III. La Europa liberal y romántica

La Europa en la que se inicia el reinado de Isabel II es la que se conoce en la historiografía, especialmente en la francesa, como la Europa de la Restauración, palabra que en España se reserva al período de la vuelta de la dinastía Borbón, a partir de finales de 1874 y después de las agitaciones del Sexenio democrático que se había iniciado con la revolución de 1868. En el caso europeo, el término «Restauración» alude a la vuelta al poder de las dinastías legítimas que habían gobernado en algunos estados antes de que la Revolución francesa y, sobre todo, antes de que Napoleón pusieran patas arriba el mapa de Europa.

En todo caso, los monarcas restaurados tras la derrota napoleónica en Waterloo1 casi nunca trataron de volver completamente al estado de cosas que existía antes de 1792, sino que buscaron fórmulas de compromiso para ejercer la plenitud de la soberanía a la vez que trataban de respetar algunos elementos del liberalismo revolucionario, como podían ser ciertos derechos individuales y el reconocimiento de alguna forma de representación de los sectores más favorecidos de la sociedad. Al buscar ese compromiso, las autoridades mantenían un ojo avizor frente a la posibilidad de resurrección del espectro revolucionario y, a comienzos de los años treinta, seguían decididos a intervenir en cualquier país que estuviera a punto de precipitarse por la vía revolucionaria. El alma de esa política sería el canciller austríaco Metternich, que se ha convertido también en la figura epónima del período que se extiende entre 1814 y 1848.

Fueron también aquellos años de notables transformaciones en el plano económico y social. El proceso de maquinización de las actividades industriales —lo que conocemos como primera Revolución Industrial— aceleró su ritmo y se benefició considerablemente de los avances que se produjeron en el mundo de los transportes. La aplicación de la máquina de vapor (Watt, 1774) a la técnica de deslizamiento sobre raíles hizo posible que, el 15 de septiembre de 1830, unas locomotoras (Stephenson, 1814) realizaran el primer trayecto ferroviario entre Manchester y Liverpool, que fue acompañado, lamentablemente, del primer atropello mortal de la historia del ferrocarril. El ser humano tendría que aprender, a partir de ese momento, a tomar precauciones frente a objetos que se desplazaban a una velocidad hasta entonces nunca vista: 55 kilómetros por hora. Pocos meses después del destronamiento de Isabel II, en un lugar de Utah (EE.UU.) que se llamaba Promontory Summit, se unieron los raíles que permitirían la comunicación directa entra las costas americanas del Atlántico y del Pacífico (10 de mayo de 1869). El ferrocarril estaba ya en condiciones de unificar los continentes.

Y no sólo aumentó la velocidad del transporte de mercancías y seres vivos. La invención del telégrafo por Samuel F. B. Morse, a mediados de 1844, permitió la transmisión de noticias —sobre todo las cotizaciones de productos valiosos— a gran velocidad, y el cable submarino que permitía la comunicación entre Europa y América empezó a funcionar en agosto de 1858, entre la reina Victoria y el presidente norteamericano James Buchanan. El servicio telegráfico a través del continente americano estaba ya disponible en octubre de 1861. Los jinetes de Pony Express y de Wells & Fargo podrían sentarse debajo de un árbol y dejar descansar a los sufridos caballos en cuanto se hizo manifiesta la competencia combinada del ferrocarril y el telégrafo.

A mediados del siglo XIX, que era también la época de la mitad del reinado de Isabel II, Europa había experimentado asimismo un fuerte incremento de su población, especialmente acusado en el Reino Unido, que parecía adelantarse al continente europeo en el tránsito hacia una demografía moderna caracterizada por unos índices de crecimiento estables y superiores al uno por ciento anual. Francia, con más de treinta y cinco millones de habitantes, seguía siendo la gran potencia demográfica europea, pero llamaba mucho la atención que Inglaterra, Gales y Escocia hubieran doblado su población durante esa primera mitad el siglo, hasta superar ampliamente los veinte millones de habitantes 2. España, con unos índices de crecimiento anual muy bajos, había pasado en ese mismo período de once a quince millones de habitantes, a pesar de que había estado expuesta a todos los factores tradicionales (epidemias, carestías…) que afectaban el crecimiento demográfico.

