II. Contexto y política internacional del reinado de Carlos III

1. Las relaciones internacionales en la Europa de la primera mitad del siglo XVIII.

Por Carmen Sanz Ayán. Universidad Complutense de Madrid y Real Academia de la Historia.

En el siglo XVIII, igual que desde que finalizó la Guerra de los Treinta Años (1648), el concepto de «equilibrio de poder» 1 entre estados, —formulado en origen por Francesco Guicciardini (1483-1540) 2—, se había extendido por la Europa central y occidental como un principio general deseable. Las justificaciones teóricas para defender la existencia de tal equilibrio fueron muy frecuentes desde los siglos XVI y XVII, a pesar de no estar inmersos, todavía, en un sistema político estatal. Pensadores influidos por la corriente neotacitista 3 como sir Francis Bacon (1561-1626) 4 o Diego Saavedra Fajardo 1584-1648) 5, proponían que los príncipes ejercieran la debida vigilancia sobre sus vecinos para que éstos no llegaran a constituir un peligro sobre los dominios territoriales considerados propios de cada uno.

  1. Citado por MORGHENTAU, Hans Joachim. Política entre las Naciones. La lucha por el poder y la Paz. [1ª edición: Buenos Aires, 1963]. [Reedición]: México, D.F.: GEL, 2000, p. 231. Muy seguido con posterioridad por LITTLE, Richard. The balance of power in international relations: Metaphors, myths and models. Cambrigde: Cambridge University Press, 2007, p. 97 y por GIGLI ONI, Guido, et alii. (editors). Francis Bacon on Motion and Power. Cham-Zurich: Springer International Publishing, 2016. p. 239.
  2. Concepto manejado por el autor en su Storia d’ Italia (1537-1540) al hilo de la descripción de las llamadas “Guerras civiles italianas” durante el Renacimiento. Vid. GUI CCIARDINI, Francesco. Storia d’Italia. Editors Giovanni ROSINI; Carlo BOTTA. Paris: Presso Baudry, 1832.
  3. MARAVALL , José Antonio. “La corriente doctrinal del tacitismo político en España”, en Estudios de Historia del Pensamiento, El Siglo del Barroco. Madrid: Ediciones de Cultura Hispánica, 1984, p. 77.
  4. TUCK, Richard. Philosophy and government 1572-1651. Cambrigde: Cambridge University Press, 1993,
    pp. 95-96.
  5. MARTÍNEZ-AGULL O, Luis. “Saavedra Fajardo y Europa”. Revista de estudios políticos (Madrid). 161 (1968), pp. 97-108.

Tras finalizar la Guerra de Sucesión Española (1713-1714) el deseado equilibrio continental parecía logrado ya que ninguno de los contendientes se hallaba en condiciones de establecer su hegemonía, —como por ejemplo lo había hecho Luis XIV de Francia en la segunda mitad del Seiscientos— pero esta realidad introdujo en la política internacional del siglo XVIII un elemento de complejidad que anteriormente no existía 6. La rápida emergencia de grandes y nuevas fuerzas políticas en el Este y centro de Europa, en particular Rusia y Prusia, provocaron el traslado del centro de gravedad de la diplomacia europea hacia esa región y complicaron, aún más, las posibles variables del teórico equilibrio restablecido después de la firma de los Tratados de Utrech 7. Sin embargo, la plena significación de esta mutación en el terreno de las relaciones internacionales pasó inadvertida hasta, al menos, la década de 1740 e incluso entonces, la inercia conceptual respecto a la naturaleza de las relaciones internacionales que se desarrollaban en esos momentos fueron suficientes para mantener encauzados los discursos de los observadores y de los agentes políticos dentro de los viejos canales de la rivalidad Habsburgo-Borbón. Esos análisis, cada vez más complejos y numerosos durante el siglo XVIII, seguían partiendo de una concepción barroca del poder político y bajo ese influjo defendían que las potencias europeas se hallaban en una especie de estado de naturaleza en el que cada una de ellas estaba empeñada en mantener una lucha incesante por aumentar su influencia a expensas de sus vecinas. También el peso adquirido por los llamados «equilibrios inferiores» —los de los pequeños estados— jugaron un papel cada vez más importante en la búsqueda de un equilibrio general de todo el continente.

