VII. Los partidos y la vida política, 1834-1868 (Continuación)

La preponderancia de los moderados, 1844 – 1854

La etapa que siguió, de diez años de duración, fue de predominio absoluto de los moderados, en el sentido de que sólo ellos, y no los progresistas, ejercieron el gobierno. En los dos años siguientes, entre 1844 y 1846, los moderados llevaron a cabo una remodelación completa de todo el edificio político. La Constitución fue cambiada, el ejército reorganizado, y la administración local y provincial, la Hacienda y la enseñanza reformadas de acuerdo con criterios centralistas, lo mismo que la ley electoral que, por otra parte, redujo considerablemente el censo y consagró los distritos unipersonales. El Estado liberal adquirió así la forma que habría de caracterizarle, en lo fundamental, durante casi un siglo.

Especial importancia tuvo la sustitución de la Constitución de 1837 por la de 1845, un hecho que significó la ruptura del consenso entre los partidos en relación con el texto constitucional. Andando el tiempo, un destacado jurista y liberal templado, de variada trayectoria partidista, Manuel Alonso Martínez, señalaría la relevancia de aquel desacuerdo básico, del que hacía principal responsable al partido moderado18.

La supremacía moderada no estuvo, en absoluto, exenta de problemas, los más graves de ellos de carácter interno. En efecto, la oposición progresista, irrelevante en el terreno político, se manifestó, sobre todo, en numerosos pronunciamientos que fueron vencidos —y reprimidos sangrientamente— por un ejército que Narváez mantuvo bajo su control. La oposición política que provocó numerosas crisis y dificultó la marcha de los gobiernos, provino de las mismas filas del partido moderado. Por ello induce a cierto error la denominación clásica de esta década como «moderada», ya que aquellos diez años y el conglomerado que llamamos partido que gobernó durante los mismos presentan una extraordinaria variedad y heterogeneidad.

Por una parte, lo mismo que en el progresismo, estaba el «partido militar», en este caso dirigido por Narváez, cuya unión con los moderados no fue algo que necesariamente tuviera que producirse. Tanto por su carácter—como señaló Balmes—, como por su trayectoria profesional —especialmente en el Trienio Constitucional—, Narváez parecía más bien destinado al bando progresista; pero fue su enfrentamiento con Espartero lo que le terminó acercando a la reina María Cristina y sus partidarios. Incluso después de su victoria en 1843 y del destierro del regente, Narváez intentó una aproximación a los progresistas —a Cortina, en concreto— que resultó fallida. Lo que el llamado espadón de Loja quería, además del orden social —como casi todo el mundo—, era el mantenimiento de la disciplina en los cuarteles y la satisfacción de los intereses corporativos del ejército —esencialmente la paga de salarios y pensiones—. Y eso se lo podía haber dado cualquier partido19.

Lo que Narváez proporcionó a los moderados, según uno de ellos, fueron «cualidades distinguidas, decisión, carácter organizador, dignidad en el mando y una resolución poco común». Para su compañero de armas Ros de Olano, «el general Narváez creó una cosa tan grande que no la puedo explicar: el término de la revolución, el principio de la autoridad, la fuerza del gobierno, y no tuvo más defecto que haberla creado en exceso»20.

Las relaciones entre el general y la parte civil del partido no fueron fáciles en absoluto. En su correspondencia particular con Fernando Fernández de Córdova, Narváez se quejaba amargamente de que fueran «nuestros propios amigos» los que hacían difícil su posición, y se mostraba decidido a «organizar y subordinar al partido moderado» o, en caso contrario, escribía, «dejo el puesto y me meto en mi casa para no volver a figurar en mi vida». Así lo hizo en varias ocasiones, al fracasar en su intento. Pedro José Pidal, eminencia gris del partido y ministro de Gobernación con Narváez en varias ocasiones, pensaba que se necesitaba «un hombre de menos arrebatos», y terminó por no dirigirle la palabra: «Es tan absoluto en su propia opinión que no oye más que al que se las lisonjea; y yo, que no he nacido para mercenario, le contradigo y para no sufrir réplicas absurdas, me abstengo de hablarle», le confesaba al general O’Donnell, hacia 184821.