  1. No se pierda de vista que, como ha subrayado Jacques Barzun (Del amanecer a la decadencia. 500 años de vida cultural en Occidente [De 1500 a nuestros días], Taurus, Madrid, 2001 (1.a ed. 2000), p. 718), Waterloo fue una batalla curiosa en la que todos saben quién perdió, pero no son muchos los que saben cómo se llamaban los generales vencedores. Es un indicio claro de la robustez del modelo napoleónico.
  2. Gildea, R., Barricades and Borders. Europe, 1800-1914, Oxford University Press, 1991 (1.a ed. 1987), p. 4, posiblemente, aunque no se indica, a partir de los cálculos estadísticos de B. R. Mitchell.

En las ciudades se vive mejor

Uno de los aspectos más característicos de este proceso de transformación demográfica fue el acusado incremento de la población de las ciudades, que estaba relacionado con una tendencia, ya claramente perceptible en el Reino Unido y que sólo apuntaba en el continente, de disminución de la población activa dedicada a la agricultura, a la vez que empezaba a crecer la que trabajaba en la industria y en el sector de los servicios. A mediados del siglo, uno de cada cinco británicos vivía en ciudades de más de cien mil habitantes, aunque esa relación era sólo de uno a veinte en Francia, por más que esto supusiera casi doblar la proporción de los franceses que vivían en ciudades a comienzos de siglo. Hasta finales del XIX, los índices de crecimiento de la población urbana francesa fueron seis veces superiores a los del crecimiento total de su población. También en España creció significativamente la población de las mayores ciudades aunque, de acuerdo con los cálculos de David Reher, los españoles que vivían en poblaciones de más de diez mil habitantes sólo supusieran algo menos del quince por ciento del total de la población española durante la primera mitad de siglo.

París se acercaba a los ochocientos mil habitantes en 1830, lo que significaba que su población se había acrecentado en un cincuenta por ciento desde comienzos de siglo. A mediados del mismo se acercaba al millón trescientos mil y, por la época del destronamiento de Isabel II, superaba el millón ochocientos mil habitantes. Sin embargo, a comienzos de los años cincuenta no era todavía la Ciudad Luz, a la que acudirían visitantes desde todos los rincones de Europa en la segunda mitad del siglo XIX, y los grandes programas urbanísticos estaban aún por desarrollar.

Londres, con casi un millón de habitantes a comienzos del siglo XIX, era la gran capital del mundo pero nunca sería una gran ciudad ornamental, con grandes proyectos urbanísticos encaminados a deslumbrar a los visitantes, sino la plasmación de un gran centro comercial que debía atender al único gran imperio colonial existente después de las guerras contra Napoleón, y el gran foco distribuidor de los productos de su naciente industria. A mediados de aquel siglo superaba ampliamente el millón y medio de habitantes y, durante toda esa centuria, mantendrá unos índices de crecimiento muy superiores a los del total de su población, especialmente en la llamada área del Gran Londres.

El más espectacular de los casos era el de Berlín que, con una población que no llegaba a los doscientos mil habitantes hacia 1800, había superado ya el millón de habitantes cuando, en 1870, se culminó el proceso de la unificación alemana y se constituyó el segundo Imperio alemán3. Era, en buena medida, una ciudad nueva y sus avenidas, museos y conjuntos monumentales constituían un programa de ensalzamiento a la monarquía prusiana que había hecho posible aquellos espectaculares logros políticos y sociales.

Nada de eso existía en España, donde Madrid y Barcelona superaban con dificultades los doscientos mil habitantes a mediados de siglo, y ambas ciudades dependían acusadamente de la migración interior para compensar unas débiles tasas de crecimiento. La acumulación de inmigrantes en estas ciudades generó una estratificación social vertical en la que personas de diversos grupos sociales convivían en un mismo edificio, de manera que vivir en los pisos más altos significaba, inversamente, un descenso en la escala social. Por eso el amigo Manso que nos presenta Galdós en la novela (1882) que dedica al personaje, y que refleja el clima político de los años iniciales de la restauración canovista, vivía en un tercero de la calle del Espíritu Santo, mientras que la viuda rica que lo protegía lo hacía en el principal izquierda, que por eso se denominaba así.

