Retrato de Rafael Esteve Vilella

Retrato de Rafael Esteve Vilella
1815
Óleo sobre lienzo
100,6 x 79,5 cm
Valencia, Museo de Bellas Artes,
colección de la Real Academia de
Bellas Artes de San Carlos,
núm. inv. 584

Esteve (Valencia, 1772-Madrid 1847) fue amigo de Goya, con el que compartió su gran pasión por el arte del grabado, aun cuando sus técnicas fueron bien diferentes: reputado especialista el primero en la talla dulce y en el grabado de copia; el aragonés practicó siempre el aguafuerte y el aguatinta, además de ejecutar estampas de creación. Pese a esta aparente antítesis, congeniaron y su relación fue larga y provechosa. El encuentro más antiguo del que se tiene noticia fue para grabar, por pinturas de Goya, a la sazón primer pintor de Cámara, las efigies de los reyes Carlos IV y María Luisa, con destino al frontis de la Guía de forasteros de 1800 (la lámina lleva fecha de 1799); los dibujos (conservados en la Calcografía Nacional) son obra de su tío el pintor Agustín Esteve; a partir de entonces, permaneció casi siempre a su cuidado esta estampa.

En el mismo año, Goya sacaba a la venta la primera edición de los Caprichos, serie grabada de la que se desconoce el estampador, y para cuya edición se ha barajado sin fundamento documental el nombre de Esteve. Sea como fuere, Esteve fue mediador en el logro de la pensión vitalicia a favor del hijo de Goya, Javier, a cambio de la donación al rey de las láminas de los Caprichos, serie puesta en peligro por el Santo Oficio. Así se puede entender, por noticia indirecta de Goya, en una de sus epístolas destinada a su amigo zaragozano Martín Zapater (Canellas, Diplomatario, 212): «Estando para meterme en el coche para Madrid de donde te escribo, he recibido tu carta de oy, y Estebe a quien le envié esta copia de la gracia que el Rey me a hecho me escusa de repetirtela […]». Por otra carta dirigida a Cayetano Soler, en 9-10-1803 (Diplomatario, 224), conocemos las relaciones profesionales entre Goya y su tío, copista y colaborador ocasional de Goya, quien le debió proporcionar algunos clientes. Sea cual fuere el grado de amistad entre el aragonés y el grabador, en 1815 firma y fecha un retrato sedente, de medio cuerpo, en el que pinta a su amigo con los útiles propios de su arte: una lámina de cobre y un punzón o buril; sobre el mantel amarillento de la mesa una estampa y otros útiles. Se ha especulado con la posibilidad de que Esteve colaboró con el de Fuendetodos en la edición de la Tauromaquia, puesta a la venta un año después de ejecutado este lienzo, y de ahí que Goya le retratase. Esteve, en la cumbre de su carrera académica y en la Calcografía Real, algo envarado, apoyando aristocráticamente la diestra en la cadera, muestra sus mejores galas sentado sobre una silla bien tapizada y a juego con el mantel, signos de un confortable vivir; el vestido: chupa negro parduzca, corbata de seda negra sobre una impecable camisa blanca de cuello alto y rígido con chorreras. La mirada del rostro se dirige al espectador y comunica, si cabe, mayor fuerza al gesto de la cara, con su pelo alborotado y sus largas patillas a la moda. Existen diferentes estudios (y alguna copia) en diversas colecciones particulares y públicas (Museo Lázaro Galdiano), algunas inéditas.

En el exilio bordelés, pese a la distancia y los achaques de la edad, no dejó Goya de recordar a su amigo; así, en una de sus últimas cartas a su hijo Javier (17-1-1828), introduce una cariñosa posdata: «A Don Rafael Esteve mil cosas, que me acuerdo mucho» (Diplomatario, 277).

Ricardo Centellas.