La Junta para Ampliación de Estudios

Es difícil exagerar la importancia de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (en adelante Junta o JAE), tras la sepultura del silencio y el olvido bajo la que ha permanecido durante el franquismo. Añádase a ésto que la labor de la Junta, que se extiende durante el primer tercio de nuestro siglo -de 1907 a 1936, exactamente-, no ha sido investigada con amplitud por si sola hasta hace muy poco.

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Grupo de profesores y alumnos del curso de vacaciones para extranjeros en la Residencia de Estudiantes. En el centro, don Tomás Navarro, director del curso

Una valoración de la importancia de la Junta exige tener en cuenta la escuálida situación cultural española legada por el último tercio del siglo XIX. El analfabetismo rondaba en 1876 entre el 75 y el 80 por 100 de la población, hallándose sin escolarizar un 60 por 100 de la población en edad escolar. Veinticinco años después, en 1900, la cifra de analfabetos había descendido solamente al 64 por 100. Y de 1880 a 1908 se pasa de la escasa cifra de 23.132 escuelas primarias a 24.861, con un aumento del 8 por 100 frente a un crecimiento paralelo de la población de casi un 20 por 100.

Pero no se trata sólo de cifras. De la calidad de la instrucción, si a eso llegaba, pueden dar idea los programas de estudios, obsesionados por una enseñanza religiosa de corte medieval y nulamente científica, y la precaria selección de los maestros, a quienes, de no ser clérigos, se les pedía pasar un examen de doctrina cristiana y demostrar que sabían leer y escribir.

La enseñanza superior no estaba menos influida por una Iglesia católica que en 1864 había condenado como errores modernos, amén del liberalismo, el racionalismo y el positivismo, es decir, las dos corrientes filosóficas fundamentales que impulsaron el progreso de la ciencia moderna. La muy minoritaria enseñanza universitaria, además de preocuparse más por la ortodoxia doctrinal católica que por el desarrollo de las ciencias, estaba deformemente volcada a la producción de juristas.

Esta incuria cultural y científica, naturalmente, estaba muy relacionada con el deficiente y tardío desarrollo industrial en nuestro país. Antes de 1900 se encuentran ocupados en el campo al menos los dos tercios de la población. La industrialización fue escasa, retrasada, localizada en pocas regiones, de predominante capital exterior y, por lo que aquí más interesa, técnicamente atrasada y dependiente. El círculo vicioso de finales del pasado siglo, residía en una estructura económica que no demandaba una mejora técnica y científica, y en un sistema educativo y cultural que no promovía el desarrollo económico.

De los núcleos liberales que expresaron su descontento ante esta situación -regeneracionistas como Joaquín Costa, noventayochistas como Unamuno, personalidades como Ramón y Cajal o José Ortega y Gasset- sin duda fueron los krausistas, por obra de Giner de los Ríos sobre todo, quienes más insistieron en romper ese círculo vicioso atajando el problema educativo y dando pasos reales para su reforma. Un primer paso decisivo para ello fue la creación de la Institución Libre de Enseñanza (en adelante ILE) en 1876. Un segundo paso, de más amplias repercusiones, fue la creación de la JAE, que no fue en absoluto ajena a la influencia de Giner.

La I.L.E. y la Junta

La Institución Libre de Enseñanza y la Junta son dos instituciones muy diferentes en varios aspectos: nacen en tiempos y circunstancias distintos, divididos idealmente por la conciencia del desastre nacional que se ha cifrado en la fecha de 1898; la ILE era una institución privada y la JAE un organismo público; la ILE se dedicó directamente a la enseñanza primaria y secundaria (formación de alumnos) y la JAE fomentó indirectamente la mejora de toda la enseñanza, con particular atención a la universitaria (formación de profesores); la labor de la ILE fue, al menos cuantitativamente, menos importante que la de la JAE…

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La Residencia de Estudiantes, dibujo de José Moreno Villa.