  1. Cfr. Bairoch, P., De Jericho a Mexico. Villes et economie dans l’histoire, París, Gallimard, 1985; y Pinol, J.L., Le monde des villes au XIX siècle, París, Hachette, 1991.

Aumentan los estudiantes

El que hubiera cada vez más personas que vivían en ciudades coincidió —en un proceso de interacción que sería complejo de pormenorizar— con la transformación de la vida en las ciudades, que se dotaron paulatinamente de servicios dedicados a satisfacer las necesidades tanto materiales como espirituales. Mejoraron, por aludir a necesidades básicas, los servicios de abastecimiento, transporte o saneamiento;  de la misma manera que lo hicieron los medios de información, los espacios de diversión y ocio o las instituciones dedicadas a la educación y a la difusión cultural.

Las tiradas de los libros se multiplicaron en el mundo alemán y británico, aparte de que se suscitó un nuevo género de lectores a través de los folletines de los periódicos. Una de las más conocidas novelas de Dickens, Los papeles póstumos del club Pickwick, que se publicó como folletín mensual a partir de 1836, atrajo a más de cuarenta mil lectores en cada una de sus entregas. También se popularizó la música, que vio la creación de orfeones y de salas de música especializadas, como la Sociedad de los Amigos de la Música de Viena que se organizó a partir de 1846. Fueron los años de origen de los famosos Proms (Promenade Concerts) londinenses, que seguían un modelo parisino, y del éxito clamoroso del primer Johann Strauss. También era popular el teatro, en donde la persistencia del gusto romántico había sido el instrumento de la denuncia a los regímenes absolutistas de la Restauración. La profunda reforma del modelo educativo, junto con el empuje demográfico antes citado, habrían de resultar decisivos en la maduración de algún nuevo Estado-nación, como fue el caso de la Alemania que vería la luz después de su victoria militar sobre Francia en 1870. Fue un proceso que puede decirse que tuvo su origen con la derrota prusiana ante Napoleón, en 1806, que provocó una profunda conmoción en los ambientes cultos y movió a personajes, como Guillermo Humboldt, a poner en las reformas educativas la esperanza de la recuperación de todo un pueblo. Aunque concebidas inicialmente a favor de los sectores más privilegiados de la sociedad, estas reformas terminarían por llegar cada vez a más personas. Los gymnasien alemanes o los lycées creados por Napoleón en Francia son los mejores frutos de esta renovación pedagógica.

A mediados del siglo Alemania contaba con un estudiante de enseñanza media por cada doscientos cincuenta habitantes, y un estudiante universitario por cada mil quinientos. Francia se le acercaba algo en la proporción de universitarios, pero la cifra descendía a la mitad en la enseñanza media, un ámbito decisivo para la formación de ciudadanos que integraran los cuadros medios de la sociedad. El Reino Unido, por su parte, tenía la quinta parte de la proporción de alumnos de secundaria que había en Alemania, y la cuarta parte de universitarios, en un claro contraste entre las modificaciones económicas y demográficas que se habían producido en la isla y los niveles de educación de su población4. Tal vez las nuevas oportunidades del mercado de trabajo restaban efectivos a la población estudiantil en todos sus niveles.

En España, un país que había comenzado el siglo con el noventa y cinco por ciento de su población analfabeta, las cifras de escolarización en secundaria quedaban muy lejos de las ofrecidas por Alemania pero, en cuanto a la proporción de estudiantes con respecto a la población total, era muy similar a la de Francia: un estudiante de enseñanza media por cada 593 españoles, mientras que en Francia había un estudiante por cada 570 personas5. La situación, sin embargo, era mucho mejor que en Italia, donde había un estudiante de enseñanza secundaria por cada 1.058 habitantes y, como ya se ha dicho, que en Inglaterra, donde esa relación se elevaba hasta 1.300. La relación española entre población total y número de estudiantes universitarios resultaba todavía más sorprendente porque arrojaba una cifra ligeramente menor que la de Alemania (1.300 España; 1.500 Alemania), lo cual habría estado muy bien si los centros universitarios de ambas naciones hubieran tenido la misma calidad científica y académica, que no era el caso. El dominio casi absoluto de los estudiantes de medicina y derecho, junto con la escasa atención a las ciencias que se manifestaban en el caso español, apuntaban hacia una docencia universitaria de carácter rutinario y escasamente comprometida con la modernización del país.