Sobre estas coordenadas, las relaciones internacionales de la primera mitad del siglo XVIII estuvieron directamente influidas por el desarrollo de tres conflictos bélicos principales: la Guerra de Sucesión Española (1700-1714), la Guerra de Sucesión Polaca (1733-1738) y la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-1748). Las tres confrontaciones, con límites muy precisos en el espacio y en el tiempo, provocaron enfrentamientos en los que los asuntos religiosos o incluso «nacionales» del siglo anterior quedaron relegados a un segundo plano mientras los choques de naturaleza dinástica o de redistribución territorial se convirtieron en los auténticos protagonistas. España participó directa o indirectamente en las tres guerras, aunque entró en ellas desde una posición mucho menos hegemónica que la que había sostenido en los dos siglos anteriores.

Durante el reinado de Felipe V, iniciado en 1700, la prioridad a partir de 1702 fue el conflicto sucesorio frente al pretendiente austracista, el archiduque Carlos de Austria. Al convertirse éste en emperador tras la muerte de su hermano José I, en 1711, el juego de alianzas entre los contendientes de aquel primer conflicto de naturaleza global se desestabilizó. La Guerra de Sucesión Española había enfrentado como principales adversarios, por un lado a los Borbones de Francia y España, y por otro a Austria, Holanda y Gran Bretaña; pero desde 1711 ésta última y Francia, acuciadas ambas por los altos costes de la guerra y preocupadas porque Carlos VI podía reconstruir los dominios territoriales del emperador Carlos V si finalmente se hacía con la Corona española, aceleraron unas conversaciones de paz bilaterales que situaron a las Provincias Unidas 8 y a Felipe V en una posición marginal en la que muchos asuntos quedaron decididos antes de que los diplomáticos holandeses o españoles se sentaran en la mesa de negociación. Las consecuencias de los tratados de Utrech-Rastadt (1713-1714) que pusieron fin al conflicto, acabaron con la presencia hispana en los Países Bajos del Sur y en el reino de Nápoles y con las pérdidas territoriales de Menorca y Gibraltar que quedaron a partir de entonces en manos británicas. Obligaron también a España, en materia comercial, a poner bajo control inglés durante treinta años el llamado asiento de negros 9, es decir, a otorgarles el monopolio de la introducción de esclavos de origen africano en la América Hispana y como complemento para ejercer esta labor, se cedió además a los británicos un territorio en el Río de la Plata que serviría de depósito y de almacén para su humana mercancía. También se les concedió el denominado navío de permiso que resultó ser la coartada legal perfecta para practicar el contrabando en América en los años posteriores. A cambio Felipe V fue reconocido rey de España y las Indias por todos los contendientes menos por Austria, que no lo hizo hasta 1725.

  1. RODRÍGUEZ MIRABAL, Adelina. Estado reformista y el concierto de Utrecht, 1713-1746. Bogotá: Universidad Central de Venezuela, Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, 2005.
  2. En nombre de la Paz. La Guerra de Sucesión Española y los Tratados de Madrid, Utrech, Rastatt y Baden (1713-1715). [Catálogo de exposición]. Madrid: Fundación Carlos de Amberes, 2013.
  3. CRESPO SOLANA, Ana; Wim KLOSTER. “La República Holandesa y su posición en el contexto colonial
    americano después de 1713”. Anuario de Estudios Americanos (Sevilla). 72/1 (2015), pp. 125-148.
  4. SANZ AYÁN, Carmen. “Causas y consecuencias económicas de la Guerra de Sucesión española”. Boletín de la Real Academia de la Historia (Madrid). 210/2 (2013), pp. 187-226.

La nueva realidad política establecida tras Utrech colocó a Gran Bretaña en una posición muy ventajosa que ponía las bases de su preponderancia marítima; una situación que obligó a reorientar los intereses geopolíticos hispanos hacia dos ámbitos geográficos de preferencia: el Mediterráneo y las Indias 10. Ambos constituyeron los escenarios naturales de la política exterior española durante el siglo XVIII en el primero caso, para intentar ganar parte de la presencia perdida y en el segundo, para defender la propia integridad territorial y el dominio nominal ejercido todavía en los mares circundantes.