Las anteriores diferencias, que son muy relevantes, no pueden hacer ocultar, sin embargo, una enorme inspiración común entre ambas experiencias. Con ser cierto que la ILE fue una creación exclusivamente krausista y que en la fundación de la Junta influyó un más amplio movimiento intelectual que se hizo consciente de la necesidad de europeizar España, la personalidad de Giner de los Ríos se encuentra detrás de ambas de manera determinante. Ni siquiera puede atenuarse esa inspiración común por el hecho de que la ILE naciera en defensa de la libertad de pensamiento y la JAE como medio de reforma cultural, porque esos ideales estaban mutuamente imbricados: la libertad de pensamiento exigía una reforma cultural y la reforma cultural era imposible sin la libertad de pensamiento.

Ideario, logros

La idea clave de los promotores de la Junta fue que la reforma cultural debía comenzar por la formación del profesorado. Y formar al profesorado de todos los sectores de la educación era algo que no podía hacerse desde dentro de España, porque eso perpetuaría el círculo vicioso o lo rompería muy lentamente. Era preciso primero enviar pensionados al extranjero durante un buen tiempo para que estudiaran en los centros culturales y científicos más importantes del momento, localizados en su mayoría en Europa.

Pero el envío de pensionados no podía quedarse sólo en eso, que no era poco para la renovación de los cuadros de nuestra enseñanza. Había que facilitar también el máximo aprovechamiento de lo aprendido a la vuelta a España. A esa necesidad respondió la creación de centros de investigación como el Centro de Estudios Históricos y el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales. A todo ello unió la Junta otros organismos y actividades, sobre todo en materia educativa (Residencia de Estudiantes, Instituto-Escuela), a los que luego se aludirá.

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Santiago Ramón y Cajal

Todo este programa de reforma se fue realizando gradualmente durante los treinta años de vida de la Junta. En los tres primeros años, tras su creación, por decreto del liberal Amalio Gimeno, el 11 de enero de 1907, la JAE logrará sobrevivir a duras penas, por la inmediata entrada de Maura en el Gobierno, hasta octubre de 1909. Pero de 1910 a 1914 la obra logrará consolidarse y expandirse velozmente, con el funcionamiento sucesivo de organismos e iniciativas. No faltaron dificultades con la primera guerra mundial, que ralentizó el envío de pensionados a Europa, y sobre todo, con la dictadura de Primo de Rivera. La Junta pasó esos baches y vio ampliamente apoyada su labor por la entonces llamada República de los intelectuales, a pesar de algunos desacuerdos en el ideario educativo entre el Gobierno y determinados hombres de la Junta.

Los logros históricos de la JAE, aunque frustrados en gran parte por la guerra civil y el franquismo, pueden calibrarse en dos vertientes fundamentales: en primer lugar, por el proceso de actualización cultural, científica y pedagógica que consiguió mediante las pensiones y los centros de investigación y de educación dependientes de ella, y, en segundo lugar, por su efecto de fermento y acicate para las anquilosadas instituciones educativas tradicionales, tanto por la entrada de nueva savia, como por el estímulo que produjo la competencia de los centros de la JAE.

Organización

La Junta se constituyó como organismo oficial de carácter nacional con autonomía en los asuntos técnicos y pedagógicos, y con capacidad para elegir a sus propios miembros en caso de vacantes. Esta doble independencia fue discutida por los gobiernos reaccionarios. Rodríguez San Pedro (ministro de Instrucción Pública de Maura) limitó, de 1907 a 1909, la autonomía técnica y pedagógica y Primo de Rivera impuso, de 1926 a 1930, un sistema por el que el Ministerio de Instrucción nombraba libremente a la mitad de los vocales. Sin embargo, tal doble autonomía era la clave del éxito de la Junta y si ésta llegó a pervivir y a dar frutos fue porque los criterios de esos políticos no prevalecieron más que durante cortos períodos.

Homenaje
Homenaje en Granada a Federico García Lorca

La autonomía técnica y pedagógica suponía la libre elección por parte de la Junta de personas, temas, tiempo y demás circunstancias de la pensión, así como del personal directivo y orientación general de sus centros. Las convocatorias de pensión eran abiertas y el sistema de selección, libre. Esto significaba que no se tasaban unos temas previamente: no se trataba de buscar una persona para cubrir una pensión, sino de compaginar la libertad de elección de tema de los solicitantes con la valoración ponderada de las necesidades culturales y científicas por parte de la Junta.

