Retrato del Conde de Fernán Núñez

Retrato del Conde de Fernán Núñez

Retrato del Conde de Fernán Núñez
Hacia 1803
Oleo sobre lienzo
217 x 137 cm
Colección privada

Es éste, sin duda, uno de los retratos más efectistas y espectaculares de los pintados por Goya. El personaje representado es Carlos Gutiérrez de los Ríos y Sotomayor, nacido en Lisboa el día 3 de enero de 1779, hijo del VI conde de Fernán Núñez, Carlos, y de María de la Esclavitud Sarmiento de Sotomayor. Murió a los 43 años de edad a causa de una caída de caballo, dejando tras de sí una compleja y apasionada biografía, tanto privada como pública.

Muy joven se casó con María Vicenta Solis Vignancourt Lasso de la Vega, duquesa de Montellano. Al parecer este matrimonio fue muy infortunado y sus relaciones bastante difíciles, abandonando el conde a su esposa para irse a ocupar la embajada de Londres. Hijo de embajador y embajador él mismo, desempeñó cargos diplomáticos importantes, en el Congreso de Viena, en París y en Londres. Muy amante del lujo, demostró siempre gran inclinación por la pompa y el boato cortesanos. Su gran habilidad diplomática le granjeó la simpatía y el favor de Fernando VII, que lo convirtió en duque del mismo título, siendo el último conde y el primer duque de Fernán Núñez.

El carácter alegre, simpático y jacarandoso del noble, lo capta Goya pintando uno de sus retratos más logrados, haciendo destacar la elegancia, el estilo y el porte garboso del conde, imprimiéndole también toda la gracia y picardía de un personaje popular. Lo sitúa ante un paisaje abierto de vegetación baja y luminosos celajes, que hacen destacar la rotunda y erguida figura del personaje, que con una postura un tanto napoleónica y desafiante, apoya con fuerza sobre el suelo sus pies casi en ángulo recto. Hay en la concepción de esta pintura un cierto regusto velazqueño, pasado por el hábil tamiz de Goya. La figura, que se recorta ante nosotros con arrogancia, va envuelta en una capa que le confiere un aire garboso y español, lleno de altivez. El pintor deja ver por la amplia abertura de la capa, una pierna fuerte, rotunda y bien modelada, que enfunda en calzón blanco-cremoso y sirve de contrapunto a los tonos negros de botas y capa. Muy hábil la disposición de las manos en gesto de sostener el embozo, del cual surge la camisa y la elegante corbata blanca y sedosa que envuelve su cuello hasta la misma barbilla. La cabeza es altiva y va cubierta con un gran sombrero negro adornado con un leve airón en tono oscuro. Bajo el tocado sobresalen los rizos de la cabellera y las largas patillas que enmarcan el rostro racial y de corte aristocrático del conde, bien dibujado y resuelto con un modelado firme a la par que delicado, en el que juegan papel importante las transparencias y suaves sombreados. Son finas las líneas que dibujan la boca, la nariz y los ojos que, bajo las pobladas cejas, confieren al rostro un cierto encanto y atractivo viril. Toda la figura rezuma gracia, salero y simpatía en la arrogante actitud del caballero, en su prestancia y noble porte. Es un hermoso retrato en el cual Goya no ha escatimado esfuerzo alguno, para representar tanto la prestancia y juventud del conde, que tiene 24 años, como el soberbio paisaje ante el cual lo sitúa. Este retrato forma pareja con el siguiente, que es el retrato de su esposa.

Antonio Fortún Paesa.