, Madrid

El presente lienzo, al igual que otros, fue vendido por Goya a los duques de Osuna y, cien años más tarde, el Ministerio de Fomento lo adquirió a los herederos, en el marco de la subasta de los bienes de la casa ducal en 1896, ingresando en el Museo del Prado poco tiempo después.

En 1788 Goya recibió la orden de realizar otros proyectos de cartones para tapices, continuando la larga tarea emprendida trece años antes; estaban destinados esta vez a los aposentos de los infantes, en El Pardo. De ellos solamente uno llegaría a plasmarse en cartón, quedando los demás en simple boceto; la muerte de Carlos III, al parecer, interrumpió el encargo, que se transformó en otro muy distinto.

Dos espléndidos bocetos de esta serie atraen la atención por la maravillosa inventiva de que hacen gala, y la perfecta técnica con que están ejecutados: La ermita de San Isidro el día de la fiesta y el presente. En ambos la libertad de ejecución, el colorido riquísimo y la brillantez de las escenas los convierten en auténticas joyas, restallantes de luz. Al tiempo y merced a la maestría habitual de Goya se despliega una levísima bruma plateada que envuelve a los personajes en pleno bullicio y diversión. En el segundo cuadro resplandece al fondo Madrid, evocando, en clave dieciochesca, la velazqueña Vista de Zaragoza, producto de la colaboración entre el maestro sevillano y su yerno Mazo, y también los pormenores arquitectónicos de Joli que trabajó en Madrid reinando Fernando VI. Asimismo, los paisajistas franceses al estilo de Vernet y otros pudieron influir en Goya tanto a través de pinturas -Carlos IV siendo Príncipe de Asturias tuvo varias, algunas de encargo directo- como merced a los grabados, muy difundidos en aquellos años.

Destaca entre todas las obras de ese momento La pradera por ser la que posee mayor originalidad. Más que los personajes que la pueblan, el verdadero protagonista es el paisaje urbano de Madrid, extendido más allá del río Manzanares que discurre al pie de los farallones rocosos, sobre los cuales se alza la ciudad. Numerosísimas y diminutas figurillas aparecen en ambas márgenes del río en muy variadas actitudes, plenas de vida e inmediatez, sobresaliendo las del riguroso primer término.

En la historia general de la pintura y en la ejecutoria particular de Goya este cuadro tiene un valor excepcional y goza de un puesto muy distinguido. El aragonés pintó paisajes en raras ocasiones y cuando los llevó a cabo son imprecisos e incluso irreales o tienen un alto contenido de idealización, encontrándose sus elementos poco definidos. Son como anotaciones a las que no presta atención excesiva puesto que las concibe para que sirvan de fondo de obras a modo de telón sobre el cual resaltar un retrato o una anécdota concreta. Incluso, en los cartones para la tapicería, cuando aparecen las orillas del Manzanares se configuran como lejanías algo confusas o inconcretas que cumplen la misión de subordinarse a la escena principal. En cambio La pradera denota un evidente estudio del natural tanto por sus luces como por el cromatismo blanco y rosado de las lontananzas y la exactitud de la topografía sin renunciar al lirismo.

Se advierte que Goya quiso representar un lugar preciso, establecer unas coordenadas geográficas claras, mostrar una fiesta popular en todo su apogeo, describir pormenores de la capital del reino y destacar aquel Madrid de hace doscientos años con la recién construida iglesia de San Francisco el Grande, el perfil de la ciudad con los finos capiteles de sus edificios religiosos y la masa del Palacio Real que parece tanto amparar la alegría general, como vigilar y velar para que todo continúe desarrollándose con las necesarias garantías de tranquilidad y solaz de las gentes que acuden al festejo tradicional madrileño. De hecho se sabe, por la correspondencia mantenida entre Goya y Zapater, que el primero comentó al segundo que el asunto de la obra era: “la Pradera de San Isidro, en el mismo día del Santo con todo el bullicio que en esta Corte acostumbra haver”.

Juan J. Luna.