Retrato de Martín Zapater

Retrato de Martín Zapater
1797
Oleo sobre lienzo de forma ovalada
83 x 65 cm
Bilbao, Museo de Bellas Artes

Francisco de Goya, nacido en Fuendetodos en 1746, vino a Zaragoza con sus padres, ingresó en el Colegio de los Padres Escolapios, que no estaba lejos de la calle de la Mantería, donde los Goya habitaban. Allí aprendió las reglas de la lectura y las matemáticas, más una escritura no exenta de faltas de ortografía (todavía indecisa, hasta el punto de que incluso la futura reina María Luisa las cometía, pese a haber sido alumna de Condorcet), y conservó hacia sus profesores tal gratitud que muchos años después (1819), al pintar por encargo de esos maestros el magnífico cuadro de la muerte de su fundador, La última comunión de San José de Calasanz, no sólo les puso un precio inferior al valor de ese cuadro, que es una de sus mejores obras, sino que regaló al Superior una Oración en el Huerto, de pequeño tamaño, pero en nada inferior al lienzo grande.

En esa escuela, Goya conoció a un muchacho de su edad, y también aragonés: Martín Zapater, de familia modesta pero de cierta alcurnia y educación que le permitió, en 1789, recibir del rey el título de Nobleza del Reino de Aragón. Era muchacho serio y laborioso, que más adelante sería miembro y tesorero de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, situación desde la que contribuiría a la fundación del Teatro Municipal de Zaragoza (que Goya representaría ardiendo en el incendio que lo destruyó tiempo después) y del Jardín Botánico, regado por el río Huerva, que alcanzó nuestro siglo. Ambos tenían una común afición: la caza, tema de que tratan muchas de las cartas de Goya (desconocemos las de Zapater) en una copiosa correspondencia, que nos ha dado del pintor un retrato fidedigno como un cuadro. Goya quiso retratar a su amigo por vez primera (que conozcamos) en 1790, de media figura, sentado a una mesa sobre la que hay una carta dirigida a «Mi amigo Martín Zapatero. Con el mayor trabajo te a hecho el Retrato, Goya, 1790» (colección particular, Suiza). Pero el retrato de busto de 1797 es infinitamente superior, hasta el punto de que, por su viveza y su maestría, puede considerarse uno de los mejores y más sinceros. Es impresionante la mirada, perspicaz y bondadosa, del gran amigo de Goya, que sostuvo con él una correspondencia larga y animada, que muestra su amistad sincera y su buen humor. Seis años después de pintado ese retrato, fallecía Zapater. Un sobrino suyo, Zapater y Gómez, publicó, en 1868, un librito, Goya. Noticias Biográficas, en donde incluye algunos fragmentos de esas cartas.

Julián Gállego.