El incremento de la alfabetización y el aumento de individuos que alcanzaban los diversos niveles educativos estaban en relación con la creciente urbanización de la sociedad y de la aparición de unas clases medias que iban a protagonizar un proceso de socialización que habría de tener profundas consecuencias. No fue despreciable, en ese sentido, la popularización de los juegos y actividades deportivas, que llevaron a G. M. Trevelyan, un historiador inglés, a afirmar que si la nobleza francesa hubiera buscado tiempo para jugar al cricket con sus campesinos, los chateaux nobiliarios no hubieran ardido jamás6. La democratización de la caza, las luchas de animales y las carreras ce caballo fueron las más comunes manifestaciones de este generalizado gusto por los juegos y los deportes.

  1. Gildea, R., Barricades and Borders. Europe, 1800-1914, Oxford University Press, 1991 (1.a ed. 1987), pp. 167 y 245.
  2. Rueda, G., «Enseñanza y analfabetismo (siglo XIX)», en Suárez Cortina, M. (ed.), La cultura española en la Restauración, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1999, pp. 15-59, especialmente pp. 28 y 34, que obtiene la cifra de estudiantes en los Anuarios Estadísticos.
  3. Gildea, R., Barricades and Borders. Europe, 1800-1914, Oxford University Press, 1991 (1.a ed. 1987), p. 115, que cita a Carr, J.L., Dictinary of extraordinary Cricketers, Londres, 1983.

Victoria: un modelo de reina en un régimen liberal

En cualquier caso, esa Europa con elevada proporción de analfabetos era el escenario de los avances del ideario liberal que, pese al fracaso momentáneo del proyecto revolucionario francés de 1789, registraba avances decisivos al comenzar la cuarta década del siglo XIX.

En el Reino Unido, el acceso de los liberales (whigs) de lord Grey al poder, a finales de 1830, hizo posible la primera gran reforma electoral y parlamentaria que ayudó a consolidar el sistema político bipartidista británico y abrió un prolongado período de reformas, en el que se demostró que el carácter aristocrático y oligárquico de la vida política de las islas no era impedimento insuperable para reaccionar frente a las demandas populares. En 1833 quedó abolida la esclavitud en las colonias y ese mismo año se intentó, por primera vez, atenuar las condiciones de trabajo en las fábricas. Se fijaba una jornada laboral de quince horas, pero se establecía que los jóvenes (de trece a dieciocho años) no trabajaran más de doce horas> y el límite se rebajaba a nueve horas para los niños de nueve a doce años. En cualquier caso, esta ley no sería cumplida y numerosas leyes sobre el trabajo en las fábricas se sucederían desde la década de los cuarenta hasta finales de siglo. También se regularon las circunstancias de la beneficencia (Nueva ley de pobres, de 1834) y las de la vida municipal (1835), que aumentarían el protagonismo de los ciudadanos frente al predominio tradicional de las oligarquías7.

El proceso de las grandes reformas británicas, en todo caso, culminaría durante el gobierno conservador (tory) de Robert Peel, que decidiría, en 1846, la abolición de las leyes proteccionistas de los cereales británicos que se habían adoptado a comienzos de ese mismo siglo. La opción inglesa por el libre-cambismo significaba la apuesta por una economía basada en la industria y en las exportaciones de sus productos, frente a la protección de los tradicionales intereses agrarios. El escenario inicial del despliegue de esa nueva economía sería un imperio colonial que se articulaba sobre las extensas posesiones de Canadá y de la India, y en el control de enclaves estratégicos que aseguraran la buena comunicación con esas colonias.

