Retrato del Marqués de San Adrián

Retrato del Marqués de San Adrián

Retrato del Marqués de San Adrián
1804
Oleo sobre lienzo
Pamplona. Museo de Navarra

El retrato de José de Magallón y Armendáriz, según reza la inscripción que figura en la pintura, autógrafa de Goya, es sin duda uno de los más elegantes de cuantos hizo el pintor, pero ha sido de los menos divulgados. Causó gran admiración al ser expuesto en la gran Exposición de arte retrospectivo organizada en 1908, con motivo de la Exposición Hispanofrancesa, justamente en este mismo palacio, entonces inaugurado y hoy dedicado a museo de Zaragoza. En el monumental catálogo que de aquella exposición se hizo, E. Bertaux publicó una referencia muy cuidada de esta pintura.

El cuadro ha sido expuesto muy pocas veces y no contemplado ni visitado como merecía. Guardado en la casa palacio de los San Adrián -en Tudela- fue conservado después, durante mucho tiempo, en la caja fuerte de la Diputación Foral de Navarra en Pamplona, en depósito, hasta que, finalmente, fue adquirido por la propia Diputación, que lo lució en sus salones para, más tarde, pasar al Museo de Navarra donde se conserva en la actualidad.

Es una pieza singular y bellísima que muestra aún todo el colorido y calidad pictórica. Fue ejecutada con la perfección y cuidado que Goya reservaba para las personas con las que se encariñaba. Nada hay en esa figura de la sequedad y a veces como desagana que encontramos en las obras de Goya cuando no siente verdadero interés y entrega hacia el modelo. La realización del cuadro, su calidad pictórica y táctil ha sido siempre muy admirada, pues la verdad es que la realización de la figura e indumentaria es perfecta.

Es interesante hacer constar que aquí, como en el Cristo en la cruz, Goya emplea dos maneras diferentes de técnica de ejecución en el cuerpo y la cabeza; menudas y matizadas pinceladas que se funden y superponen modelan el desnudo cuerpo del Cristo, así como la indumentaria del marqués, mientras se emplea una pasta mucho más densa, con fuertes, vigorosos empastes, trabajada a la manera de la espátula -o aparentando hacerla- con el pincel, en ambas cabezas, de ejecución mas violenta pictóricamente que la figura; esa manera violenta -tan moderna- en el cuello y la corbata del marqués, juega de un modo perfecto con el rostro, que tiene en ella su sólida base. Por otra parte la cabeza es el colofón del cuerpo del personaje, que está pensando, quizás, en lo que acaba de leer en el librito que tiene en su mano izquierda y en el que guarda señalada la página con uno de sus dedos, como si hubiese interrumpido la lectura para posar, pero todavía está su mente pensando en algo de lo leído. El cuerpo del Cristo es, sin duda, una “academia”, pero en el marqués nos encontramos ante una escultura antigua vestida; Goya ha tomado la postura de una talla clásica en la manera de cruzar la piernas, disponer arqueado el cuerpo y colocar los brazos para apoyo y estabilidad, toda la figura soportada por una masa de forma indefinida, apoyo que tanto nos recuerda, en su disposición y funcionalidad, esas piezas poco o nada imitativas, de carácter vertical, presentes en tantas esculturas en mármol de la antigüedad greco-romana, que la vista quiere escamotear, pero que dan estabilidad a la figura, a la escultura en fin. Pero Goya en este caso, para dar un sentido y una utilidad a esa estructura, hace que sirva para que el marqués coloque su sombrero. El marqués de San Adrián, elegantemente vestido en este retrato con traje de montar de gran refinamiento, era culto y mundano, “ilustrado” como era normal en los personajes distinguidos de la época. Se casó con la marquesa de Santiago, a la que también retrató Goya.

Federico Torralba Soriano.