Respecto a la primera cuestión, el llamado irredentismo mediterráneo dirigido por el parmesano Giulio Alberoni 11, generó por parte de España una estrategia confusa y falta de coherencia encaminada a obtener algunos territorios en Italia y a recuperar Gibraltar. En 1717, con el primer representante de la Dinastía Hannover, Jorge I, instalado en el trono inglés desde 1714, se creó una liga antiespañola integrada por Gran Bretaña, Francia y las Provincias Unidas de los Países Bajos a la que se sumó en 1718 el emperador austriaco, Carlos VI. La llamada Guerra de la Cuádruple Alianza (1717-1720) termino mal para España pues ni Sicilia ni Cerdeña, fugazmente ocupadas por las tropas hispanas, terminaron bajo el control de Felipe V. La diplomacia española trató de reorientarse tras este revés y buscó un acercamiento con Austria, que todavía no había firmado la paz con España tras el fin de la Guerra de Sucesión. El acercamiento desembocó en el Tratado de Viena (1725) que suponía la cesión de privilegios comerciales al Sacro Imperio Romano Germánico pero aportaba pocos beneficios tangibles para España. Aunque el acuerdo fue adornado por su artífice, el barón de Ripperdá (1680-1737), con una extraordinaria campaña de auto-promoción en la que se anunciaban sustanciosos beneficios territoriales y dinásticos para Felipe V derivados de su firma 12, en realidad pronto pudo comprobarse que todo eran vanas promesas faltas de solidez. Lo que sí logró la firma del Tratado de Viena fue soliviantar a Inglaterra y Francia que a su vez promovieron la firma del Tratado de Hannover en el propio año 1725. Para entonces sir Robert Walpole (1676-1745) se había convertido en el principal artífice de la política nacional e internacional británica mientras en la Francia de Luis XV (1710-1774), la responsabilidad política estuvo hasta 1723 en manos del tío del rey, Felipe II de Orleans (1674-1723) y tras su muerte en las del cardenal de Fleury (1653-1743).

En ese contexto de enfrentamiento con Gran Bretaña y con Francia Felipe V decidió en 1727 sitiar Gibraltar 13. El fracaso del asedio y la firma del Convenio del Pardo al año siguiente (1728) que significaba volver a los términos de Utrech, demostraron que la revisión de los contenidos del tratado no era posible si ese objetivo se acometía desde una política de solitarios enfrentamientos militares y de alianzas diplomáticas débiles.

El nombramiento, por parte de Felipe V de José Patino (1670-1736) 14 como secretario de Marina e Indias y más tarde también de Hacienda y Guerra, logró reorientar las demandas hispanas en los foros diplomáticos internacionales hasta hacer ver al resto de potencias que la obtención de ciertas compensaciones para la Monarquía Española resultaba vital si se quería conseguir el ansiado equilibrio europeo. Bajo estas nuevas premisas se firmó en 1729 el Tratado de Sevilla que afianzaba los lazos de España con Francia e Inglaterra y cancelaba las ventajas comerciales cedidas a Austria en el Tratado de Viena. También en ese documento se confirmó la sucesión del infante Don Carlos, el hijo mayor de Felipe V y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio, a los ducados de Toscana, Parma y Piacenza. Ese documento sirvió para que en 1731 el infante Don Carlos tomara posesión de aquellos estados italianos. Pero a pesar de estos acuerdos, la desconfianza entre Gran Bretaña, España y Francia presidía sus relaciones. Particularmente la primera 15 mostraba su inquietud ante el intenso programa de reconstrucción naval puesto en marcha por Patiño que dio resultados en el propio año 1731 con la reconquista de Orán lo que mejoraba la posición española en el Mediterráneo.

