Los tres ochos tendidos de Ramón Acín Aquilué

Desde la transición (1975-1978) se viene hablando mucho de rehabilitación de autores y artistas arrumbados contra la pared del olvido por la anticultura franquista, pero los más difíciles de rescatar -o de rescatar del todo- son siempre los que vivieron y crearon sin Dios ni Amo, sin padrinos, sin arrimo político ni formando parroquia o camarilla entre los que constituyen el tribunal o jurado secreto que reparte premios y valores artísticos, literarios o culturales. Éste es el caso de Ramón Acín, agravado por tratarse de un natural de ese rincón de mundo que se llama Huesca, desde donde resulta de lo más arduo irradiar afuera gloria o popularidad.

Auténtico personaje neorrenacentista, bien pocos supieron calibrar la polifacética creatividad de nuestro oscense, aplicada con resultados excelentes, cuando no brillantes, a tan variadas y confluyentes disciplinas como el dibujo, el grafismo, la pintura, la escultura, la literatura, la didáctica y la pedagogía, el coleccionismo arqueológico y etnográfico, etc. Pero toda esta multidisciplinariedad tan rica como varia, no vale nada si la ejerce un réprobo de la ley vigente, un clandestino mentor tan políticamente incorrecto que ni siquiera va a votar.

Debo aclarar que al hablar de renacimiento (nuevo o neo), me refiero única y exclusivamente al curioso fenómeno de aquella eclosión culturalista que florece en el Movimiento Libertario Español (M.L.E.) hacia 1909 y culmina en el lustro republicano (1931-1936), el más creativo, socialmente hablando, de toda la historia de España. Semejante explosión de ansias de saber, de ganas de superarse y de tan sentida necesidad de renovar y crear en todo un amplio sector juvenil, es algo inédito, y no sólo en España, sino en el mundo conocido: algo como un empeño colectivo en tender un puente hacia el Renacimiento de Servet, Arias Montano, hermanos Valdés, Miguel de Molinos, Fray Luis de León, León Hebreo, Jorque Manrique, Ramón Llull, Huarte de San Juan, Baltasar Gracián, Juan Luis Vives y el inefable e incomparable San Juan de la Cruz, entre otros muchos y grandes.

Lo que pasa es que, al generarse y prosperar este renacimiento popular entre pobres jovenzuelos, no podía dar genios y ni siquiera ingenios como el recién nombrado renacimiento de los siglos XIV-XVI. Porque lo peor fue que duró poco y no tuvo tiempo de florecer y menos fructificar. Que después del prodigioso quinquenio republicano vinieron 43 años de guerra civil, bueno, de guerra contra lo civil, o dicho más claro: contra el pueblo. Veinte años más de desarrollo tras la gestación del último renacimiento republicano y España habría podido emular a la Hélade del siglo de Pericles, como edificante hito en la historia de nuestras culturas. Sobre todo si se les hubiera dejado continuar su labor a los centenares de jóvenes maestros de escuela tan bien preparados como los que ejercían por entonces en España y que el triunfante franquismo se encargó de diezmar a fondo. La profesión con mayor número de víctimas del régimen anticulturalista de requetés, falangistas, nacionalcatólicos y opusdeísta fue, y de mucho, la de magisterio: ¡por algo sería!

Pues bien, una de estas promesas de regeneración del pueblo español por la cultura fue Ramón Acín. Tracemos un esbozo biográfico con hincapié en la figura de nuestro héroe: como carácter, cosmovisión e influjo en la sociedad en que vivió y en su posteridad que ahora vivimos.

Ramón Acín Aquilué nace en Huesca el 30 de agosto de 1888 (tres ochos tendidos=3 infinitos, a los que alude el título y retomaremos al final como colofón) y muere, ¡asesinado!, en la misma ciudad natal, el 6 de agosto de 1936, habiendo vivido, por lo tanto, 48 años menos 24 días.

Pues sí, al buenazo de Acín no se le podía ocurrir que alguien lo quisiera tan mal como para denunciarlo al sanguinario enemigo, pero los amigos le persuadieron de que, de momento, se escondiese en su propia casa y más adelante huiría toda la familia Acín a sitio más seguro que Huesca, ahora completamente en manos de los adversarios sedientos de sangre. Así que, provisionalmente se buscó un escondite en el sótano. Pero estando ya emboscado fue cuando ocurrió la tragedia. Desde su escondrijo oyó que habían llamado a la puerta y bien pronto se dio cuenta de que habían entrado unos falangistas que empezaron a maltratar a su esposa y ante la negativa de ésta a decirles donde estaba su marido, le pegaban brutalmente, hasta que no pudo aguantar más y salió a entregarse, por miedo a que la mataran por su culpa, puesto que los falangistas iban por él. Luego resultó que no sólo fusilaron a Ramón, sino también a su Concha.

