La Escuela de la Institución

Manuel de Orovio

En el origen de la creación de la Institución Libre de Enseñanza (I.L.E.) encontramos un proyecto de regeneración moral que no se modifica a lo largo de sus sesenta años de existencia: es el intento de crear el «hombre nuevo» perfilado idealmente en el proyecto de la filosofía krausista, capaz de enfrentarse con la situación moral del país, profundamente degradada; y lo que es más importante, de superarla y potenciar un nuevo modelo individual y colectivo, más racional, más ético y más humano.

La decisión concreta de fundar un centro de enseñanza la toma Francisco Giner de los Ríos, junto con sus amigos Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón, en el año 1876. Pero conviene reseñar tres hechos históricos, directos generadores de esta decisión. El primero es el desenlace de la Primera Cuestión Universitaria, y tiene lugar en enero de 1868, cuando, tras una larga serie de incidentes, el ministro de Fomento, marqués de Orovio, separa de sus cátedras a Julián Sanz del Río, Fernando de Castro y Nicolás Salmerón, por no firmar un manifiesto que ellos consideran atentatorio contra la libertad de enseñanza. Francisco Giner de los Ríos, que acaba de tomar posesión de su cátedra de Filosofía del Derecho, no duda en adherirse a los catedráticos separados y correr también la misma suerte que ellos.

Poco más tarde, septiembre de 1868, la revolución torna a sus puestos a los catedráticos krausistas, con una merecida aureola de heroísmo. Comienza para ellos una etapa de actividad efervescente: además del Decanato de la Facultad de Filosofía y el Rectorado de la Universidad de Madrid, la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, la Sociedad Abolicionista, el Boletín-Revista de la Universidad de Madrid, etcétera, son tareas que ocupan el tiempo y las ilusiones de los profesores krausistas.

Sin embargo, la Revolución pronto se revela como algo más complejo que la aplicación a la realidad de unas normas establecidas en discursos teóricos; esa realidad se niega a doblegarse a los esquemas racionalistas y la situación se escapa a los gobernantes. La renuncia de Salmerón como presidente de la República en 1874 por no firmar unas sentencias de muerte, señala el punto crítico de la ruptura entre la filosofía y la realidad, y describe el desconcierto moral del grupo; las circunstancias, aun las que parecían más propicias, indican que la sociedad española no está aún madura para sus intenciones reformadoras.

Nicolás Salmerón

El tercer incidente nos pone ya en puertas de la creación de la I.L.E. Se trata de la Segunda Cuestión Universitaria, protagonizada casi por los mismos personajes que la primera: el marqués de Orovio, en el Ministerio de Fomento, y Nicolás Salmerón, Francisco Giner de los Ríos y Gumersindo de Azcárate, en el lugar de los catedráticos depurados -han muerto Sanz del Río y Castro-. La causa es, de nuevo, la defensa de la libertad de enseñanza.

Esta vez, además de la separación, el Ministerio cree conveniente desterrar a los tres profesores a Lugo, Cádiz y Cáceres, respectivamente, para evitar disturbios. El procedimiento resulta tan arbitrario que suscita una oleada de protestas prácticamente generalizadas entre el profesorado. Pero en la correspondencia mutua que mantienen los desterrados comienza a perfilarse el propósito de crear una institución en la que puedan ejercer su labor de enseñantes, sin interrupciones ni temores a tales desafueros.

No fue tan fácil conseguirlo. Poco después se debate en el Parlamento la nueva ley de enseñanza, y los conservadores canovistas defienden la enseñanza estatal, dándose la paradoja que no deja de señalar el ultramontano Pidal, de que defienden una doctrina que está en el programa de los partidos radicales de otros países europeos. Sin embargo, hay que hacer notar que lo que los partidos de izquierda, por ejemplo franceses, defienden en contra de los privilegios de las órdenes religiosas en materia de enseñanza, en España el partido en el poder lo utiliza a favor de esos mismos privilegios, puesto que la enseñanza es oficialmente católica, gracias a que el Estado así se define en el artículo 11 de la Constitución de 1876.

La libertad de enseñanza, sin controles de ortodoxias, queda relegada a la posibilidad de establecer centros privados, que no pueden ostentar el título de Instituto ni el de Universidad -de ahí el nombre de Institución- y deben pasar, además, grados y exámenes en centros oficiales. Este es el estrecho marco legal en que se inscribe la I.L.E.