  1. Sobre estos aspectos confróntese el análisis realizado por JOVER ZAMORA, José María. Política Mediterránea y política Atlántica en la España de Feijoo. Oviedo: Universidad de Oviedo, 1956.
  2. BARRIO GOZALO, Maximiliano. “El Cardenal Alberoni y España. Política religiosa y carrera eclesiástica”. Hispania Sacra (Madrid). 63/127 (2011), pp. 205-234.
  3. LEÓN SANZ, Mª. Virginia. “Acuerdos de la Paz de Viena de 1725 sobre los exiliados de la Guerra de Sucesión”. Pedralbes: revista d’ història moderna (Barcelona). 12 (1992), pp. 293-312.
  4. GÓMEZ MOLL EDA, Dolores. Gibraltar: una contienda diplomática en el reinado de Felipe V. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1953.
  5. BÉTHENCOURT MASSIEU, Antonio. Patiño en la política internacional de Felipe V. Valladolid: Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, Escuela de Historia Moderna del Consejo Superior de
    Investigaciones Científicas, 1954.
  6. KAMEN, Henry. “Las ambiciones británicas en el Mediterráneo en el reinado de Felipe V”. Memòries de la Reial Acadèmia Mallorquina d’ Estudis Genealògics, Heràldics i Històrics (Mallorca). 12 (2002), pp. 29-36.

La siguiente prueba de fuego para el precario equilibrio internacional europeo fue el estallido de la Guerra de Sucesión Polaca. Iniciada en 1733, sirvió para determinar posiciones en el continente bajo la atenta mirada de Gran Bretaña. España participó bajo el paraguas diplomático del Primer Pacto de Familia, conocido también como el Tratado del Escorial, que, a pesar de su nombre, no era más que una alianza con Francia deseada por ambas partes, para defenderse de las ambiciones británicas en América y para consolidar, todavía más, la presencia en Italia de los hijos de Felipe V e Isabel de Farnesio.

La guerra enfrentó por un lado a los partidarios de Federico Augusto II, elector de Sajonia, quien reinaría en Polonia con el nombre de Augusto III (1696-1763) y por otro a los partidarios de Estanislao Leszczynski, suegro de Luis XV, que a su vez había ya reinado (y reinaría de nuevo) en Polonia como Estanislao I (1677-1766) 16. Augusto III recibió el apoyo del Imperio ruso y del Sacro Imperio Romano Germánico (Austria) mientras que Estanislao I fue respaldado por Francia, España, Baviera, el ducado de Saboya y el reino de Cerdeña. Una vez iniciado el conflicto, todos los esfuerzos de Felipe V estuvieron encaminados a la conquista de Nápoles y Sicilia (1734) en poder del Emperador desde los tratados de Utrech. El objetivo se logró con rapidez gracias a la eficaz labor de las tropas españolas y a la colaboración de la población que las recibió como libertadoras. Muy pronto Francia y Austria firmaron unos preliminares de paz (octubre de 1735) que fueron ratificados en noviembre de 1738 y que situaban a Estanislao I en el trono polaco. Francia no cumplió lo acordado en el Pacto de Familia respecto a no firmar la paz por separado y Felipe V sólo pudo adherirse a ella en abril de 1739. El documento reconocía a Carlos de Borbón como rey de Nápoles, Sicilia y los puertos de Toscana, aunque tuvo que renunciar a los ducados de Parma y Piacenza que se le habían cedido anteriormente.

Sólo seis meses después de la firma de este acuerdo Gran Bretaña declaró la guerra a España (23 de octubre de 1739). Un conflicto que los británicos denomina_ ron la Guerra de la oreja de Jenkins (1739-1748) 17 ya que el pretexto esgrimido por los ingleses para iniciar la contienda fue el apresamiento en 1731 del navío inglés Rebecca que, dedicado a practicar el contrabando, fue interceptado frente a las costas de Florida por el guardacostas español La Isabela. El capitán del barco inglés, Robert Jenkins, perdió su oreja a manos del capitán del barco español de un modo que se consideró afrentoso y por esta razón Jenkins compareció ante la Cámara de los Comunes, siete años después del episodio, en 1738, en apoyo de una campaña política orquestada para iniciar la guerra contra España y de paso para desestabilizar la posición del primer ministro Walpole. Éste, presionado por la situación, declaró la guerra a Felipe V en octubre de 1739.