Un pozo de humanidad

Felipe Alaiz, que ha escrito un sentidísimo panfleto titulado Vida y muerte de Ramón Acín (Barcelona, Ed. Tierra y Libertad, en la serie Episodios, anecdotario de la guerra y la revolución, nº 2, 1937) nos presenta a Acín como un pozo de humanidad, y en el pozo un cable con un polo de tierra que atraía los letales rayos del Poder, hasta que acabaron con él. Pero aquel fusilazo no se perdió en el aire, sino que sigue y seguirá echando chispas por toda la descendencia y posteridad de espíritu libertario, y no sólo oscense, sino universal.

En las fotos de cuarentón tiene un aire de Philippe Noiret -sin la sonrisa pícara del actor-, mezclado de una cierta expresión de Ima nol Arias con la boca cerrada y un poquitín torcida. Viene a ser para mí, no obstante, algo muchísimo más importante su aspecto de conjunto: un trasunto machadiano de aquella frase con la que don Antonio se autodefine: «un hombre bueno en el buen sentido de la palabra bueno». En aquel estado en que acusa fuertemente un síndrome de cansancio, un subproducto, a su vez, de desencanto, no sería de extrañar que en aquel entonces, estuviese a punto de trasponer la cresta de la tolerancia, de cuya verdad y necesidad en sociedad estaba más que convencido; pero una cosa es el convencimiento y otra la obediencia al mismo de un cuerpo estirado al límite. Verosímilmente, se debatía entre la opción de una violencia revolucionaria y su naturaleza moral tan profundamente arraigada que parecía genética, siempre tan respetuoso con la vida, incapaz como era de insultar ni faltarle al respeto ni a su peor enemigo. Y en este sentido de comportamiento ético, representa Acín al libertario español menos –ista que concebirse pueda. Pudo llamarse anarquista o anarcosindicalista, pero él es el que nos da la cara más simpática y humana de la intelectualidad libertaria española, aquella que no admite violaciones de ninguna índole ni comulga con ruedas de molino, por muy venerablemente barbados que sean los que las hacen rodar.

Al reverso de todo fanatismo, Acín era hombre abierto y libre, que entendía la vida como el material de una obra de arte desde el propio entusiasmo, inocencia y amor. Pues como Acín hubo muchos miles de jóvenes del M.L.E. de entonces, igualmente ilusionados en hacer de la vida una obra de arte y de la sociedad una fiesta de aventuras y nobles empresas capaces de incentivar el auge del sentido común como fermento de la opinión pública, nuestra única salvación contra los abusos del poder. Sí, hubo muchos como él que vivieron la revolución del 36 como levitados por esa ilusión, pero ¡ay! ignorantes de las necesidades mal adquiridas de la historia que implican lucha, violencia y guerra, para luego quedar eliminados. En tanto que Acín, al ser cortado de la historia tan pronto; resulta ser como el glorioso representante de esa legión aludida, esa generación a que yo llamo la de los nobles centauros, víctimas inocentes de los pragmáticos lapitas de todos los tiempos y latitudes, generalmente escudados tras algún tramposo ideal político.

De esa doble condición de arte y hombría, de ilusión y entusiasmo centáuricos, puede haberse propagado la enorme influencia de Ramón Acín en la post-revolución española del 36. Un poco como Fray Bartolomé de las Casas nos salva del baldón de nuestra conquista y colonización de las Américas, ¡tan merecedoras de la Leyenda Negra!, así Ramón Acín nos redime un tanto, por su bondad, de la fama ganada por los anarcosindicalistas de proclives al terrorismo.