Defensa de la libertad

La primera Junta de Accionistas se celebra en mayo de 1876. El grupo de fundadores es muy amplio y procede de campos muy diversos. Tiene la particularidad de reunir a los descontentos del conservadurismo canovista: junto al numeroso grupo de simpatizantes krausistas, encontramos los nombres de republicanos como Federico Rubio, Eduardo Chao y Pi Y Margall; banqueros como el marqués de Salamanca y militares como el teniente general Pieltain; incluso rivales intelectuales del krausismo, como el positivista Cortezo, o el mismo Ramón de Campoamor, que hacía muy poco había mantenido una agria polémica con Francisco de Paula Canalejas por el tema del krausismo. Se trata de hacer realidad, desde un principio, las palabras del artículo 15 de los Estatutos: «Esta Institución es completamente ajena a todo espíritu e interés de comunión religiosa, escuela filosófica o partido político, proclamando únicamente el principio de la libertad e inviolabilidad de la Ciencia y de la consiguiente independencia de su indagación y exposición respecto de cualquiera otra autoridad que no sea la de la conciencia»

Fco Giner de los Ríos (de pie, segundo por la derecha) con sus compañeros en la Universidad de Granada.

La I.L.E. inaugura sus clases el 29 de octubre de 1876, en el número 9 de la calle Esparteros. Entre sus enseñanzas ofrece varias de grado superior y las de segundo grado. Los alumnos de las primeras son muy escasos, mientras que los de la segunda se van haciendo más numerosos. A partir del curso 1878-79 se añade también al programa la primera enseñanza y desaparecen los cursos universitarios a causa de las pérdidas económicas. En estos primeros años, marcados por las dificultades, la I.L.E. se configurará definitivamente como colegio en el verano de 1878, cuando encomienda a Rafael Torres Campos que visite la Exposición Universal de París para estudiar el nuevo material pedagógico. Allí confirma éste que el método intuitivo de Pestalozzi y de Fröebel, el discípulo de Krause y amigo de Sanz del Río, es el método utilizado por las modernas escuelas europeas. La ausencia de exámenes y libros de texto, el estudio directo de la realidad, el respeto a la intimidad y a la autonomía del estudiante que Giner practicaba en sus clases universitarias se ven allí ampliados y desarrollados en el terreno de la segunda enseñanza.

La Institución se afianza

A partir de 1881, y con la vuelta de Sagasta y los liberales al poder, comienza una segunda etapa, que podemos llamar de afirmación de la I.L.E. Los catedráticos sancionados son desagraviados y repuestos en sus cátedras. La I.L.E. se ratifica en su carácter de colegio, abandonando definitivamente sus primitivas ambiciones de convertirse en una Universidad Libre, y pierde con ello la mayoría de sus profesores. Con esto logra reclutar, sin embargo, un cuadro docente extraído, en gran parte, de los antiguos alumnos de las enseñanzas universitarias -Manuel Bartolomé, Cossío, Germán Flórez, Ricardo Rubio…-, que se dedican a pleno rendimiento a su labor y se profesionalizan más profundamente en la psicología del niño. Y al mismo tiempo consigue que un grupo de personas aparezcan en el Parlamento como defensores de las ideas pedagógicas de la I.L.E. -Azcárate, Salmerón, Pedregal, González Serrano, etcétera-, ampliando así su abanico de posibilidades e influencia.

Conferencias dominicales para la educación de la mujer en el Paraninfo de la Universidad de Madrid. 1869

Es también el momento en que los profesores del grupo que no se dedican estrictamente a la política, casi todos ellos profesores universitarios, intentan llevar a sus ciudades de destino ideas y acciones renovadoras. En Oviedo, Adolfo Posada, Leopoldo Alas y Adolfo Alvarez Buylla comienzan a madurar las ideas que pocos años más tarde harán germinar la extensión universitaria. Dorado Montero y Miguel de Unamuno, en Salamanca; Piernas Hurtado y Pisa y Pajares, en Zaragoza, y también en Sevilla, donde ya estaba establecido hacía años Federico de Castro, discípulo fiel de Sanz del Río, quien, junto con Antonio Machado y Núñez y Manuel Sales y Ferré, creará el Museo Antropológico de la ciudad. Todos trabajan para hacer «fermentar» la enseñanza en España por medio de pequeños grupos que la potencien desde dentro.