La autonomía en el nombramiento de vocales, por su parte, era la garantía de que la Junta no se sometería a las exigencias políticas del momento. En el primer nombramiento, hecho por el ministro Callejo, cabe ver la influencia de Giner de los Ríos, que nunca formó parte de la Junta, y de José Castillejo, siempre en el oscuro puesto de secretario, sin voz ni voto, pero auténtica alma de la Junta hasta que dejó el cargo en 1935. El gran acierto de ese primer nombramiento estuvo en el elevado prestigio científico-cultural de sus componentes y en la variedad de ideologías representadas.

Santiago Ramón y Cajal, el gran especialista en Histología y premio Nobel, fue el presidente de la Junta hasta su muerte, ocurrida a finales de 1934, siendo sustituido entonces por Ignacio Bolívar. La Junta se componía además de veinte vocales, entre los que siempre estuvieron representadas distintas especialidades y opiniones políticas. Algunos de sus vocales fueron: Marcelino Menéndez Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Eduardo de Hinojosa, Rafael Altamira, Joaquín Sorolla, José Echegaray, Gumersindo de Azcárate, Vicente Santamaría de Paredes, José Casares Gil, Leonardo Torres Quevedo, Eduardo Torroja, Teófilo Hernando, Luis Simarro, Augusto Pi i Sunyer, José Ortega y Gasset, Juan Zaragüeta, Adolfo Alvarez Buylla, Luis Olariaga, María de Maestu…

Ataques

La amplia composición de la Junta fue seguramente la razón última de su pervivencia, al menos durante los años en que aún no se había consolidado su obra. No evitó, sin embargo, la constante enemiga del reaccionarismo y de cierto conservadurismo ligado a los sectores católicos a machamartillo. Salvo en la República, hubo varios debates en el Parlamento provocados por esa derecha, que aprovechaba lo mismo la discusión de los presupuestos que la creación de centros por la JAE ya fuera para defender la libertad de enseñanza, la autonomía de las universidades o la «buena marcha» de la educación, pero siempre con la acusación constante de que la JAE no era más que una extensión de la ILE. Y, como es sabido, en el peculiar lenguaje de estos nuevos pero eternos inquisidores, la ILE era sinónimo de liberalismo, masonería, anticlericalismo y cuantos «vicios modernos» cabían en sus mentes.

Con la identificación entre la JAE y la ILE, que en la realidad no llegaba a tanto -y en todo caso no merece un juicio negativo-, se sugería además, a veces explícitamente, que la concesión de las pensiones no era imparcial. Por los datos que hemos podido recoger, que son numerosos, esta sugerencia es radicalmente infundada.

Al respecto llama la atención la defensa que hizo de la JAE el canónigo asturiano Manuel Arboleya, que fue pensionado de la Junta y que en la época de la campaña difamatoria era uno de los grandes promotores del sindicalismo católico.

Actividades

La actividad más llamativa de la Junta fue el envío de pensionados al extranjero. Aunque se organizaron pensiones en grupo para maestros y obreros, el grueso de las pensiones, cuantitativa y cualitativamente, fue de carácter individual. Se convocaban todos los años, con requisitos escasamente exigentes. La selección se efectuaba imparcialmente y tratando de mantener una cierta proporcionalidad entre las distintas materias. También se consideraba la importancia del tema y los conocimientos, aptitudes, carencia de recursos económicos y necesidad de completar la formación de los peticionarios.

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Albert Einstein

El total aproximado de solicitudes de pensión fue de 9.200 (una media de 300 por año). La caracterización-tipo de la mayoría de los solicitantes es la siguiente: se trataba de jóvenes varones, nacidos y/o concentrados en núcleos urbanos de importancia, de extracción social y económica media-alta, con título universitario, inclinados a la docencia y a la medicina, la pedagogía y el derecho, y con uso del idioma francés y en menor medida del alemán.

El total de pensiones concedidas lo hemos estimado en unas 1.700 (una media de 57 por año), lo que supone una relación aproximada de dos concedidas por cada diez solicitadas. La caracterización-tipo del pensionado corresponde a grandes rasgos a la del solicitante, siendo las materias más becadas la pedagogía (19 por 100), medicina (18,5 por 100), las ciencias físico-naturales (17 por 100), el arte (10,5 por 100) y el derecho (10 por 100).