Por otra parte, la vida política británica empezó a experimentar un profundo cambio con el acceso al trono de la reina Victoria en 1837. Once años mayor que Isabel II, empezó a reinar seis años antes que la reina española y demostró, desde los inicios del reinado, un carácter terco que no contribuyó excesivamente a consolidar el prestigio de la monarquía británica, que andaba ya por los suelos con la locura de Jorge III y las extravagancias de sus hijos, Jorge IV y Guillermo IV8. Victoria, sobrina de ambos, comenzó a reinar con dieciocho años y, en los momentos iniciales de su reinado, estableció unas relaciones difíciles con alguno de sus primeros ministros, como sería el caso del conservador Robert Peel. En febrero de 1840 la joven reina se casaría con el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo y Gotha9, un primo suyo tres meses más joven que ella, del que se había prendado locamente en dos visitas que el príncipe alemán le había hecho en 1836 y 1839.

El matrimonio tuvo nueve hijos entre 1841 y 1857 y, gracias a los enlaces de esos hijos con otras dinastías extranjeras, la reina se convertiría en abuela de buena parte de los monarcas reinantes en Europa a comienzos del siglo XX. En 1901, junto a su lecho de muerte se congregarían, junto al príncipe de Gales, el emperador Guillermo II de Alemania, nieto de la soberana inglesa, y el zar Nicolás II de Rusia, casado con una nieta. Y, pocos años más tarde, el rey de España, Alfonso XIII, también se casaría con una nieta de la reina Victoria, Ena de Battenberg. Lamentablemente, las princesas descendientes de Victoria que participaron en aquellas uniones matrimoniales trasladaron también la hemofilia a varias casas reales europeas, entre ellas la española.

El matrimonio de Victoria y Alberto desplegó algunas iniciativas culturales que afectaron a la fisonomía urbana de Londres, al que dotaron de algunas instituciones emblemáticas de la vida cultural londinense. La más espectacular de todas fue la Gran Exposición de 1851, que abrió sus puertas en el sur de la capital a primeros de mayo. Fue la primera de una larga serie de grandes exposiciones, y se convirtió en un canto a los éxitos de la técnica y al esplendor del Reino Unido, que congregó a medio millón de personas en el día de su inauguración. La naciente red de ferrocarril, que acababa de establecerse, permitió que seis millones de británicos acudieran a Londres para visitar el Crystal Palace, un impresionante diseño de cristal y acero realizado en nueve meses por Joseph Paxton, y compartir esos sentimientos patrióticos10. Pese a los anuncios agoreros de quienes se habían opuesto al proyecto del príncipe, la exposición generó beneficios que permitieron dotar un museo de artes decorativas en Kensington, que más tarde recibiría el nombre de Victoria and Albert Museum, así como el Museo de la Ciencia y el Museo de Historia Natural.

El príncipe Alberto, sin embargo, no fue excesivamente popular y durante la guerra de Crimea, de 1854, se le criticó por sus supuestas simpatías hacia los rusos. En todo caso, su muerte en diciembre de 1861, como consecuencia de unas fiebres tifoideas, sumió a la reina en una profunda depresión, alejándola aún más de sus obligaciones políticas, de la que sólo le alivió la relación con John Brown, un sirviente escocés del palacio de Balmoral, que dio pie a que la prensa antimonárquica dirigiera ataques a la reina llamándola «señora Brown» y que se haya llegado incluso a especular con un matrimonio secreto entre ambos. La imagen de abuelita viuda vestida de negro, venerada por sus súbditos, no comenzaría a abrirse paso hasta mediados de los años setenta, cuando el primer ministro, Disraeli, la convenció de la necesidad de asumir sin reticencias sus deberes reales. Su proclamación como emperatriz de la India (1877), así como la conmemoración jubilar de las bodas de oro de Victoria como monarca (1887) y las inmediatas bodas de diamante (1897), añadirían más prestigio a la Monarquía británica y terminarían por consolidar la imagen entrañable de Victoria11.

  1. McCord, N., British History, 1815-1906, Oxford, Oxford University Press, 1991, pp. 200-202.
  2. Cannadine, D., «Contexto, representación y significado del ritual: la Monarquía británica y la invención de la tradición», en Hobsbawm, E., y T. Ranger (eds), La invención de la tradición, Barcelona, Crítica, 2002 (1ª ed. 1983), pp. 107-171, especialmente pp. 122-127.
  3. Davies, N., Europe. A History, Oxford, Oxford University Press, 1996, pp. 808-810.
  4. Morgan, K. O. (ed), The Oxford Illustrated History of Britain, Oxford, Oxford University Press, 1989, p. 463.
  5. Cannon, J., y R. A. Griffiths, The Oxford Illustrated History of the British Monarchy, Oxford, Oxford University Press, 1988, p. 577.

