Retrato de la Condesa de Fernán Núñez

Retrato de la Condesa de Fernán Núñez
Hacia 1803
Oleo sobre lienzo
217 x 137 cm
Colección privada

Pareja del cuadro anterior y no menos espectacular por su brillantez, color y magnífica ejecución. La dama aquí representada es María Vicenta de Salís Vignancourt Lasso de la Vega, duquesa de Montellano y del Arco, hija del V duque de Montellano, teniente general del ejército y casado con la marquesa de Anta. Nació el año 1780, y siendo muy joven se desposó con el conde de Fernán Núñez el año 1798. De ese matrimonio nacieron dos hijas, Casilda, que murió siendo niña, y Francisca, que se casaría con el conde de Cervellón.

Poco feliz fue la duquesa en su matrimonio, ya que su amor fue poco correspondido por su marido, el cual la abandonó por la que fue el gran amor de su vida, Fernanda Fitz-James Stuart. Muy joven enviudó la desdichada duquesa en 1822, y casóse en segundas nupcias con Filiberto José Mahy, con quien no tuvo hijos, siendo su hija Francisca Fernán Núñez la única heredera de todos sus bienes.

Como su marido el conde, ella también ha sido retratada al aire libre, en un paisaje de suave vegetación y cielo velazqueño. Se recorta su figura teniendo como fondo un robusto árbol cuyo tronco inclinado dibuja una diagonal y da profundidad a la pintura. Está la condesa directamente sentada sobre un saliente rocoso del suelo, lo cual hace que su postura no sea muy afortunada y resulte un tanto forzada su actitud, tanto por la colocación de las piernas, como por la disposición casi en ángulo recto de sus pies. Seguramente el pintor quiso imprimir a la figura de la Fernán Núñez una aparente espontaneidad a juzgar por la expresión y la sonrisa de su rostro, un poco irónica. A pesar de su postura, luce la dama un hermoso vestido negro ribeteado de cintas doradas y tornasoladas en rojo. El cuerpo es amarillo ocre con adornos de puntillas de tono más claro y transparente, al igual que las mangas largas que cubren sus brazos. Sobre el pecho, sostenido por gruesa cadena dorada, pende un gran medallón rectangular que nos muestra un retrato masculino de perfil. La cabeza, erguida y altanera, porta un efectista y espectacular tocado rojo y negro con adornos dorados que sostiene una flotante y leve mantilla negra que cubre sus hombros y envuelve su torso, cayendo hasta el mismo saliente sobre el que está sentada la condesa. Delicadas y finas son las líneas que definen su hermoso y juvenil rostro, bien dibujados están los labios, la nariz y los ojos, sus orejas portan sencillos y áureos pendientes. El cabello castaño y lustroso enmarca con sus rizos este bello rostro, modelado con delicados empastes y suaves veladuras rosadas que consiguen nacaradas carnaciones y dan a la piel cálidas y sensuales transparencias. Su mano derecha sostiene con decidida fuerza el abanico y se apoya en su regazo, mientras que la izquierda se esconde tras su cadera en un gesto con cierto empaque desafiante, muy en consonancia con el tono un tanto popular y romántico de sus ropajes.

La gama cromática que Goya utiliza en este retrato y en el anterior del conde su esposo, es brillante y abundan en ella las transparencias y los contrastes; con ella inicia el pintor una nueva manera de manejar el color con brío y soltura, soltura que a partir de ese momento se hace cada vez más clara, demostrando una audacia y una valentía pictórica admirable. Los acres negruzcos, malvas y amarillos, se expanden por el lienzo en agitada movilidad y maestría, consiguiendo efectos más profundos y vibrantes, cada vez mayores. Estamos con este par de magníficos retratos ante la obra de un pintor que se adelanta a su tiempo y nos hace ver claramente unas soluciones plásticas casi impresionistas.

Antonio Fortún Paesa.