La poesía luminosa y feroz de Sol Acín

Sol Acín
Sol Acín. Hacia 1950 (Familia Acín)

Sol Acín, la hija menor de Ramón Acín y Conchita Monrás, publicó en vida un único libro de poemas, En ese cielo oscuro. Era el año 1979 y el director de la colección Ámbito Literario, Víctor Pozanco, presentaba en la contracubierta la voz de la poeta aragonesa como testimonio de que no toda la poesía española había cantado tras la guerra la misma canción —«la solapada complicidad de los ‘poetas sociales’ con el franquismo, su arriendo para servir de yunque cuidadosamente golpeado»—y concluía así la edición de este libro único: «Hay que someter toda la literatura de posguerra a una crítica implacable». Pregunto a la valedora del libro, Ana María Moix, si ésta era también la ambición de Sol Acín, a quien, aunque no conocí en faceta de combate literario, sí puedo no obstante imaginármela haciendo chanza y caricatura de vacas sagradas (no de todas, pero sí de muchas). «Era muy discreta y el libro no se publicó por su decisión sino porque me lo pasó Rosa Sender, que lo tenía desde hacía años» —rememora Ana Moix—, «al leerlo vi que era, que es, muy bueno». Ella y José María Carandell, que venía de publicar en Ámbito Literario (Víspera de San Juán), movieron el manuscrito, que apareció en febrero de 1979. La edición incluye una lámina de Gibertmón que es para mí un hermoso retrato de Sol Acín: Mundo sin rostro se llama y en esa mujer ensimismada, a trozos su cabeza y a la que una luz blanca recorre el cuerpo abriéndose camino entre sus visceras verdeoscuras que se funden con el fondo, también verdeoscuro aunque plano, está la Sol que vive en mi memoria. Es quien escribió «A un árbol en la niebla, iluminado por el fugaz reflejo de la noche», imagen que me transporta a su padre, el surrealista pirado por el cine que abandonó sus esculturas y pinturas por la revolución libertaria y la pedagogía del entendimiento. Dice Sol en este poema (pág. 91):

Dejé mi alforja sin llenar, perdida
sobre el guijarro oscuro,
la llave del placer, la inocua danza.
Cayó sin destruirme
la inquieta soledad de los que esperan,
la dulce plenitud de los que alcanzan.
Volví hacia ti, momento de la noche,
lluvia de luz, tamiz de los cristales
la aguda sinrazón de mi delirio.
Volví a tocar, rozando suavemente
la escondida belleza conseguida.

Las hermanas Acín Monrás no fueron adolescentes felices. En el caso de Sol, rememora Rosa Sender, una de sus sobrinas, hoy psiquiatra, la primera juventud fue también muy dura. Pero convengo con ella y con Ana Moix en que su poemario transmite la luminosidad del hecho mismo de la vida, rasgo específico de la cultura anarquista de sus padres. Es la fuerza, por otra parte, que vive en los grabados de Katia Acín. La diferencia no es tanto de técnicas como que Sol escribió de joven y Katia dibuja de mayor. Y que, por poeta, Sol vivió el legado cultural de sus padres de una forma casi mística, lo que Rosa Sender llama «una mistificación que le resultaba acogedora». De ahí la necesidad de reconstruir la casa familiar de veraneo en la Pobla, donde brotaron versos en los que la poeta, de vuelta ya de su periplo, Ulises y Penélope a la vez, puede hacer dialogar su sensualidad con la naturaleza. Así en “Mirilla de la estrella” (pág. 123):

Viene el sueño a taparme
redondo, una vez más, mi vida entera.
Sin fondo, más sin fondo, hacia la tierra,
mirilla de la estrella,
piedra sonora, arroyo
clavado, transparente
se escapará mi pozo.
Atrápalo mañana en las afueras.

Los poemas de En ese cielo oscuro fueron escritos en diversos momentos de la joven Sol. Son casi todos de juventud y recorren sus veinte años en Zaragoza y París (a donde se largó bastante pronto) y los años que siguieron en Alemania, donde se casó y tuvo a su hijo mayor pero donde las cosas tampoco le resultaron sencillas. Otros poemas están ya escritos en la casa de la Pobla. El libro estaba terminado a finales de los sesenta, cuando Rosa Sender recuerda haber recibido el original, con una cubierta dibujada por Sergio, el hijo de Sol. Su relieve luminoso no esconde su fondo amargo y hace brillar su feroz ironía. Estos tres grandes elementos de su canto cierran el libro en “Ni la palabra basta” (pág. 151):

La Mitología
baja en tropel la escalera.
Van quedando limpios los desvanes.
Los inocentes abundan más que los niños.
Inocentes terribles.
Inocentes callados, y dolorosos, muertos.
Yo no soy uno de ellos.
Ser un testigo es poco valimiento.
Tener remansos es una vergüenza.
“Todo animal se busca su cobijo”.
Algo más que animal. Pero no es cueva
ni cobijo, ni choza,
ni bastaría celda.
Ni la palabra basta, nunca basta
frente al pedazo celular inerte.
Justicia y sinrazón pasan de vuelo.

«Todo el libro», comenta Ana Moix, «es una condensación y una modernización del castellano clásico del Siglo de Oro, en particular en su forma de emplear los verbos y de construir imágenes. Para mí no hay duda de que Sol Acín es una de los mejores poetas aragoneses de la segunda mitad del siglo XX, mujeres u hombres». Moix recuerda aún el impacto primero que le produjo “Cuento oriental” (pág. 47):

Recorro el parloteo de las hojas,
pestañeante lluvia en flor de harina
que me abre en perspectiva repentina
la morada real en que te alojas.
Me invitas, y me siento entre las rojas
paredes de tu estancia masculina
donde en el ajedrez de tu retina
se juega el batallar de mis congojas.
Se juega, y no descansa de azotarme
la certidumbre de saberte herido,
ya muerto en el ayer de mi mañana.
Caballero en tu alfil, vienes a darme
la vuelta al manuscrito del olvido
porque es ya despertar, hora temprana.

Hay que recuperar En ese cielo oscuro. Cuadra muy bien con su autora que su único libro sea una pieza de culto, leída con fervor por unos pocos, pero pueden ser más. La memoria de Ramón Acín y su obra poliédrica, así como la de Conchita Monrás y su suerte, están de nuevo entre nosotros con plenitud. Han sido necesarios muchos años para recuperarlos, demasiados, pero ya están aquí de nuevo. Ahora ha de retornar el tiempo de Sol Acín y su poesía. Su hermosa luz, que responde bien al astro de su nombre, el nombre que le fue dado por sus padres, ha de volver a brillar en las librerías y en las voces de la lectura. Orgullosa y reservada, discreta o frívola, según y depende, casi siempre en las nubes, humilde y herida, Sol Acín no hablaba de ella misma como poeta. Un único libro no es mucha obra, cierto, pero puede ser toda una obra. En su caso, lo es.

Les dejo con “Mi curva es tan pequeña” (pág. 79):

Por qué aún no me detienes, sombra
callada al borde de esta hora.
Mi curva es tan pequeña,
tan corto el aire que a mi paso quiebro.
Tan solo el esqueleto
que en lenta marcha se acomoda al suelo.
Sería tan sencillo
dejarme resbalar por la pendiente
del polvo de tus eras,
dejarme descansar donde los templos
de siglos acumulan
pasiones que ya fueron.
De mi prisión quisiera
sacarme, destruir la permanencia
sin nombre que bascula.
Perdí la llave, se olvidó la muerte
de colocar en mí su cerradura.

Por MERCÈ IBARZ, escritora y periodista.