IV. Reflexiones sobre la Era Isabelina

Era romántica, liberal, isabelina. Así la llamamos, la hemos llamado indistintamente una y otra vez en nuestros trabajos o en nuestras clases de historia. Los tres adjetivos nos sirven para definir una época, los tres son válidos, e incluso diríase que los tres resultan necesarios. Y es que esos tres ingredientes —lo romántico, lo liberal, lo isabelino— se entrecruzan y se interpenetran hasta fundirse en un todo. Hasta el punto de que si queremos definir esa época, ese casi exacto tercio de siglo que va de 1833 a 1868, hemos de tener en cuenta a la vez los tres adjetivos, si no queremos obtener una visión incompleta de la época o caer en el peligro de no comprenderla en todo su sabor histórico.

El romanticismo es liberal —«le romantisme n’est que le libéralisme en litterature», dijo Victor Hugo, pero no sólo en literatura—, porque su esencia es la expresión de la libertad del individuo; pero también hay derecho a decir que el liberalismo, a su vez, es romántico, por su ímpetu revolucionario, por la vehemencia de sus expresiones y —muy concretamente en el caso de España— por la espectacular preponderancia del corazón sobre la cabeza en el estilo de los debates y el desarrollo mismo de la vida pública. Isabel II, espontánea, primaria, generosa, lanzada sin freno ni inhibiciones a las aventuras del sentir y del querer, es romántica, quizá la más romántica de todas las personalidades famosas de su tiempo. Ella constituye tal vez una exageración de lo que son los españoles de entonces; pero por eso mismo resulta ser la más expresiva manifestación de una actitud vital que caracteriza muchos de los rasgos más distintivos de toda una época. El momento histórico que ocupa el reinado de Isabel II es el único totalmente liberal y totalmente romántico. Fernando VII convivió con la revolución liberal, pero fue casi siempre monarca absoluto; el primer tercio del siglo conoce los primeros brotes de romanticismo, pero muestra todavía ribetes neoclásicos, desde la puerta de Toledo o la pintura del primer Vicente López hasta el cabello peinado a estilo napoleónico del Deseado. El régimen que sigue al destronamiento de Isabel ya no obedece a los presupuestos del liberalismo histórico, se autoproclama democrático y está regido por hombres que ya no tienden a la corazonada, sino a un complejo teorismo ideologizante e intelectual, para desembocar muy pronto en el positivismo político de Cánovas y Sagasta. La única época toda y sola liberal, toda y sola romántica es justamente la época isabelina.

El elemento romántico

Desde Van Klaveren, por lo menos, todo el mundo está de acuerdo en que el romanticismo es mucho más que un fenómeno estético: constituye, como decía Eugenio d’Ors del Barroco, «una categoría», una forma de entender la vida, y por tanto un estilo de comportamiento. Sin duda existe más unanimidad en reconocer este hecho que en la definición concreta de lo que es realmente lo romántico. Se ha relacionado el romanticismo con la inquietud, con el desasosiego, con la inflación de los sentimientos y la imaginación, y por consiguiente con un cierto predominio del corazón sobre la cabeza, de lo afectivo sobre lo estrictamente racional. De consiguiente, el romanticismo tiende —como el barroco, pero con otro matiz— a lo exagerado, en ocasiones a lo descabellado, a una desproporción entre las causas y los efectos, digamos a los efectos desproporcionados, a la transgresión de las reglas, a lo tremendo o tremendista, y también —al menos eso se pretende— a lo trágico, a lo lúgubre, a lo desesperado. Por lo menos, la mayor parte de los dramas románticos son tragedias. Quizá después podamos aclarar un poco la cuestión.