El esfuerzo de la Junta se centró en un público minoritario y urbano, pero consiguió una formación de minorías que elevó cualitativamente el nivel de nuestros estudios y de la propia enseñanza en general.

Este crecimiento cualitativo ha de observarse específicamente según las materias que la Junta fomentó mediante las pensiones. De manera general puede decirse que en la inmensa mayoría de las especialidades las pensiones sirvieron para acercar al nivel europeo, y en ocasiones al mundial, nuestra ciencia y nuestra cultura. Siempre pueden señalarse excepciones, como en el caso de la conservadora selección de pintores, pero estas excepciones no pueden empañar el valor final de esa labor. Para dar muestra de este valor, tal vez nada más rápido y contundente que citar una muestra de algunos de los muchos hombres importantes de cultura y de ciencia que recibieron pensión de la Junta:

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Leonardo Torres Quevedo

En medicina: Severo Ochoa, Francisco Grande Covián, Rodríguez Lafora, Lorente de No, Pío del Río Hortega, Jiménez Díaz, Teófilo Hernando, Isaac Costero, Felipe Jiménez de Asúa, Luis Calandre, Pedro Ara, Laín Entralgo, Sixto Obrador, Orts Lorca, Pérez Lorca, Rof Carballo, Varela Gil, Novoa Santos, López Ibor, etcétera. En pedagogía: Lorenzo Luzuriaga, Manuel Bartolomé Cossío, José Castillejo, Luis de Zulueta, Rodolfo Llopis, Luis Alvarez Santullano, Virgilio Hueso, Angel Lorca, Rosa Sensat, Félix Martí Alpera, A, Rubiés, Pedro Rosselló, María de las Mercedes Rodrigo Bellido.
En historia, geografía, arte y crítica, e historia del arte: Eduardo de Hinojosa, Pere Bosch Gimpera, Manuel Gómez Moreno, Claudio Sánchez-Albornoz, Ciriaco Pérez Bustamante, Ramón Carande, Manuel de Terán, Castelao, Francisco Esteve, Francisco Murillo y Herrera, Elías Tormo, González Martí, Timoteo Pérez Rubio, Joaquín Folch i Torres, Ernesto Halffter, Ruiz Casaux, Rafael Benedito, Adolfo Salazar, Nicanor Zabaleta, Regino Sáinz de la Maza, Conrado del Campo. En derecho: Manuel Azaña, Demófilo de Buen, Wenceslao Roces, Federico de Castro, Prieto Castro, Ursicino AIvarez, Alfonso de Cossío, García Oviedo, AIvarez Gendín, Nicolás Ramiro, DoradQ Montero, Ouintiliano Saldaña, Luis Jiménez de Asúa, Cuello Galón, José Antón Oneca, Francisco Beceña, Emilio Gómez Orbaneja, Camilo Barcia Trelles, Yanguas Messía, Fernando María Castiella, Miaja de la Muela, Recaséns Siches, Luño Peña, Legaz Lacambra, Corts Grau, González Vicen, Valls Taberner, Ots Capdequí, Torres López, Beneyto Pérez.
En ciencias físicas, químicas y naturales: Enrique Moles, Bias Cabrera, Catalán Sañudo, José Casares Gil, Esteban Terradas, Eduardo Hernández Pacheco, José Royo Gómez, José Cuatrecasas, Gabriel Martín Cardoso, Isidro Parga Pondal.
En fin, también fueron pensionados filósofos como Julián Besteiro, Ortega y Gasset, García Morente, Xabier Zubiri, Bonilla San Martín; filósofos de la política como Fernando de los Ríos, economistas como Flores de Lemus o Prados Arrarte, lingüístas como Navarro Tomás o Juan Corominas, arabistas como Emilio García Gómez, poetas como Antonio Machado o Rafael Alberti, escritorescomo Ramón Pérez de Ayala, matemáticos como Julio Rey Pastor…

Al lado de las pensiones en el extranjero la JAE llevó a cabo numerosas actividades culturales y científicas. Así, concedía también pensiones dentro de España, normalmente en sus centros de investigación y para personal cualificado. Paralelas a las pensiones en el extranjero fueron las consideraciones de pensión que concedían todos los derechos de la pensión excepto la asignación económica. De éstos hubo unos seiscientos de los que son de señalar, entre los que no recibieron además pensión: Pedro Salinas, Valbuena Prat, Federico de Onís, Joaquín Xirau, Juan Zaragüeta, Adolfo Posada, Ramón Menéndez Pidal y Agustín Millares.

