La «palomica» que escapa de la cárcel

De mayor quiero ser Katia. Bueno, claro… como Katia.

Eso es lo que pensaba hace un par de veranos cuando, paseando por la playa de Altafulla la oía hablar, reírse con franqueza; la veía gesticular, los ojos como platos; fa sentía Vivir, así con mayúsculas. Con muchísima más intensidad de la que se detecta en algunos jóvenes, ella, tan viva, bien entrados los setenta.

¡Nuestra querida Katia! Es como si la vida, que tanto le negó en un tiempo, se hubiera dado cuenta, así, de pronto, de que no se merecía aquello, que ya valía. Su infinito deseo de vivir, su necesidad de estar y de «cumplir», sabiamente transmitida por sus padres en los primeros años de su vida, la impelían a dejar atrás lo que atrás quedaba. Seguir adelante, apartando el rencor y sin olvido, «con la cabeza alta», como ella misma contaba. Respondiendo sonriente, sin que apenas nada se notara, cuando la llamaban Ana Maria, a ella, Katia. Porque ser la hija de Ramón Acín no le resultaba gratis.

Katia
Katia Acín. Autor: Ernesto Puertas. Hacia 1934 (Familia Acín)

Alguien ha dicho: «La tristeza es un don del cielo, el pesimismo una enfermedad del espíritu», y ella habrá tenido días tristes, pero nunca ha sido pesimista. Katia fue el primer fruto de la unión de una pareja especial. Ramón Acín y Conchita Monrás intentaron rodear a sus hijas del ambiente adecuado para su crecimiento personal, para su conformación como seres humanos, libres y comprometidas. «El estímulo y la actividad en nuestra casa eran constantes y espontáneos y estaban ofrecidos para que la respuesta fuera la adecuada», nos cuenta su hermana Sol en un escrito.

Seleccionando material para una exposición que se iba a efectuar en el Centro de la UNED en Barbastro, junto a la conservadora del Museo de Huesca, recuerdo la impresión que me produjo tener entre las manos el original de la carta que Ramón Acín envió a sus hijas en julio de 1933 desde la cárcel. Es uno de los documentos más hermosos y emotivos que conozco. A la derecha, en la parte superior, hay un pequeño y delicado dibujo: «es una palomica que todas las noches se escapa por la reja de la cárcel y que cuando vosotras y mamá dormís os besa y vuelve a mí» les decía al final de la misiva.

Katia aún no ha cumplido los trece años cuando, por sus ideas anarquistas como único cargo, detienen y, junto a las tapias del cementerio, matan a su padre. «En refriega habida con motivo de la Guerra Civil» reza en el certificado de defunción firmado con posterioridad por el juez. Estamos en los primeros días de agosto de 1936. No habrá finalizado ese mismo mes de agosto cuando Conchita Monrás, su madre, forma parte del numeroso grupo de personas, unas cien, que ese día fueron fusiladas en Huesca. Katia se hace adulta en pocos días, se queda con su hermana Sol, dos años menor que ella, solas. A partir de ese momento Ana María y María Sol, como las denomina el juez municipal en el certificado de defunción de su padre, reciben el cariño y el amparo de sus familiares más próximos.

La memoria del padre debía ser borrada: «Recuerdo haber entrado en el cuarto ropero, donde se escondió mi padre durante bastantes días y ver el suelo repleto de cuartillas escritas por él; formaban una auténtica alfombra. En aquel momento pareció oportuno quemarlo todo». Durante casi medio siglo la figura de Ramón Acín quedará silenciada. La única referencia al artista se materializaba en su famosa escultura, magnífica en su sencillez, dedicada a Las Pajaritas, que permaneció ajena a todo en el parque de su ciudad, —cabe pensar que su mensaje conceptual-libertario resultaba difícil de captar en determinados ambientes de la época—.

Katia aguanta como puede. Su padre, pedagogo ejemplar y libertario, fiel a sus ¡deas, la había ido formando sin consentir que asistiera a una escuela tradicional. Pretendía que más tarde fuera a Madrid, a la Institución Libre de Enseñanza, y después estudiara Bellas Artes, tal vez Arquitectura. «Se me daba bien el dibujo y mi padre me animaba, pasábamos muchas tardes juntos, dibujando».

Poco a poco los años van pasando. Estudia en la Facultad de Filosofía y Letras, en Zaragoza. Se licencia en Historia Medieval, se enamora y se casa siendo aún muy joven. Confiesa que ha sido muy feliz con su familia. En cuanto ve que la edad de sus hijos lo permite, quiere ejercer como docente. No le resulta fácil, al menos no tan fácil como a otras: el nombre de su padre, aunque sin pronunciarlo, está presente.

Prepara oposiciones, las aprueba y obtiene plaza en Mérida. «Tuve que prometer los principios generales del Movimiento, entonces era obligatorio y mi deseo de ejercer como profesora de historia se impuso». Luego ejerce en Binefar, Zaragoza y finalmente vuelve a Huesca, su ciudad. Al acercarse la edad de jubilación, esa edad que para muchos supone el final de los proyectos, Katia asume que le quedan muchos por cumplir y se siente con fuerza suficiente para alcanzarlos todos.

Pide traslado a Las Palmas, por decisión personal, y allí ejerce por un año. Tras jubilarse en el Instituto como Catedrática de Historia, toma por fin la decisión: Se examina e ingresa en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona, —siempre fue su deseo, también el de su padre—. En 1993 obtiene la licenciatura, se especializa en grabado porque afirma que es lo que más se ajusta a su forma de expresarse con el arte. Katia, como su padre, cuando crea se recrea. Nos cuenta que con la edad, en lugar de borrarse, aparecen más nítidos los recuerdos. Y algunos son tan dolorosos que sólo puede borrarlos a golpe de buril y gubia.

Consciente de que por mucho que le quede ha de faltarle tiempo, trabaja con coraje y decisión. El resultado desprende tanta belleza y fuerza que difícilmente se comprendería si separáramos su trayectoria vital de su trayectoria artística. Sus grabados se han expuesto dentro y fuera de nuestro país. Katia es un ejemplo de lucha y triunfo ante la adversidad. Y es que, cuando se trata de alcanzar sueños, los seres humanos en muchas ocasiones nos damos por vencidos antes de intentarlo; ella no, por eso me consta que muchos, casi todos, querríamos ser como Katia.

Por MARIA JESUS BUIL, directora sala de exposiciones.