Suele colocarse la partida de nacimiento del romanticismo en su pleno vigor en el año 1830, el año en que, sólo en París, se produjeron tres revoluciones. Fue una de ellas la revolución de julio, la revolución liberal por excelencia, con sus barricadas, sus proclamas inflamadas de insólito ardor y sus arengas lacrimosas: he aquí, ya, una relación entre el romanticismo y el liberalismo. Otra de ellas fue el estreno de Hernani (PDF), la tragedia de Victor Hugo en que perecen todos los protagonistas y se rompe de una vez con las famosas «tres reglas» de los clásicos. Había expectación la noche del estreno. Se predecía que iba a haber bronca. Y, efectivamente, la hubo. Los academicistas —que ya no podían dejar de ser inconscientemente románticos— despidieron la obra con una sonora rechifla, en tanto los huguistas aplaudieron a rabiar. En la calle se armó la gresca, y los huguistas, para conocerse entre sí, se anudaron la cravatte al cuello. Aquella noche triunfaron simultáneamente el romanticismo y la corbata, que fue durante un tiempo, no lo olvidemos, un símbolo revolucionario. Muy poco después se estrenó la Sinfonía fantástica de Berlioz. Héctor Berlioz, un joven —y díscolo— estudiante de medicina, acudió al estreno en París de la Quinta sinfonía de Beethoven, y sufrió un colapso que, en su versión, lo puso al borde de la muerte. Desde entonces se hizo músico. Enamorado de una actriz inglesa, Harriet Smithson, que interpretaba divinamente el papel de Ofelia en Hamlet —y que, naturalmente, no correspondía a la pasión del ardiente muchacho—, escribió (según su relato, en una sola noche) una sinfonía de programa, que destrozaba todas las reglas existentes y terminaba con la descripción de la muerte del enamorado en el patíbulo y la aparición de fantasmagóricos espectros. El propio Berlioz requirió interpretar la parte de los timbales, y lo hizo con tal ímpetu, que reventó los parches. Naturalmente, la señorita Smithson (que, probablemente sin saberlo, era también romántica) aceptó casarse con el músico. Fue un matrimonio desgraciado, pero el resto de la historia no nos interesa.

Quizá en España no dispongamos de ejemplos tan expresivos, pero ahí están el suicidio de Larra, víctima de un amor imposible; el final trepidante, digno del mejor Hugo, de Don Alvaro o la fuerza del sino, (PDF) en que el protagonista se arroja al abismo gritando «¡Húndanse el cielo y la tierra!, ¡perezca la raza humana!». Antonio Flores, que, como todos los costumbristas, se ríe de los románticos, inventa como título de la tragedia más representada en Madrid, Un charco de sangre, o la venganza de una madre1. Pero no empobrezcamos el panorama limitándonos a las tragedias literarias. El romanticismo, como ya queda anticipado, abarca todas las esferas de la vida. Supo verlo muy bien un historiador metido también a costumbrista, Modesto Lafuente, cuando comenta en su Teatro social algo que está en la conciencia de todos:

¿Qué persona hay tan vulgar que no padezca de los nervios en el siglo XIX? ¿Qué señora se puede llamar señora si no sufre poco o mucho de los nervios? […] ¿ Qué médico adocenado no tiene una docena de visitas diarias que le suministran los nervios? ¿Qué lluvia cae que no altere el sistema nervioso? ¿Qué helada viene que no haga resentir el sistema nervioso? ¿Qué viento corre que no afecte al sistema nervioso? ¿Qué noticia triste o alegre nueva no influye en el sistema nervioso?2.

Los nervios estaban a flor de piel de los españoles del siglo XIX, y uno de los mejores observadores de su época no pudo dejar de advertirlo. De aquí que las reacciones ante un hecho emocional resulten desproporcionadas. Es el mismo autor quien se escandaliza de las personas «que sin conocer la nota se desmayan con frecuencia en nuestros conciertos», o de que a «tal militar de retorcido mostacho, que en la guerra no daba cuartel a los prisioneros» se le vea «caérsele un lagrimón como una nuez al oír una plegaria de contralto o unas variaciones de flauta»3. Lafuente parece extrañarse ante una actitud que juzga irracional —y es irracional, por desaforadamente romántica—, pero su velada insinuación de que hay en ella un algo de hipocresía puede ser exagerada. Muchos desmayos parecen verdaderos, fruto de una hipertrofiada sensibilidad. Tampoco es contradictorio que un militar de carácter duro se emocione ante la ternura de una obra de arte, e incluso que deje escapar, como buen romántico, unas lágrimas. Quizá en ninguna época fue tan frecuente ver llorar a un adulto como en aquellas fechas.