Por su parte, el partido moderado civil, igual que el progresista, no era un bloque homogéneo, sino que se encontraba dividido en facciones, con características ideológicas bastante diferenciadas y enfrentadas abiertamente en su lucha por el poder. Suelen distinguirse en él tres grandes facciones vigentes durante la década: la vilumista, dirigida por Juan de la Pezuela, marqués de Viluma, que pretendía la reconciliación con la rama dinástica carlista y una acusada reacción política; la facción puritana, a cuyo frente estaba Joaquín Francisco Pacheco, situada en el extremo opuesto, que defendió el mantenimiento de la Constitución de 1837 y el acuerdo con los progresistas para establecer algo parecido a la alternancia en el gobierno; y, en tercer lugar, la facción autoritaria-conservadora, el centro del partido, liderado por Narváez, con personajes como Pedro José Pidal, Alejandro Mon, Donoso Cortés, Juan Bravo Murillo, y Luis José Sartorius, conde de San Luis22.

Resulta evidente la existencia de las facciones vilumista y puritana23, pero no así de la autoritaria-conservadora, ya que los componentes de la misma presentaron proyectos políticos diferentes y se enfrentaron duramente entre sí cuando alguno de ellos ocupó el gobierno; por una parte estaba el general Narváez y su «partido militar», como hemos dicho, y, por otra, los grupos civiles entre los que podemos distinguir claramente tres, los representados por Pidal, Bravo Murillo y Sartorius. El grupo de Pedro José Pidal —en el que Alejandro Mon ocupaba un destacado lugar— fue el principal responsable de las grandes reformas centralistas que se identifican con el partido moderado. Juan Bravo Murillo estuvo inicialmente integrado en él, pero al acceder a la presidencia del gobierno en 1851, intentó una muy significativa y reaccionaria reforma constitucional, que fue combatida y derrotada por sus propios correligionarios. Y Luis José Sartorius, conde de San Luis, el audaz periodista que desde El Heraldo había servido a los intereses moderados, fue presidente del último gobierno del partido en la década, al que derribó un pronunciamiento en julio de 1854, dirigido por un general de procedencia moderada —Leopoldo O’Donnell, conde de Lucena—, con el apoyo de los puritanos y la oposición o pasividad de Narváez y el resto de las facciones del partido.

Juan Donoso Cortés fue un personaje singular, poseído por una idea catastrofista de la historia, que, a su juicio, caminaba a «la constitución de un despotismo, el más gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres», a causa del descreimiento que avanzaba aceleradamente en Europa. Políticamente, Donoso —secretario particular de Isabel II tras la proclamación de la mayoría de edad de la reina— se autodefinía como absolutista —nada menos que ante Guizot y en una misión oficial, en diciembre de 1843—, aunque se mostraba dispuesto a respetar el gobierno representativo «como un mal necesario». De los moderados —de quienes obtuvo sus actas de diputado—, opinaba que habían «sido causa de la universal ruina y perdición». Y, a pesar de que creía que Narváez era «la persona que sost[enía] el edificio» y que el día en que él cayera «el edificio entero se desplomar[ía]», contribuyó decisivamente a derribarle, en enero de 1851, con un demoledor discurso en el Congreso24.

Lo mismo que en la etapa anterior, fue la desunión del partido en el poder lo que provocó su derrota y caída, no enemigos exteriores ni la interferencia de la Corona. Los moderados ahora, como antes los progresistas, fueron incapaces de asegurar la fidelidad del «partido militar» que se encontraba en sus filas —bien por no satisfacer sus exigencias o por no contentar a sus líderes—, ni de mantener mínimamente integradas las facciones civiles que componían su formación. La ley del suicidio de los partidos en el poder venía a confirmarse, en este caso en la derecha del espectro político. Contra lo que cabía esperar, el disfrute del presupuesto del Estado no fue suficiente para asegurar la existencia de ninguno de ellos25.

