En memoria de Ramón Acín

Entre los asesinatos que, por cientos de miles, han cometido las jaurías falangistas, monárquicas y clericales, al servicio de Hitler en España, hay algunos ¡muchos!, especialmente inexplicables en su inutilidad política y que, por eso mismo, nos dan idea de la infinita capacidad del hombre, cuando un fanatismo interesado le envenena, para los crímenes más inverosímiles y monstruosos.

Así las muertes fríamente ordenadas, como “medida de precaución” de hombres cuya actividad política, nula o adjetiva, por ningún concepto podía significarles el menor indicio de peligrosidad.

Y en España han caído, sin más ni más, miles, muchos miles, de este modo. Por más amigos y significativos, recuerdo ahora los nombre de García Lorca, Leopoldo Alas (el rector de la Universidad asturiana, inmolado por el odio que aún inspiraba al beaterío ovetense la memoria de su ilustre padre, a causa de La Regenta), Salvador Vila (joven rector de la Universidad de Granada, distinguido arabista, siempre ensimismado en sus estudios y sin actuación pública ¡ni siquiera por parte de padre! que haga concebible su fusilamiento), los hermanos José María y Augusto Muniesa (profesores de la Facultad de Medicina de Zaragoza, culpables, el uno de su relación con Marcelino Domingo, y el otro de su consaguinidad con el delincuente principal), Ramón Acín, …

Con angustiosa dificultad obedezco al, requerimiento de los queridos editores de ARAGÓN, quienes me piden una línea in memoriam del entrañable amigo sacrificado. Creen que aquella amistad nuestra hace que sea yo el más apto para evocar la nobilísima, aragonesísima e interesantísima figura de Ramón Acín. Pero no se engañan, pues los siete años transcurridos no han serenado todavía los recuerdos, como sería preciso para poder hacerlo, y sigue en carne viva el sentimiento de doloroso estupor y cólera frenética, que sólo podrá calmarse cuando deje de ser impotente.

Ni intentaré, siquiera, la semblanza. ¿De dónde voy a sacar el desapasionamiento crítico, la mesura y hasta el humor que necesitaría para disciplinar, seleccionar y matizar los recuerdos, aderezar las anécdotas e incrustar los detalles pintorescos que se me agolpan con imperiosa emoción a borbotones?

Además, lo que en otro pudiera estar bien, en mí sería miserable frivolidad ponerme a discurrir académicamente sobre la personalidad y las facultades extraordinarias (y hasta qué punto lográronse o no), de Ramón Acín, como escritor de raza, como pintor, escultor, arquitecto, humorista del trazo y de la frase, como pedagogo… o como hombre de ideas que jamás las tuvo en contradicción con su conducta y que arrostró, con magnífica entereza, sin flaquear nunca, destierros, persecuciones, cárceles, y al final, el martirio y la muerte, dechado heroico, síntesis suprema de las virtudes todas de su hermosa vida.

Tampoco me es fácil referirme a su mejor obra, a la intimidad de aquel hogar, ejemplo emocionante de armonía, de elevación, de belleza, donde todo adquiría dignidad y Gracia; aquel hogar de Huesca, que también fue mío, instalado en señorial casona de anchas estancias repletas de cuadros, esculturas, estampas, viejos muebles y libros, objetos múltiples de exquisito arte popular, conseguidos al cabo de los años en incesantes correrías que hicimos juntos por tantos y tantos lugares; aquel hogar animado por la inteligente alegría de Conchita Monrás, la tierna compañera de Ramón, a él identificada con orgulloso amor, iluminado por el radiante hechizo de las dos niñas, a tono ambas en hermosura y precoz sensibilidad e inteligencia con el ambiente de la casa; aquel hogar a todos abierto, donde el pobre tenía puesto franco en la mesa, enseñanza cordial de música y dibujo en la Academia, acogida de incondicional amistad siempre y al que, por una tolerancia insensatamente bondadosa, que acaloró más de una discusión entre nosotros, tenían afectuoso acceso muchos indeseables reaccionarios, algunos canónigos y magistrados, que participaron en el doble asesinato o aplaudieron luego hasta la espeluznante saña indescriptible, de característica filiación franquista, con que fue perpetrado.

Matar ¡y matar como le mataron! a un hombre como Ramón Acín, cuyo único defecto fue su bondad (excesiva bondad, no controlada, que siempre dominó despóticamente su inteligencia, y hasta la nubló a veces haciéndole incurrir en sensibles contradicciones; insumisa bondad en acción constante, que los más berroqueños reaccionarios se veían obligados a reconocer, aunque manifestando, en anticipada justificación de su premeditado crimen, que esa misma bondad era el peor enemigo para ellos porque su escandalosa ejemplaridad desmentía las doctrinas de la gente de orden), matar a un hombre como Ramón Acín, y matarlo en Huesca en su Huesqueta del alma que nadie quiso tanto como él (tanto la quiso que hasta, yo puedo afirmarlo, murió por amor a ella: recuerdo encendidamente unas letras que me escribió a Madrid en julio de 1936, diciendo que retrasaba su partida veraniega —iba a ser en la Pobla de Montornés, un lugar en la costa de Tarragona— “porque da mucha pereza irse de Huesca”), matar a un hombre como Ramón Acín y matar a una mujer como su Conchita, la pareja de más altura moral e intelectual que tenía la ciudad, y matarles con tal escarnio y ferocidad, expresa la índole del régimen que impone como sistema semejantes procedimientos, y los instintos de sus partidarios, con demasiada claridad para que sea lícito, cerrando los .ojos ante la repetición inacabable de hechos parecidos, pensar seriamente en otra cosa que no sea la lucha a muerte contra lo que eso representa, en cualquier sitio y forma que se presente.

Por Rafael Sánchez Ventura (texto  publicado en la revista Aragón, nº 2, México, enero de 1944)