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Los profesores Sparkman, Alain Singewald, Steiner y Kleine, asistentes al curso para extranjeros de la Residencia de Estudiantes.

También estuvo encargada de enviar delegados oficiales a congresos científicos. Se concedió este tipo de delegación a 161 personas, de las que las más relevantes fueron Ramón y Cajal, Luis Simarro, Augusto Pi i Sunyer, Rodríguez Carracido, Nicolás Achúcarro, Juan Negrín, Ignacio Bolívar, Rafael Altamir Gascón y Mar Odón de Buen, Fernández Ascarza…

Por fin, la Junta tuvo a su cargo otras numerosas relaciones culturales con el extranjero.. Envió lectores de español a universidades extranjeras, estableció intercambios de becarios, invitó a profesores extranjeros a dar aquí conferencias y cursos, patrocinó el Instituto de las Españas en los Estados Unidos, garantizó el funcionamiento en España del Instituto de Física y Química de la Fundación Rockefeller, creó una Escuela Española en Roma para Arqueología e Historia, fomentó las relaciones con Hispanoamérica… En suma, contribuyó a dotar una infraestructura compleja de relaciones internacionales que no sólo beneficiaba a nuestra cultura, sino que servía para extenderla.

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Miguel de Unamuno en su habitación de la Residencia de Estudiantes

Organismos

Tan importante al menos como el envío de estudiosos al extranjero fue la labor realizada dentro de España por varios organismos creados por la Junta y que se encontraban bajo su tutela. Los más importantes fueron la Residencia de Estudiantes, el Instituto-Escuela, el Centro de Estudios Históricos y el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales. Los dos primeros cubrieron la vertiente pedagógica de la vocación de la Junta y los otros dos la vertiente científica. En la imposibilidad de resumir cumplidamente la labor realizada por estos organismos, basten algunas someras referencias de cada uno para dar mínima cuenta de su importancia.

La Residencia de Estudiantes fue creada en 1910, con una fuerte inspiración inglesa, como colegio universitario. Estuvo dirigida por Alberto Jiménez Fraud, gran animador educativo de la confianza de Giner de los Ríos. A pesar de su escasez de medios y de número de residentes, la importancia cultural de la Residencia fue enorme, entre otras cosas, su nombre ha quedado ligado a la generación del 27. Residentes fueron Federico García Lorca, Jorge Guillén, Salvador Dalí, Gabriel Celaya, Luis Buñuel. Asiduos visitantes a sus tertulias fueron Rafael Alberti, Pedro Salinas, Dámaso Alonso. Huéspedes frecuentes fueron Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Miguel de Unamuno y Eugenio D’Ors. Invitados a dar conferencias o recitales, pasaron por ella Valle Inclán, Manuel de Falla, Le Corbusier, Albert Einstein, Marie Curie, Jean Piaget, Paul Valery, Paul Claudel, Francois Mauriac, H. G. Wells, Chesterton, Maurice Ravel, Wanda Landowska, Igor Strawinsky y otros muchos.

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Ramón Menéndez Pidal

El Instituto-Escuela, creado en 1918, fue un experimento educativo para la segunda enseñanza que trató de llevar a la educación oficial los principios pedagógicos fundamentales de la ILE. Una de las muchas características innovadoras del Instituto-Escuela, aparte del ciclo único, fue la de acoger entre su profesorado a estudiantes de licenciatura que aspiraban al magisterio de segunda enseñanza con la función, tan cara al institucionismo, de aprender enseñando. La experiencia del Instituto-Escuela tuvo una doble repercusión de gran importancia: en la beneficiosa cadena de influencia que produjo en Institutos de algunas ciudades como Barcelona, Sevilla y Valencia y en su proyección en parte de la legislación educativa del primer bienio republicano.

Sobre el Centro de Estudios Históricos, creado en 1910 y dirigido por Ramón Menéndez Pidal, cabe decir que fue un gran revitalizador de nuestras ciencias históricas y sociales. Algunas de sus secciones, con sus animadores respectivos, fueron: historia medieval (Eduardo de Hinojosa, Claudio Sánchez-Albornoz), filología (Menéndez Pidal, Américo Castro), arqueología (Manuel Gómez Moreno), arte (Elías Tormo), árabe (Miguel Asín Palacios) y derecho (Felipe Clemente de Diego).