La causa profunda de aquella declaración fue, en realidad, el próximo fin del privilegio sobre el asiento de negros y el temor británico a que la marina española recuperara posiciones en zonas donde ejercía intensamente el contrabando. La evolución de la contienda, también llamada Guerra del Asiento demostró el éxito de la política naval aplicada por Patiño. Se desarrolló en el área del Caribe con episodios épicos como el rechazo por parte de Blas de Lezo (1689-1741) 18, de los tres ataques infligidos por el almirante Edward Vernon a Cartagena de Indias entre 1740 y 1741. También hubo ganancias simbólicas para los ingleses como el apresamiento de Portobello, en la actual Panamá que más tarde daría nombre a una de las calles más pintorescas de Londres convirtiendo a Vernon en un celebrado héroe nacional. La guerra terminó finalmente con la derrota inglesa y el retorno a la situación previa pero desde 1742, el – conflicto anglo-español se trasformó además en un capítulo de la Guerra de Sucesión Austriaca (1740-1748) 19 que suponía el tercer episodio internacional que comprometía el equilibrio europeo durante la primera mitad de la década.

  1. SUTTON, John L. The king’s honor and the king’s cardinal: the war of the Polish succession. Lexington: University Press of Kentucky, 2015, pp. 1-9.
  2. LARRUA GUEDES, Salvador. La batalla de “Bloody Marsh”: una victoria de la Florida española durante la “Guerra de la oreja de Jenkins. Camino Real (Alcalá de Henares, Madrid). 2/3 (2010), pp. 89-105.
  3. QUINTERO SARAVIA, Gonzalo Mª. Don Blas de Lezo: Biografía de un marino español. Madrid: EDAF, 2016.
  4. BROWNING, Reed. The War of the Austrian Succession. New York: St. Martin’s Press, 1995 y ANDERSON, Matthew Smith. The War of Austrian Succession 1740-1748. Routledge: New York, 2014.

En 1740, tras la muerte de Carlos VI, su hija María Teresa le sucedió como archiduquesa de Austria, reina de Hungría, Croacia y Bohemia, y duquesa de Parma. Este hecho fue posible gracias a que el emperador promulgó en 1713 la Pragmática Sanción que permitía a las mujeres de la rama Habsburgo heredar los dominios en ausencia de varón, sin que la Ley Sálica, vigente en aquellos territorios, lo impidiera. Es cierto que María Teresa era la heredera pero su juventud —ascendió al trono con veintitrés años— y sus escasos recursos militares y financieros, le hacían parecer una presa fácil dispuesta a satisfacer las ambiciones territoriales de muchos de sus vecinos. Aunque Carlos VI consiguió antes de morir que la mayoría de los estados que conformaban el Sacro Imperio aceptaran la Pragmática, tras su fallecimiento Federico II de Prusia (1712-1786) no la respetó e invadió Silesia en diciembre de 1740 mientras reclamaba la soberanía prusiana sobre ese territorio merced al antiguo Tratado de Brieg de 1537 que estipulaba que los Hohenzollern de Brandeburgo serían los herederos de Silesia si la rama primigenia por línea de varón desaparecía.

Brandeburgo-Prusia era un electorado cuyo titular logró la categoría de rey al finalizar la Guerra de Sucesión Española 20. Todas las tierras de Brandeburgo formaban parte del Sacro Imperio Romano Germánico y puesto que sólo había un Rey de los Germanos dentro del Imperio, que era el emperador, no era posible que hubiera otro más. Pero el emperador Leopoldo I (1665-1705), padre de Carlos VI, a cambio de que los Hohenzollern entraran en la coalición contra Francia en la Guerra de Sucesión Española, acepto que el único territorio que no pertenecía a los confines imperiales y que estaba bajo el control del que sería después Federico I de Prusia (1657-1713), obtuviera la denominación de reino por el Tratado de Koenisberger de 1701. Este territorio era Prusia que convertido en reino, consiguió la aceptación general de esa categoría en el Tratado de Utrech. Era un territorio pobre y pantanoso que poco a poco fue ganando amplitud sobre todo a costa de Suecia, tras la Gran Guerra del Norte (1700-1721). A partir de 1740 con Federico II ya en el trono, la política expan-sionista continuó y en ese contexto se entiende la invasión de Silesia. El territorio fue definitivamente cedido a Prusia en 1742 por el Tratado de Berlín y ratificado en la Paz de Aquisgrán de 1748 que puso fin al conflicto.

