San Luis Gonzaga meditando en su estudio

San Luis Gonzaga meditando en su estudio

San Luis Gonzaga meditando en su estudio
Hacia 1798-1800
Oleo sobre lienzo
261 x 160 cm
Museo de Zaragoza, 91.42.1

Fue adquirido por la Diputación General de Aragón al anticuario madrileño Luis Morueco en 1991.

En 1972 María Luisa Gómez Moreno, en las adiciones y rectificaciones que hace a la reedición de Las Iglesias del Antiguo Madrid (1927) de Elías Tormo, lo identifica como procedente de uno de los altares de la iglesia de las Salesas Nuevas, de Madrid. Tormo lo había atribuido a A. Esteve que fue el autor de los lienzos destinados al altar mayor y a la sacristía. Según informa Gómez Moreno, el lienzo sufrió importantes destrozos en 1936, en la cuarta parte de su superficie. En los años cuarenta las monjas lo vendieron al anticuario Luis Morueco, encargando éste su restauración a Francisco Recasens.

La fundación de las Salesas Nuevas se llevó a cabo en 1798 por Manuela Centurión, duquesa de Villena y Estepa, con lo que la cronología de la obra tiene que estar en relación con la construcción del convento, lo que ocurriría en los años siguientes.

El primer estudio lo realiza Gudiol en 1979 y la presentación para el Museo de Zaragoza en 1991, Torralba. Se trata de una obra de altar, de grandes proporciones y de acusada religiosidad y simbolismo. Representa a San Luis Gonzaga, vestido con la negra sotana jesuítica, que medita ante un crucifijo sostenido por su mano derecha a través del blanco paño de pureza. En su mano izquierda, reposando lánguidamente sobre la mesa, el tallo de azucenas, símbolo de la vida de castidad seguida por el santo aristócrata. Sobre la mesa otros elementos simbólicos: la corona alude a la renuncia a las riquezas terrenales, el marquesado de Castiglione; la calavera y las disciplinas, como los símbolos ascéticos de su vida religiosa.

La alargada figura del santo, cargada de austeridad, centra la composición en un eje vertical, rígido, que divide el cuadro en dos. Por un lado el bodegón que se crea en la mesa con todos los elementos simbólicos y, por otro, la referencia al espacio definido por la silla, la ventana de vidriera emplomada y el gran cortinaje, exagerado y teatral.

Pero es la luz la que realmente actúa y crea una atmósfera tenebrosa e intimista. Por un lado se trata de una luz grisácea, casi nebulosa, que desde lo alto invade suavemente la escena matizando y reforzando una composición cargada de simplicidad, creando ese efecto de recogimiento. Sin embargo, el rostro del santo tiene luz propia, una luz más radiante dirigida al crucifijo y recogida por el paño blanco y los objetos de la mesa, concentrando todo el misticismo devocional al que está dirigido.

Composición muy rígida, fría, con una figura perfectamente modelada. Economía de color reducida al negro, verde, ocre y a los grises que predominan por su espléndida riqueza de matices. Toda esta aparente simplicidad compositiva está repleta de simbolismo, muy en la línea del barroco español, aunque las soluciones estilísticas sean supuestamente neoclásicas pero cargadas de emoción y sensibilidad.

Dentro del género religioso esta pintura se relaciona con las que en torno a estos años realiza también para otro convento femenina, el de Santa Ana de Valladolid.

María Luisa Cancela Ramírez de Arellano.

NOTA: Según indica Beatriz Ruiz Morueco, el nombre completo de la tienda de antigüedades donde se compró este cuadro se llama “Luis Morueco C. de B.”. Asimismo, informa que la persona encargada de intermediar con la DGA la venta del cuadro fue su padre Aurelio Ruiz Boillos.