Cultura, Fraternidad y Libertad

También hay que reivindicar la memoria de Ramón Acín como artista, pero no creo que, como tal, alcance a sernos tan claro modelo como su imagen de hombre sereno, indómito y tolerante. Por ejemplo, es más digno de emulación el hecho de que haya siso el autor y único firmante del manifiesto Fuendetodos, marzo 1746 – Bordeaux, abril 1828, que cualquier pintura, dibujo o escultura salida de sus manos. En este manifiesto pega el grito aquél de: «¡No lo presentan como es, sino como quieren que sea!», emprendiéndola con la mistificación que se hacía de la obra de Goya al apropiársela la Academia y los estamentos oficiales. O en otro manifiesto redactado al crear la Sociedad Nueva Bohemia, con esta profesión de fe por proclama: «Tenemos por bandera el amor a la cultura, el culto de la fraternidad y de la libertad. Y así el fracaso nunca será con nosotros. Podemos ser pocos, mas entonces tocaríamos a más amor».

Ramón Acín cree sobre todo en la educación, en la formación de la personalidad más que en el profesionalismo de «hacer carrera» y más que en la Información que puede ser mediatizada. Cree y se aplica a los métodos de la Escuela Nueva, cuya promoción impulsará con otros compañeros del joven magisterio oscense: Evaristo Viñuales, Francisco Ponzán…, con quienes se asoció para la difusión de la imprenta en la escuela, técnica del pedagogo francés Celestin Freinet, con la que los niños son capaces de investigar, estudiar y escribir e ilustrar juntos su propia revista, que intercambian con revistas de otras escuelas también confeccionadas por los alumnos. Con la imprenta en la escuela, no sólo aprenden los escolares a escribir, entre otras cosas, sino también a responsabilizarse de lo que hacen y, por trabajar en equipo, a contar con los demás, que es lo más importante que tienen que aprender y practicar los españoles.

Como artista, Ramón Acín no estuvo falto de talento e ingenio, aunque no me atrevería a calificar su arte de genial. Fue seguramente mejor maestro de dibujo que dibujante magistral, sin que por eso pueda llamársele un negado para la creación artística; al contrario, era un creador de arriba abajo, empezando desde su propia vida hasta sus ideas, pasando por sus aficiones manuales, sus hobbies y su labor en las artes plásticas. Quizá en lo que más destacó, como artista plástico, fue en la escultura. Sus estilizaciones de chapa metálica recortadas y sus famosas Pajaritas del parque, municipal de Huesca, atestiguan de sus aciertos en el arte escultórico, un arte más que simple y sencillo humilde, como lo califica Antonio Saura. No me resisto al impulso de transcribir aquí unas líneas de este gran pintor, también oscense, a propósito de esas Pajaritas:

«En realidad, he conocido a Ramón Acín por amor a una escultura. Esta escultura se convirtió en fetiche infantil, símbolo del perdido jardín de las delicias; icono fijado para siempre en la fervorosa nostalgia, resumidor, incluso, del sensual vuelco de la mirada. Desde mi infancia, este monumento ha permanecido en la memoria como un símbolo de mi ciudad natal, como un espacio feliz y central cuyo recuerdo se impregnó más tarde, en el conocimiento de la historia, de un contenido trágico.» [Antonio Saura, “Las pajaritas de Ramón Acín”, pag. 63, en Ramón Acín 1888-1936, Manuel García Guatas (dir.), Huesca-Zaragoza, Diputaciones Provinciales, 1988]

En el magnífico libro aquí en nota citado, tan espléndidamente ilustrado, se puede seguir a la perfección evolución del Acín artista en todas las facetas. Se ha dividido al efecto, el libro, en cuatro partes: dibujo, obra impresa (grafismo), pintura y escultura. Como decíamos, la obra artística de Ramón Acín no es la de un gran innovador (como un Rembrandt, un Goya, un Cézanne o un Picasso), sino la de un autodidacta que, además de haberse formado como artista a conciencia, tiene un innato buen gusto y una intuición certera del volumen en el espacio, que le han servido eminentemente para atinar la función espacialmente expresiva de sus escasas grandes esculturas. Como en sus dibujos y pinturas, la escultura de Ramón Acín ha pasado del realismo clásico de acusados contornos a la simplificación de línea escueta, dinámica y elegante, pasando por el art déco, el deformismo, el neocubismo y el expresionismo. Bien se sirvió Ramón Acín de sus viajes, gracias a los cuales pudo gozar y enriquecer su dedicación a las artes plásticas, primero con las inacabables enseñanzas de El Prado (cuando acabó exponiendo en la capital), o con la belleza imponderable de Granada (adonde fue becado por la Diputación Provincial de Huesca y de la que trajo su magistral cuadro Granada 1913), sin olvidar, en fin, las vanguardias artísticas de París y Barcelona, ciudades que visitó, bien huyendo de la persecución política en su tierra o como participante en congresos de organizaciones revolucionarias. Por cierto, que, para verle como personaje influyente en la prerrevolución española, hay que leer, en este mismo libro, las colaboraciones de la hija Sol Acín, poeta y como tal cultivadora de una poesía honda y casi quietista, de Félix Carrasquer, mi hermano mayor, también ya fallecido, que conoció a Ramón y se hicieron amigos por afinidad en ideas y en amor a la educación libre e innovadora del movimiento pedagógico de la Escuela Nueva, así como las colaboraciones del historiador Carlos Forcadell y muy en especial la contribución del profesor Manuel García Guatas, por su sabia crítica del arte de Acín y, en fin, de todos los demás que tratan a Ramón Acín bajo los diversos puntos de vista de hombre cívico y socialmente comprometido.

