Alfonso VIII, Cruzada y Cristiandad

Francisco de Paula van Halen y Gil: Batalla de las Navas de Tolosa o de Alacab, ganada contra los moros, en las inmediaciones de Sierra Morena, por don Alfonso VIII de Castilla, ayudado por los reyes de Aragón y Navarra, el día 16 de julio de 1212. 1864. Óleo sobre lienzo, 200 x 282 cm. Madrid. Museo del Prado.
Por Carlos de Ayala Martínez, Universidad Autónoma de Madrid.

Resumen:

La cruzada fue el cauce más directo para la integración de la Península Ibérica en el conjunto de la Cristiandad. Este hecho se pone especialmente de relieve cuando nos acercamos al reinado de Alfonso VIII de Castilla. El monarca, que casó con la hija del rey de Inglaterra, comprometió el matrimonio de su primogénita con el heredero del emperador alemán y casó a otra de sus hijas con el futuro rey de Francia, representa esa plena integración cuyo seguimiento es posible a través de diversos indicadores -políticos, ideológicos, culturales…-, que, en todo caso, refuerzan la imagen propagandística de un rey al servicio de la defensa de la Cristiandad.

Presentación:

Hace ahora casi setenta años que Ramón Menéndez Pidal designaba con la expresión la ‘España de los Cinco Reinos’ la articulación de la realidad peninsular cristiana en la segunda mitad del siglo XII y comienzos del XIII tras la desaparición, por tanto, del Imperio hispánico de Alfonso VII. Probablemente hoy no nos resulte satisfactorio seguir utilizándola, pero lo cierto es que este período de nuestra historia presenta una caracterización particular que se traduce en planos muy diversos. Es, en cualquier caso, un momento expansivo tanto desde el punto de vista económico como institucional, y esta circunstancia no es ajena a ninguno de las cinco reinos en que, políticamente, se organiza la cristiandad peninsular. Es también el tiempo en que surge en cada uno de ellos una cierta conciencia de identidad que acaba plasmándose en procesos de territorialización más coherentes. Y todo ello bajo la cobertura de una intensificación de la vida cultural capaz de posibilitar dinámicas intelectuales y artísticas extraordinariamente creativas.

Cabe también caracterizar este período, y en ello vamos a centrar nuestra atención, como aquel en el que, de manera definitiva, la realidad peninsular cristiana toma carta de naturaleza en el contexto de la Cristiandad a la que pertenece. Desde luego nunca antes de Alfonso VIII, un rey peninsular había contraído matrimonio con la hija del poderoso rey de Inglaterra, ni había podido comprometer a su primogénita nada más y nada menos que con un hijo del emperador de Alemania, y poco después entregar en matrimonio a una segunda hija al heredero del rey de Francia.

¿Por qué este salto cualitativo en la integración de la realidad hispánica en el conjunto de la Cristiandad? ¿Por qué los papas comienzan a partir de este momento y por vez primera a dirigirse con regularidad a sus reyes reconociendo la importancia de su contribución a la defensa de los intereses del conjunto de la Iglesia? Para contestar estas preguntas es preciso dirigir una mirada al otro lado del Mediterráneo. Es necesario contemplar la realidad de la cruzada que, no lo olvidemos, es desde sus orígenes la seña de identidad del Occidente cristiano: la marca utilizada para exportar los valores de una Cristiandad consciente de sí misma y de sus posibilidades de expansión.

En cierto modo esta es la clave de la cuestión. Cuando Alfonso VIII comienza su larguísimo reinado esa seña de identidad se halla en crisis. Nada fue igual en la Tierra Santa cristiana desde la caída de Edesa en 1144, y más desde el estrepitoso y contraproducente fracaso de la llamada ‘segunda cruzada’ que, al menos en teoría, se había puesto en marcha para remediar el caos producido en el oriente franco por aquella caída. El resultado indirecto de todo un conjunto de desatinos políticos y militares por parte de las autoridades cristianas, fue la creación de la primera gran formación islámica en Levante capaz de medirse en pie de igualdad, por no decir superioridad, con los ocupantes cristianos: el régimen zengí de Nür al-Dín, que unificó toda Siria en 1154. Por vez primera la propaganda del ‘santo rey’ no disimulaba el objetivo irrenunciable del islam: la recuperación de Jerusalén y la expulsión de los cristianos de al-Sahil, la tierra santa palestina. Muy poco después vino la definitiva incorporación en 1171 del descompuesto Egipto fatimí al proyecto expansivo de Nür al-Dín, y apenas tres años después, y tras la muerte del caudillo zengí, la aparición en escena, en 1174, de quien materializaría una buena parte de aquel objetivo, Saladino.