El romanticismo, como actitud, tiene algo de teatral, y por eso no debe extrañarnos que constituya una edad de oro de nuestro teatro. La conjuración de Venecia (PDF), Don Alvaro o la fuerza del sino (PDF), El trovador (PDF), el Tenorio (PDF), son expresiones de una mentalidad y al mismo tiempo responden a una demanda social que aparece impresa en los tiempos. En 1840 existían sólo dos teatros en Madrid: el del Príncipe y el de la Cruz. En 1846 —¡sólo seis años después! — están, además, el del Circo, el del Museo, el Variedades, el Buenavista, el Simó, y a punto está de inaugurarse el gran Teatro Real: fruto de una burguesía en auge y de una prosperidad económica, pero símbolo también de un gusto y de unas exigencias. Cierto que no siempre los programas alcanzan la altura que nos hubiera hecho suponer la sublimidad de los títulos; pero el público participaba de la emoción de las representaciones con una intensidad que hoy nos resultaría difícil imaginar: los espectadores se ponían de pie durante la representación, gritaban, protestaban, aplaudían, arrojaban flores al escenario —en algunas ocasiones hasta lo invadían— o silbaban estruendosamente, no sólo como premio o censura de la actuación de los protagonistas, sino como reacción ante los hechos que se estaban representando, como si esos hechos, admirables o nefandos, estuviesen ocurriendo en la vida real.

La música es también, ya lo hemos visto, motor de emociones. España no contó con grandes compositores románticos, si exceptuamos a los zarzuelistas, surgidos justamente en la era isabelina. La zarzuela pudo ser, como opinó un día Sopeña, un factor que limitó las condiciones que reunían músicos capaces de más altos vuelos, pero, si fue otro elemento de reclamo social, ello se debe precisamente a su carácter sensiblero; si se quiere —aunque no deja de reunir valores que hoy muchos reconocen— si no romántico, al menos romanticón. Con muchas de aquellas obras lloraron millones de españoles, lo mismo que ante un instrumento eminentemente romántico como el piano. Consta que los recitales de Liszt (que recorrió España, como gran parte de Europa), un hombre alto, pálido, de aspecto enfermizo y ojos verdes, capaz de arrancar del teclado las más espectaculares y apasionadas expresiones, fueron causantes de los desmayos de muchas damas. Y es que el piano, un instrumento que puede acompañarse a sí mismo y no necesita de otras concertaciones, posee una capacidad para lo íntimo, para ser por sí solo reflejo de un mundo interior, como ningún otro. Por eso llama Lafuente a su edad la «edad de los pianistas»4, y por eso se calcula que hacia 1855 había en Madrid unos seis mil pianos, muy probablemente muchos más que hoy, para una población entonces ocho veces menor.

Nunca acabaremos de discutir si la era romántica fue alegre o triste, optimista o pesimista. Probablemente nos equivocaríamos si optáramos a priori por una de las dos respuestas. La idea de Vicens según la cual el romanticismo español es optimista, a juzgar por la aceleración demográfica que, sin otras causas aparentes, por entonces se produce, es tan original como indemostrable. Quizá se encuentre en relación con un hecho que sí se nos aparece más patente: aquello que Jover, citando a Von Brunschwig, llama la «interpretación milagrosa de la vida», tan afín al alma romántica, que tiende a soñar, y a confundir los sueños con la realidad. El enamorado romántico está convencido de que su amor es tan puro, tan generoso, tan capaz de hacer feliz a la princesa azul de sus sueños, que ésta no podrá menos de negarse ante una dicha tan prometedora. Llegado el momento de la apasionada declaración, la princesa azul responde con unas calabazas que sumen al enamorado en un océano de desesperación, que muchas veces termina en el suicidio. No es muy distinto lo que sucede al hombre de negocios. No es que la España isabelina sea un modelo en cuanto al desarrollo industrial, pero lo cierto es que no faltaron intentos de expansión capitalista, bien estudiados en su momento por J. Nadal. Donoso Cortés, que contempla el espectáculo desde fuera —y quizá no lo comprende—, denuncia en las Cortes de 1850 que «una fiebre industrial y mercantil inunda nuestra sangre»5. Una fiebre emprendedora, qué duda cabe, pero al fin y al cabo una fiebre romántica. De aquí la utilización de la Bolsa como una especie de juego de azar en que se empeñaban fortunas por el simple e incierto placer de la aventura.