  1. Según M. Alonso Martínez, «el grave error en que se había caído durante el reinado de Isabel II […] consistió en mantener sistemáticamente excluido del poder […] al partido progresista […]. Ese alejamiento sistemático […] tenía, no diré que una justificación, pero sí una disculpa,- y esa disculpa consistía en que por faltas imputables al partido moderado, el partido moderado y el partido progresista tenían cada uno como emblema una Constitución distinta. De manera que el poder real se veía en este durísimo trance: o continuar gobernando con el partido moderado […], o si no tenía que establecerse el turno de las Constituciones […]. Esta es la disculpa única de aquel reinado». DSC, leg. 1887, n.° 77, p. 2.066.
  2. «Balmes […], en razón a la pública fama, les creía cambiados. Espartero —pensaba—, en política lento, acaudilla a los rápidos; Narváez, veloz, dirige a los tardos». Pabón,J., «El régimen de los generales», en ídem, La subversión contemporánea y otros estudios, Madrid, Narcea, 1971, p. 249. La aproximación de Narváez a Cortina —y todo lo relativo a las facciones militares— en Christiansen, E., Los orígenes del poder militar en España, 1880-1854, Madrid, Aguilar, 1974, p. 137.
  3. Valero y Soto, J., Vindicación del partido moderado español, deducida de la comparación, Madrid, M. Sanz y Gómez, 1856, p. 17. Juicio de Ros de Olano citado por Seco Serrano, C, Historia del conservadurismo español, Madrid, Temas de Hoy, 2000, p. 93.
  4. Fernández de Córdova, F, marqués de Mendigorría, op. cit., II, p. 137. Bermejo, I., La Estafeta de Palacio. Historia del último reinado, Madrid, R. Labajos, 1872, III, p. 81.
  5. Cánovas Sánchez, F., El partido moderado, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1982, pp. 177-247.
  6. El proyecto de Viluma, en 1845, de dar «un verdadero golpe de Estado que, rompiendo de frente con la revolución, hubiese constituido un régimen nuevo, ni liberal ni parlamentario, basado en la tradicional autoridad del Monarca, en un Poder ejecutivo fuerte y en unas Cortes con facultades limitadas», está perfectamente descrito por Rozalejo, marqués de, Cheste o todo un siglo (1809-1906): el isabelino tradicionalista, Madrid, Espasa Calpe, 1935, p. 115. Respecto a los puritanos, uno de los episodios parlamentarios en los que quedó más clara su particular y específica actitud fue en la discusión de la reforma de la Constitución de 1837, particularmente en el discurso de Nicomedes Pastor Díaz de 30 de octubre de 1844, en sus Obras completas, Madrid, Atlas, 1970, II, pp. 363-378.
  7. Idea sobre la historia en el «discurso sobre la dictadura», en el Congreso de los diputados, el 4 de enero de 1849. Conversación con Guizot, de acuerdo con la relación que escribió el propio Donoso. Opiniones sobre los moderados y sobre Narváez en cartas al conde Racynski, de 15 y 23 de agosto de 1849. Citado por Suárez, F., Vida y obra de Juan Donoso Cortés, Pamplona, Eunate, 1997, pp. 659, 581, 725 y 727.
  8. Un ex diputado moderado señalaría más tarde las siguientes causas internas de la crisis del partido: «cierto esclusivismo [sic] que empequeñecía el círculo del partido mismo y por el que […] comenzó a engendrar disgusto en varios hombres políticos que, heridos en su amor propio, formaban fracciones separadas […]. La impaciencia de otros que querían ser poder perpetuamente; las aspiraciones de algunos que aún no habían llegado a serlo; cierta alternativa en las opiniones de varias personas según se encontraban colocadas ya en la oposición ya en el gobierno […]; las reformas políticas lanzadas al debate de los mismos cuerpos que habían de ser por ellas reformadas; las debilidades de algunos Ministerios que han hecho una tras otra cuantas concesiones les exigían las oposiciones; la falta de firmeza personal de varios ministros […]; la frecuente inoportunidad con que se suspendían las sesiones de las Cortes […]; y un tanto de lastimoso amor propio y presunción de infalibilidad […], que desgraciadamente han traído acontecimientos harto tristes; los cuales se habrían evitado […] con más abnegación por parte de individuos que se decían de unas mismas opiniones; con menos encono entre correligionarios; con menos obcecación en los gobiernos». Valero y Soto, J., op. cit., pp. 27-28.
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