Retrato de Josefa Bayeu (?)


Hacia 1808-10
Oleo sobre lienzo
82 x 58 cm
Madrid, Museo del Prado

Es éste uno de los retratos más enigmáticos de Goya, al no haberse logrado identificar a la dama, caso excepcional en la obra del artista, de cuyos retratos femeninos se conoce siempre el nombre de la modelo; pero también es enigmático, sin duda, por la dulce y misteriosa sonrisa de la joven que, junto a la serena e inquisitiva mirada y a las manos entrelazadas con fuerza, que sujetan lo que parece el puño de un bastón o sombrilla, la convierten en una especie de Gioconda goyesca.

La identificación tradicional de esta pintura con Josefa Bayeu, la mujer de Goya, se mantiene desde el inventario de las Nuevas Adquisiciones del Museo del Prado, en que figuraba como “retrato de la esposa del pintor”, nota que posiblemente recogía la información de los documentos de ingreso del cuadro en el Museo de la Trinidad en 1866, para el que había sido adquirido por el Ministerio de Fomento a D. Ramón de la Huerta, personaje desconocido y confundido en alguna ocasión con Román Garreta, cuñado de Federico de Madrazo, y a quien se le habían comprado también otras obras atribuidas a Goya. Diversos autores (Sánchez Cantón, Gassier- Wilson, X. de Salas, etc.), han dudado de la identificación de la dama con Josefa Bayeu, que murió en 1812 a los sesenta y cinco años de edad, y que hacia 1798, fecha propuesta para el cuadro por la mayoría de los historiadores, tenía ya cincuenta años. No concuerda la fecha del lienzo con la edad de la retratada, pero tampoco con las facciones que se conocen de ella en el único retrato seguro conservado: un pequeño dibujo de Goya de 1805, que formaba un pequeño grupo con el retrato de Xavier Goya y el de Juana Galarza, madre de la esposa del hijo, semejantes a las célebres miniaturas de la familia política, realizadas con motivo de la boda de Xavier, precisamente en 1805. En el inventario de los bienes de Goya, realizado a su muerte en 1828 por el pintor Antonio Brugada, figura con el número 14 un retrato de su mujer, de medio cuerpo, sin especificar ni la técnica ni las medidas, y que se ha querido identificar con el del Museo del Prado sin base documental alguna.

La fecha de 1798 en la que parecen concordar casi todos los autores, parece, sin embargo, demasiado temprana para esta obra, si se tienen en consideración algunos detalles del peinado, que no presenta la complicación de los abultados arreglos de postizos del decenio de 1790, ya que este tipo de pelo recogido de forma más natural, de moño alto, con trenzas o sin ellas, y flequillo rizado y corto, es definitorio del siglo XIX y aparece hacia 1805 o poco antes, figurando todavía en retratos de hacia 1808-1810. La indumentaria enlaza asimismo con la de los mismos años que revela el peinado, con el uso del chal de gasa que se ciñe al cuerpo de forma natural y deja las mangas del vestido visibles. No parece corresponder tampoco esa indumentaria a la forma de vestirse de las damas de la burguesía, de elegancia sobria y confortable, ya que lleva un rico chal de gasa y vestido de seda negra con adornos dorados en las mangas, las manos enfundadas en guantes y se apoya en un bastón o sombrilla con empuñadura de oro. La mujer, aún joven, de unos treinta años de edad, está sentada en un sillón cuya forma y riqueza se vislumbra en la penumbra del fondo.

Es, a pesar de la riqueza de su presentación, un retrato íntimo y sugestivo, sensación a la que ayuda la expresión directa y confiada de la mujer, segura de sí misma y de rasgos llenos de sensibilidad e inteligencia. Entre la retratada y el pintor parece haber una relación armoniosa, de confianza e intimidad, como si Goya hubiera conocido a la dama desde niña. La técnica es rápida y abreviada, lo que se manifiesta claramente en el modo sumario de realizar la oreja o las gasas del chal y los adornos del vestido; de extraordinaria fuerza de modelado en las pinceladas, que encajan y definen con maestría el cuerpo de la mujer, y de finura exquisita, a pesar del estado de conservación que no se puede definir como bueno, Goya se esmera en el modelado delicado y minucioso del rostro y en el sutil empleo de la luz, que ilumina a la dama con exquisito realismo.

Manuela B. Mena Marqués.