Todo el mundo jugaba a la Bolsa; la lucha entre alcistas y bajistas era empeñada; jugaban lo mismo el aristócrata que el burgués y el plebeyo; de igual modo el poderoso que cuantos sin blanca en el bolsillo aspiraban a llenarlo; los paisanos, la gente de pluma, los artistas y aun aquellos que formaban parte del gobierno…6.

Augusto Conte recuerda que a mediados del siglo XIX «exageróse tanto la manía de divertirse, que […] no bastando a muchos las fortunas que poseían, diéronse a jugar a la Bolsa […] en especulaciones no siempre honrosas»7. Y Fernando Garrido nos cuenta que en febrero de 1848 «hubo en la Bolsa de Madrid un pánico terrible, tremendas oscilaciones, y muchas familias vieron sumergirse allí su fortuna y su honra»8.

No es de extrañar que muchos de aquellas arriesgados jugadores se viesen de pronto en la ruina. Hoy sabemos que en la época de Isabel II se invirtió mucho más dinero de lo que hasta hace poco se suponía, no siempre con buena previsión, a juzgar por la llamativa frecuencia de las quiebras. Hasta los inversores más experimentados eran víctimas de sus osadías. Mendizábal se enriqueció y se empobreció tres veces a lo largo de su vida; y un hombre condenado al éxito, el marqués de Salamanca, primero banquero, luego «rey de los ferrocarriles», al fin urbanista, terminó la suya muy cerca de la modestia. Y la quiebra, ha comentado Rodríguez Casado, era el «infierno social» de los aventureros burgueses de la época. De aquí que si un cuarenta por ciento de los suicidios del reinado de Isabel II fueron debidos a desengaños amorosos, cosa de un quince por ciento estuvieron motivados por bancarrotas. Y es que los inversores, como los enamorados, soñaban en exceso. Su negocio estaba tan bien pensado, tan inteligentemente planeado, que no podía menos de conducir al más brillante éxito económico: pensemos por ejemplo en la fiebre de los ferrocarriles, que despertó esperanzas inmensas —y también inmensas especulaciones—, que muchas veces terminaron en estrepitosos fracasos. Como en el caso del enamorado, el empresario romántico rubrica ese fracaso con el suicidio. Es Modesto Lafuente quien nos da cuenta de los suicidios que tienen lugar por entonces en España. Valiéndose de las noticias de la prensa, constata para el primer trimestre de 1845 unos 660 casos, de lo cual infiere «un mínimo» de 1.400 anuales: «aún no estamos tan civilizados como los franceses —comenta sarcásticamente—, pero vamos andando el camino»9. Efectivamente, hace el recuento porque ha recibido la noticia de que en París se registran 6.000 suicidios al año. Pero teniendo en cuenta de que Lafuente apenas lee más que los diarios de Madrid, es posible que una buena estadística pudiera constatar para España cifras aterradoramente parecidas.