Los locales de la Institución se habían quedado pequeños. En 1882 se traslada a un caserón de la calle Infantas, en el número 42, y en 1887, ya definitivamente, al paseo del Obelisco. Giner vive allí también y las visitas menudean. Todo aquel que tiene alguna inquietud de tipo científico o pedagógico pasa a charlar un rato con don Francisco. Allí ejerce el santo sacramento de la palabra, que no es exactamente un consejo, ni exactamente una charla. Giner tiene el don socrático del magisterio: la habilidad de suscitar tanto preguntas como respuestas de manera espontánea, que iluminan a su interlocutor casi sin proponérselo, lo cual, unido a la enorme receptividad del maestro, supone un caudal inmenso de ideas y de iniciativas que circula por aquella casa.

Fruto de una de ellas, sostenida y alentada por el mismo Giner, es el Boletín de la I.L.E. (B.I.L.E.), instrumento de expansión de las ideas institucionistas y apasionante testimonio del abanico de inquietudes intelectuales de la época. Las colaboraciones son muy variadas en cuanto a temas y autores. Podemos destacar en esta primera época las de Joaquín Costa, amigo de primera hora de Giner y durante un breve tiempo profesor de la Institucion, que más tarde reserva su firma, muy asidua, a los artículos enviados al Boletín. También colaboran el astrólogo Augusto Arcimis, amigo de Giner en su destierro en Cádiz; el geógrafo José Mcpherson; Antonio Machado y Alvarez sobre temas de folklore, etcétera. Todo es válido, siempre que esté tratado de manera científica y desapasionada.

Un tema que aparece en el Boletín, aunque no en forma de polémica, tal y como se daba en los medios científicos de la época, es el del evolucionismo. Cuando la Iglesia Católica arreciaba en contra de esta doctrina «sacrílega», la I.L.E. nombra a Darwin su profesor honorario. En las páginas del Boletín aparecen en 1882 una nota necrológica laudatoria y un artículo de Azcárate, además de artículos de Salvador Calderón, Simarro, etcétera, en los que se le cita como autoridad y se utilizan sus teorías de El origen de las especies como hipótesis científica. Un motivo más para incurrir en la agresividad de los ultramontanos.

Polarizar inquietudes

Giner y la I.L.E. saben polarizar, a finales del XIX y principios del XX, un haz de inquietudes que el país está viviendo con particular angustia. La sombra del desastre, como así se llamo a la pérdida definitiva de las colonias de Ultramar, planeaba hacía tiempo sobre la sociedad española. Y también la convicción de que su causa estribaba en la falta de preparación intelectual, técnica y científica, e incluso, aunque ésta no abiertamente confesada, en la falta de preparación moral. Así no es extraño la atracción que ejerce Giner sobre sus coetáneos.

Pablo de Azcárate

Joaquín Costa alza su voz tonante con el programa Escuela y Despensa, exigiendo para ello la figura del Cirujano de Hierro. Pero para quien las posibles soluciones no pasan por métodos más o menos autoritarios, no queda sino seguir trabajando en pos de aquel ideal que, si bien se mira, no ha cambiado tanto desde los tiempos de Sanz del Río y que, por supuesto, trasciende lo puramente pedagógico.

Esta etapa, que podríamos llamar de labor personal de los institucionistas, puede darse por finalizada alrededor de 1907. Los trabajos individuales o en grupos pequeños se han revelado tremendamente costosos, agotando las fuerzas y energías de quienes los realizaban. En el año 1907, el Ministerio de Instrucción Pública -otro logro de Giner, el Ministerio específico- aprueba la Junta de Ampliación de Estudios, nombrando secretario a José Castillejo. Esta Junta, con una serie de instituciones anejas, merece capítulo aparte por la importancia que alcanza en el desarrollo de la vida intelectual de nuestro país. A partir de este momento la acción externa de la I.L.E. se canalizará a través de la Junta: la Residencia de Estudiantes, el Centro de Estudios Históricos, el Instituto Escuela, etcétera, serán logros y realizaciones que trascenderán, con mucho, el ámbito de la acción institucionista, para convertirse en algo propio de toda la sociedad española.