Este preocupante panorama coincide con una seria crisis institucional en la Iglesia. La cruzada era seña identitaria para la Cristiandad pero es que era, además, una criatura pontificia. Por tanto su salud era, en cierto modo, expresión de la de la propia Iglesia, y ésta vivió entre 1159 y 1177 sumida en un grave cisma que era expresión de la incompatibilidad de dos modelos eclesiológicos excluyentes: por un lado, el defendido por los partidarios del ‘reformismo gregoriano’ que, en este momento representado por el cardenal y gran canonista Ronaldo Bandinelli, papa Alejandro III, apostaban por una Iglesia no sólo libre de injerencias seculares sino situada muy por encima de cualquier expresión de poder humano; y por otro lado, el defendido por los partidarios de una Iglesia que, tutelada por el poder imperial, aspiraba a extraer los réditos que podía generar una activa colaboración con el poder político, y que en este caso representaba el cardenal Octaviano Monticelli, papa Víctor IV. La doble y discordante elección dividió a la Cristiandad, y la tensión, pese a la sensible deriva favorable a Alejandro III, se mantuvo durante algunos años, los suficientes como para que ambos candidatos buscaran o intentaran consolidar sus posiciones mediante el mayor número posible de apoyos. Una de las fórmulas genuinamente pontificias empleadas por Alejandro III y situada fuera del alcance de su oponente mediatizado por la política imperial, fue la de la cruzada, la única que, por otra parte, podía devolverle el liderazgo sobre la Cristiandad. Y es en este punto en el que su interés se orienta a la Península Ibérica, allí donde un escenario de permanente guerra santa se abría para su interesada utilización por parte del papa y también de los propios reyes hispánicos.

Pues bien, este es el clima amenazador, enrarecido y crítico en que vive sumido el Occidente europeo cuando Alfonso VIII comienza su reinado en 1158, cuando alcanza su teórica mayoría de edad a los catorce años en 1169 y también, y sobre todo, cuando inicia su auténtica apuesta política personal con la conquista de Cuenca en 1177. Este es también el momento en el que el pontificado pone sus ojos con renovadas esperanzas en la Península Ibérica y en un monarca, el joven Alfonso VIII, que, de algún modo, parecía liderar ya el conjunto de los reinos hispánicos.

En las próximas páginas vamos a intentar profundizar en algunos de los temas esenciales que explican y también ponen de manifiesto esta ‘incorporación’ del reino de Castilla y, con él, de toda la Península, al escenario global de la Cristiandad, temas inevitablemente relacionados con el fenómeno de la cruzada, sin duda el referente ideológico, político y emocional más intensamente vivido por el Occidente cristiano en general, y por la Península Ibérica en particular, en esta interesantísima encrucijada histórica. Pero, eso sí, entendemos aquí la cruzada en sentido amplio, más bien como el trasfondo motivador de no pocas circunstancias y procesos renovadores que ayudan a definir frente al ‘otro’ musulmán la esencia de una Cristiandad a la que decididamente se incorpora la Península Ibérica en este momento.

Esas circunstancias y procesos son de naturaleza muy diversa, pero todos ellos expresan en términos peninsulares la realidad de la Cristiandad pujante y renovada de finales del siglo XII y principios del XIII. Veamos brevemente algunos de ellos.

Índice:

  1. Cisma, Cruzada y políticas matrimoniales.
  2. Liderazgo cristiano y nuevos procesos de legitimación.
  3. La consolidación de la espiritualidad militar.
  4. Conciencia popular y expresión literaria: trovadores, poetas y leyendas.
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