Para otros la «interpretación milagrosa de la vida» y el choque brutal del sueño con la realidad termina no menos trágicamente, pero el desenlace no es el suicidio, sino el fusilamiento. Basta pensar en el caso del revolucionario que, convencido de la excelencia de sus ideas, se lanza a la aventura con fuerzas ridículamente reducidas, en la seguridad de que masas inmensas se unirán infaliblemente a su noble causa. El revolucionario fracasado, en este caso, no se suicida, sino que es ejecutado, eso sí, no sin haber reclamado, como última voluntad, ser él mismo quien dirija al pelotón de ejecución: tal es el caso, por citar dos muy conocidos, de Lacy o de Diego de León. A veces, en la absurda aventura militar, el milagro se produce. Milagrosa fue la batalla de Torrejón, que para su héroe, el general Narváez, fue «un increíble suceso, que pasaría por una maravilla a no haber ocurrido en este suelo clásico de lo maravilloso y de lo extraño»10. El mismo Narváez, que ha pasado a la historia como el prototipo del hombre autoritario y seguro de sí mismo, fue un perfecto romántico, ciclotímico, que sufrió depresiones tremendas, al punto de que en una ocasión intentó quitarse la vida11. Otro milagro se produjo cuando Prim, en Los Castillejos, se lanzó a todo galope, abrazado a la bandera española, contra las compactas filas marroquíes. Mal lo hubiera pasado si O’Donnell, más previsor, no hubiera atacado de flanco casi inmediatamente. No siempre, sin embargo, la interpretación milagrosa de la vida se tradujo en éxitos afortunados, y muchos imprudentes hubieron de pagar cara su desatentada osadía. Bien lo pudo comprobar el desgraciado Zurbano, advertido a tiempo por Narváez, pero decidido a su romántica y absurda aventura.

Con todo, quizá nos equivocaríamos si identificáramos el romanticismo con la tragedia. La edad romántica presenció tragedias, porque el choque frontal del sueño maravilloso con la prosaica realidad era en muchos casos inevitable, y también las presenció en el teatro o en las lecturas, porque gustaba de ellas. No se puede criticar al hombre romántico por eso. Pero los contemporáneos de Isabel II y la propia Isabel II también disfrutaron apasionadamente de la vida, de sus alicientes y sus bellezas. Bajo aquel reinado se construyeron los primeros ferrocarriles, se acometieron traídas de aguas, se arreglaron caminos, apareció el sello de correos y se fundó el Banco de España, al tiempo que se unificaba el sistema monetario y se facilitaban los intercambios. Pese a cuanto se ha dicho, la prosperidad de un número muy grande de españoles se incrementó, incluso en las clases más populares. Si los teatros se multiplicaron por cinco, las plazas de toros —en la época de Curro Cuchares— se multiplicaron por diez. Y no pensemos, como tantas veces se ha pensado, que el romanticismo es sólo una actitud propia de la burguesía emergente. Más entusiasmo se manifestaba en la cazuela y el paraíso que en los palcos y el patio de butacas. Y no deja de ser admirable que por entonces fuese frecuente que las criadas recibiesen de sus novios cartas en verso. Eran otros tiempos, y hay que comprenderlo.

  1. Flores, A., «Escuela de costumbres», en Costumbristas españoles, Madrid, 1964, II, p. 171.
  2. Lafuente, M., Teatro social del siglo XIX, Madrid, 1846, II, p. 256.
  3. Flores, A., op. cit., II, p. 313.
  4. Lafuente, M., op. cit., II, p. 313.
  5. Diario de Sesiones del Congreso, 30 diciembre, 1850. También en Obras completas de J. Donoso Cortés, Madrid, ed. B.A.C., 1945, II, p. 338.
  6. Romanones, Conde de, Salamanca, conquistador de riqueza, Madrid, Espasa, 1931, pp. 61-62.
  7. Conté, A., Recuerdos de un diplomático, Madrid, 1903,1, p. 486.
  8. Garrido, E, Historia del último Borbón, Barcelona, II, 1869, p. 8.
  9. Lafuente, M., op. cit., II, p. 34.
  10. De un parte del general Narváez, Torrejón de Ardoz, 23 de julio de 843. Transcripción en Garrido, E, op. cit., I, pp. 244-245.
  11. Vid. Comellas, J. L., Los moderados en el poder, Madrid, CSIC, 1970, pp. 186-188.
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