Los franceses cambian de Dinastía

También la década de los treinta significó un marcado giro político en la vida francesa. Las jornadas revolucionarias de julio de 1830 provocarían una reforma de la Carta constitucional —en el sentido de desposeerla de su carácter de carta otorgada y colocar en las instituciones parlamentarias el centro de la vida política— y condujeron a una ruptura de la legitimidad dinástica con el acceso al trono de Luis Felipe de Orleans, quien, dado el carácter revolucionario de su acceso a la magistratura monárquica, renunció al título de rey de Francia y se limitó a denominarse «rey de los franceses».

La casa de Orleans era una rama menor de la casa de Borbón —eran descendientes directos de Luis XIII— que había mantenido una constante presencia en la vida política francesa pues el segundo duque de Orleans, Felipe, había sido regente de Francia durante la minoridad de Luis XV. El quinto duque, Luis Felipe José, simpatizaba con las ideas ilustradas y hubo muchos franceses que situaron en el Palais Royal —la residencia parisina de los Orleans— el corazón de los acontecimientos revolucionarios de la primavera y el verano de 1789. El duque adoptó el nombre revolucionario de Felipe Igualdad y, alineado con los jacobinos, votó con ellos la ejecución de Luis XVI (1793), lo que no le libró de ser conducido a la guillotina en noviembre de ese mismo año.

Su hijo mayor, Luis Felipe, había desertado meses antes del ejército francés y había tomado el camino de un exilio muy duro de veinte años, de los que pasó cuatro en los Estados Unidos. Tras la derrota de Napoleón se reconcilió con los Borbones restaurados y recuperó sus posesiones en Francia, a la vez que se labraba el reconocimiento de los sectores liberales del país, de los que surgió su candidatura al trono cuando los acontecimientos revolucionarios de julio hicieron aparecer la amenaza de una República que asustaba a los sectores más conservadores. Como ha sugerido Furet, la instauración de Luis Felipe en el trono francés significaba la vuelta a la situación de mayo de 1789 y el ensayo de la monarquía constitucional que Luis XVI se había negado a aceptar entonces12. También se evocó en aquella ocasión el modelo británico de la revolución de 1688, en la que el enfrentamiento del Parlamento con el rey se resolvió con un cambio dinástico dentro de la misma familia real.

La nueva monarquía francesa se deshizo de los círculos aristocráticos que habían impuesto su sello durante los reinados de los anteriores Borbones y apostó por buscar su apoyo en clases burguesas que se convirtieron en las grandes beneficiadas del cambio de régimen. Francia entró, pues, en los años treinta de aquel siglo con una monarquía liberal que había recibido su legitimidad de los representantes de la nación, lo que, a largo plazo, se convertiría en un elemento de fragilidad del nuevo monarca. Este se mantuvo durante muchos años marginado del resto de sus colegas europeos, que le expresaban así su censura por el origen ilegítimo de su reinado, y la situación no se alteró hasta que la reina Victoria de Inglaterra le visitó en septiembre de 1843. Se consolidó entonces una entente cordiale entre las dos naciones liberales que se prolongaría, con breves paréntesis, durante todo el siglo XIX y que se formalizaría en los acuerdos de 1904.

También significó un reconocimiento para la dinastía francesa su participación en los proyectos matrimoniales que afectaban a la reina de España, Isabel II, que derivaron en el enlace del quinto hijo de Luis Felipe, el duque de Montpensier, con la infanta Luisa Fernanda, lo que sirvió para situarlo en la línea sucesoria al trono de España, aparte de que nunca dejara de ser la opción de salida en una situación revolucionaria como la que se produciría tras el derrocamiento de Isabel II en 1868.

  1. Furet, F., Terminer la Révolution. De Louis XVIII à Jules Ferry (1814-1880), París, Hachette, 1990, p. 113.
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