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Gómez de Asúa

El Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales, fue creado también en 1910 y a su cabeza estaba el propio Ramón y Cajal. Dentro de su estructura se constituyeron otros dos institutos: el Instituto Cajal, con secciones de biología (Tello) y de fisiología e histología cerebral (Rodríguez Lafora), y el Instituto de Física y Química, dirigido por Bias Cabrera, con secciones de espectroscopía (Catalán), magnetismo (Duperier) y electricidad (Cabrera). Dependientes del Instituto Nacional eran también el Laboratorio de Fisiología (Juan Negrín) y el de Histología (Del Río Hortega).

En suma, como puede verse, las instituciones dependientes de la Junta fueron mucho más que un complemento a la labor de pensiones. Ambas funciones esenciales dan un valor incomparable como obra de cultura a la acción de la Junta, que se manifiesta como una de las  más amplias empresas renovadoras en materia cultural y científica de nuestro siglo e incluso de nuestra historia.

Desaparición

Con el inicio de la guerra civil, la acción de la Junta se hizo imposible en la práctica. En Madrid la mayoría de sus locales fueron enseguida ocupados con fines militares y a pesar de su traslado a Valencia y, posteriormente, a Barcelona, su única actividad fue la puramente moral de ponerse al lado de la República. De la Casa de la Cultura, de Valencia, que tuvo cierto protagonismo en la concienciación ante la opinión pública, sobre todo internacional, formaron parte la mayoría de los intelectuales republicanos relacionados con la Junta.

Por su parte, en la zona nacional, ya el 8 de diciembre de 1937, se dictó un decreto por el que, a la vez que se declaraba disuelta la Junta, se creaba el Instituto de España como directivo de la alta cultura siguiendo la venerada tradición española de colocar la vida doctoral bajo los auspicios de la Inmaculada Concepción de María. Con tal inciso se marcaba ya el criterio de identificar el catolicismo con el anti-institucionismo que tanto juego daría en los libelos contra la ILE de los Enrique Súñer, Martín Sánchez-Juliá o Herrera Oria.

Con el fin de la guerra se va a reproducir en España el ya secular fenómeno de la represión y exilio de intelectuales liberales. Son difícilmente calculables las consecuencias de la guerra civil y la postguerra en cifras de muertos, separados y exiliados relacionados con la Junta. Más estudiado está el tema del exilio republicano en general. Pero lo que sí está claro en todo caso es su efecto destructor en materia científica y cultural: una buena parte de nuestros mejores intelectuales y científicos -muchos de ellos costosamente formados por la Junta- fue reprimida u obligada a exiliarse. Están en la mente de todos, algunos de los nombres anteriormente citados con los que la cultura española no ha podido contar directamente y es ociosa ahora otra larga lista que los recuerde.
Mientras muchos se exiliaban, la Junta para Ampliación de Estudios quiso ser sustituida en España por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (creado por Ley de 24 de noviembre de 1939), que, si no sus funciones, al menos ocupó sus edificios. Según la exposición de motivos de la ley citada, era preciso restaurar los ideales de la Hispanidad frente a la pobreza y paralización pasadas, ideales, al parecer, coincidentes con las ideas esenciales que han inspirado nuestro glorioso movimiento y cimentados en la restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias.

Sin duda la clásica y cristiana unidad de las ciencias no tenía que ver con la ideal república de las ciencias cuya primera virtud es la tolerancia. Inspirada con esta última virtud funcionó la Junta para Ampliación de Estudios. Que su república de las ciencias quedara truncada es una de las causas de nuestro nuevo retraso científico, cultural y educativo, un retraso al que ayudaron los ideales de la Hispanidad y que debe medirse también por lo que se habría avanzado de no haber ocurrido lo que ocurrió. Aunque suele decirse que los “si no hubiera ocurrido…» están prohibidos para hacer historia, están permitidos y son útiles, y hasta necesarios, cuando no se trata sólo de lamentar la historia pasada, sino de aprender de ella para el futuro.