Articulista libertario

Y ya llegados a este campo, hemos de referirnos al Acín escritor, a su labor periodística en defensa de sus ideas libertarias, actividad que es de esperar haya sido la primera y principal en cuanto la más susceptible de ejercer alguna influencia en la opinión pública con miras a la revolución que se veía venir de 1936, pero que él no vio ni apuntar; tan sólo de oídas le llegó la buena nueva de aquella gesta que, prometiendo devenir el movimiento más radical y profundamente renovador de la historia entera de la humanidad, resultó ser epopeya tan efímera.

Asiduo colaborador del Diario de Huesca, cofundador de la revista Talión, no sólo publicó mayormente en las publicaciones libertarias de Huesca y de Aragón, sino también se hizo leer en otras publicaciones no aragonesas siendo la principal de todas, por su asidua presencia y popular acogida, la “columna” que escribía para la SOLI (Solidaridad Obrera) de Barcelona bajo el tan recordado título “Florecicas”, de las que aquí pongo una muestra:

«Ellos dirán que son fuertes porque ellos tienen un bastón con borlas y un báculo y una espada, mas podemos decirles que nosotros somos más fuertes, porque frente al bastón del gobernador y al báculo de un obispo y la espada de un general, hemos levantado una Escuela libre y nueva y laica, y contra ella se tornarán en cañas la espada del general, el báculo del obispo y el bastón borlado del gobernador.» [Ramón Acín, “Florecicas”, Solidaridad Obrera, Barcelona, 20 de abril de 1923]

Cada “florecica” era un tema de su predilección que exponía con gracejo no necesariamente aragonés, sino generalmente envuelto en metáforas, antítesis, paráfrasis, parábolas y fábulas directamente encaminadas a dar una lección de justicia, verdad, libertad o belleza. En la transcrita hay un eco indudable del libertarismo más o menos fabiano de Tolstoi, porque se empezaba a interesar por la educación integral. Pero en muchas de ellas se rastrea una esencia de filosofía spinoziana, la misma que conduce a la beatitudo panteísta que a estas alturas ya podemos llamar laica. Y no es contradicción, porque en esta beatitud no interviene iglesia alguna ni ninguna fe o credo; es ser beato por la razón más vinculada a la libertad que existe, es la beatitud de la utópica acracia (o democracia integral, da lo mismo).

Pero ya que en el precioso libro dedicado a Acín, antes repetidamente aquí celebrado, se han olvidado de Felipe Alaiz, de quien ya hemos citado su libro Vida y muerte de Ramón Acín; vamos a transcribir algunos fragmentos suyos, entre los muchos, y muy buenos, que le dedicó su amigo de infancia de la ribera del Cinca.