También por estos años se da un cambio en la mentalidad de los hombres más allegados a lo que, ya en términos muy amplios, y como mero punto de referencia, seguimos llamando krausismo. Se trata de la pretensión del cambio del «alma popular», que va apareciendo ante sus ojos como más y más idealista. Cuando en 1915 muere Giner y en 1917 Azcárate, desaparece con ellos el vestigio de esta idea. A cambio se hace cada vez más patente la necesidad de un cambio de gobierno que posibilite el cambio social.

Cuando en 1897 Salmerón disuelve su partido en busca de la reunificación de los distintos partidos republicanos, surgen dos corrientes: la radical de Lerroux y la reformista de Melquiades Alvarez. El grupo krausista, antes unido por Salmerón, se divide entre estas dos opciones. Pero ahora, ya comenzado el siglo XX, miembros cualificados del grupo institucionista van a dirigirse, primero lentamente y después con mayor rapidez, hacia la corriente de pensamiento socialista, hacia el P.S.O.E., modificando la inspiración profundamente liberal que inspiró siempre a los hombres de la Institución. Julián Besteiro y Fernando de los Ríos son los principales representantes de este nuevo rumbo.

La Liga para la Educación Política Española, que nace como sección del Partido Reformista en 1913, si no tiene nada que ver estructuralmente con la I.L.E. recoge, sin embargo, todo el pedagogismo que se desprende de sus intenciones y filosofía. La Liga, formada por la práctica totalidad de los intelectuales liberales de la época: Azcárate, Ortega, Azaña, Fernando de los Ríos, García Morente, Pablo de Azcárate, Américo Castro, Pérez Galdós, Melquiades Alvarez, etcétera, es el último intento colectivo de regeneración del país a través de la educación.

Primer local de la I.L.E. en la calle Esparteros, 9, de Madrid

El fracaso en la consecución de la meta propuesta es lo que inclina a algunos de sus miembros a la renovación de las estructuras de poder, sobre todo las económicas, y a entrar en el P.S.O.E. De hecho, y durante muchos años, la doctrina socialista de estos intelectuales será objeto de recelo por parte de las bases del P.S.O.E., por la evidencia de los esquemas y programas que éstos arrastran de la Liga.

Cuando el 13 de septiembre de 1923 el general Primo de Rivera anuncia su golpe de Estado, comienza una nueva fase de represión para los intelectuales españoles: Unamuno es desterrado a Fuerteventura y clausurado el Ateneo de Madrid. Renuncian a sus cátedras Fernando de los Ríos, Ortega y Gasset, Jiménez Asúa, García Valdecasas y Sánchez Román. Parece comenzar de nuevo la historia.

Mientras tanto, la I.L.E. ha seguido su curso sereno de colegio de primera y segunda enseñanza. Desde la muerte de Giner, incluso, ha ganado en tranquilidad. Giner era el «maestro» de toda una generación. Manuel Bartolomé Cossío, su sucesor en la dirección de la I.L.E., es el amigo y compañero. Por ello el trasiego es mucho menor.

La República

El pedagogo por excelencia que fue Cossío, jamás adscrito a ningún partido político, es nombrado Ciudadano de honor de la República en 1931. Por su consejo se crea la Facultad de Pedagogía en la Universidad de Madrid, y se elabora el plan de autonomía universitaria para la Universidades de Madrid y Barcelona, el «plan Morente». Efectivamente, el programa educativo de la Segunda República es abiertamente afín a la I.L.E.: la gratuidad de la primera enseñanza, la obligatoriedad en la escolarización, la igualdad de sexos en la educación, la abolición de libros oficiales de texto, son medidas de auténtico sabor institucionista. Cossío, desde la Dirección del Patronato de Misiones Pedagógicas, pone en marcha la creación de un teatro ambulante, dirigido por Marquina y después por Casona. Crea 5.000 bibliotecas en tres años y se realizan 44 «misiones» a las zonas más deprimidas de España.

La Institución Libre de Enseñanza cerró tranquilamente sus puertas al término del curso 1935-36. Identificada con la España liberal, con todo lo bueno y lo malo de una corriente de hombres y de pensamiento que trató de construir una sociedad más racional, más ética y más humana, nunca pudo volverlas a abrir.