«La delicadeza de Acín quedará como el rasgo más típico de su temperamento. Era una delicadeza contenida en el momento preciso para no almibararse.»
«Sus escritos tienen una selección suscitadora y elegida, sus “florecicas” que todos recuerdan haber leído en la prensa obrera, son trozos de antología. Tenía Ramón el secreto de la frase única en el escrito corto y nervioso, donde el ingenio no se retuerce nunca para hacer cosquillas, sino que fluye naturalmente como un manantial.»
«Lo popular tenía su preferencia. Como para Goya, que decía: “¡Salud y campicos!”. Como para Gracián, que masculinizaba la risa, igual que hace el pueblo al decir “riso”. Lo mismo que Costa se formó Acín estudiando las instituciones populares; el habla popular y la costumbre más que el contrato».
«Aquella delicadeza despierta de Acín estaba en su lápiz y en sus pinceles. Tenían sus pequeños cuadros una vida y una mañosa manera de quedar viviendo que no puede achacarse a méritos de escuela ni a imitación de modelos ni al conocimiento que tenía el artista del mejor impresionismo que privó -los veinte primeros años del siglo- desde el Sena al Danubio. En las aldeas he visto yo una delicadeza parecida al ir a merendar con unos cuantos labradores y las compañeras de éstos. En la conversación general, aun abordando temas picarescos, nunca se pasaba la frontera de la grosería.»
«El arte de Acín era personal. No tenía estilo comercial. Tal vez no tenía sus días, sino más bien sus horas. Hay pintores que trabajan para el cliente, para el modelo, para el crítico, para el marchante o para el corredor de cuadros. Acín trabajaba para recrearse (crearse otra vez) y tenía un “primer tiempo” en su producción que la hacía intocable…»

Optimismo intransigente

Acín sobrepasaba a los surrealistas en cuadros de humor, como aquel Tren inolvidable que expuso en Barcelona el año 1929 en la desaparecida Sala Dalmau. Viendo las estampas de Barradas de la última época, nos acordábamos de Acín. Y lo mismo viendo cartones de Goya. Sin embargo, Acín era distinto de todos y distinto un día de lo que era él mismo horas antes.

No era muy amigo de trabajar con las llamadas materias nobles, por el motivo -decía él de que «no se pueden tutear». Así que, en vez de trabajar el oro, la plata el marfil, etc., sus objetos de arte escultórico estaban hechos con material barato. Con metal nada caro hizo, por ejemplo, su Agarrotado, figura que puede parangonarse con lo más profundamente expresivo salido de manos humanas. Tiene un valor de síntesis y unas dimensiones trágicas que encrespan y sofocan a la vez. Como su Cristo que, según el autor, tiene un gesto de banderillero con los brazos abiertos para prender los rehiletes en carne de toro. Y tiene Acín unas viñetas de tauromaquia crítica con su moraleja favorable al buey arador, que son un prodigio. Las publicó en una revista zaragozana titulada Claridad, una revista que él y yo planeamos en 1921 y no tuvimos ocasión de continuarla, muriendo la revista apenas nacida. (Nobles propósitos que unirían mi nombre al de Acín con un imperdible de afinidad y afecto si hiciera falta la prueba cordial de aquellos sentimientos)

Sano como el cierzo de Aragón, animoso y afectivo como pocos y como pocos digno y ferviente sin manotadas fue Acín. Era un valor aragonés no cuadriculado en el regionalismo ni en ningún –ismo exclusivista. Supo mirar cara a cara la vida. Y heroicamente, supo también mirar cara a cara la muerte.

Murió de pie, como el legendario Enjolras. Su vida fue corta, pero llena. Los que fuimos sus amigos hemos de pensar en él y recoger su lección de gran maestro. ¡Seamos siempre dignos de él!

Sí que vale la pena repetirlo: lo verdaderamente trascendente de Acín es su vida. Sus 48 años enseñándonos a todos con su sabia inocencia, su generosa sencillez y su «optimismo intransigente» (¡retengamos esta feliz definición alaiziana de Ramón Acín, que es seguramente lo más digno de emulación por parte de los españoles, quienes tan pronto se pasan a la transigencia por vía del pesimismo!).

En resumidas cuentas, concluyo convencido de que en esto fue espejo Acín: en avisarnos de que sólo puede salvarse la humanidad por la cultura y que sólo puede ser plenamente feliz por el amor.

Ramón Acín Aquilué, mártir sin santoral, santo sin altares, pero sobre todo beato en el buen sentido que le da a este término Baruch Spinoza, el filósofo de los filósofos, hijo de Ámsterdam por casualidad, pero nieto de Castilla, con raigambre cultural y espiritual profundamente española.

Nació Acín en un año fausto de tres ochos, que, tendidos, son tres infinitos trascendiendo a nuestro Ramón oscense: un infinito de bondad, un segundo infinito de conciencia y un tercer finito de amor. ¡Que estos tres infinitos fertilicen con sus lluvias proliferantes los siglos venideros hasta hacer que los abracen todos los hombres y mujeres!.

Por Francisco Carrasquer, escritor