También Carlos Alberto de Baviera de Wittelsbach y Sobieski (1697-1745) y Augusto III de Polonia, elector de Sajonia (1696-1763), —respectivos esposos de las hijas de José I (1678-1711), es decir, del hermano de Carlos VI y su predecesor en el trono imperial—, hicieron caso omiso de la aceptación previa de la Pragmática Sanción y una vez muerto Carlos VI reclamaron, el primero, Bohemia con la corona imperial y el segundo, Moravia. Por su parte Carlos Manuel de Cerdeña (1701-1773) demandó el Milanesado además de una salida al mar a través de Génova. España y Francia tampoco aceptaron la validez de la Pragmática y no reconocieron a María Teresa como heredera de manera que junto con Sajonia, Baviera, Prusia y el reino de Cer-deña, apoyaron las ambiciones de Carlos Alberto de Baviera que logró ser coronado emperador en 1742. En el transcurso de la guerra Felipe V pretendía alcanzar para su hijo Felipe los ducados de Parma, Piacenza y Guastalla, perdidos en las negociaciones que pusieron fin a la Guerra de Sucesión Polaca.

En apoyo de los derechos de María Teresa acudieron Gran Bretaña y las Provincias Unidas de modo que, a grandes rasgos, volvía a repetirse la alineación de los bandos conformados en la Guerra de Sucesión Española. Como se ha señalado, España ya estaba en guerra con Gran Bretaña y para consolidar todavía más esa posición firmó una nueva alianza con Francia que quedó firmemente sellada en el Segundo Pacto de Familia o Tratado de Fontainebleau (25 de octubre de 1743). El _ documento ratificaba los contenidos del pacto anterior aunque con algunos añadidos como la posibilidad de obtener tierras en Italia para el segundo hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio y la condición de no pactar nada con Gran Bretaña, si antes ésta no devolvía Gibraltar y Menorca.

Gran Bretaña, aliada con María Teresa, inició el conflicto abierto con Francia en 1744 en la denominada, según la historiografía inglesa, Guerra del Rey Jorge (1744-1748). En ese conflicto, la prioridad estuvo marcada por conseguir posiciones de ventaja en el ámbito colonial norteamericano. Los enfrentamientos se desarrollaron fundamentalmente en el área de la actual Nueva York 21, la bahía de Massachussetts, Nueva Escocia y New Hampshire. La acción más importante llevada a cabo por los ingleses estuvo protagonizada por el gobernador de Massachusetts que sitió y capturó la fortaleza francesa de Louisbourg, situada en la isla de Cabo Bretón, en Nueva Escocia (actual Canadá) en el año 1745 22. El otro teatro colonial de enfrentamiento entre Francia y Gran Bretaña fue el Sur de la India, en la llamada Primera Guerra Carnática (1746-1748). Los combates se desarrollaron sobre todo entre las Compañías de las Indias Orientales francesa e inglesa por la posesión de Madrás, Pondichéry y Gondelour.

El fin de la Guerra de Sucesión Austriaca se selló con un nuevo tratado firmado en 1748, esta vez en Aquisgrán (Aix-la Chapelle). Establecía que todas las conquistas llevadas a cabo en el trascurso de la contienda debían ser devueltas a sus dueños originales lo que significó, por ejemplo, que Louisburg volvió a manos francesas y que María Teresa I conservó sus territorios, salvo Silesia. Madrás (India) quedó en poder británico y se consumó el deseo de Felipe V de conseguir para su hijo Felipe, los ducados de Parma, Piacenza y Guastalla si bien él no pudo verlo ya que falleció dos años antes (7 de julio de 1746).

Por parte de España el monarca firmante de la paz fue Fernando VI (1729-1759), el segundo hijo de la primera esposa de Felipe V. Las negociaciones previas fueron monopolizadas por Inglaterra y Francia. De este modo se incumplía otra vez lo establecido en el Segundo Pacto de Familia con un claro perjuicio para los intereses españoles ya que volvieron a ignorarse las cuestiones de Gibraltar y Menorca y también, sin contar con España, se decidió que los ingleses continuasen durante cuatro años más con el asiento de negros y el navío de permiso. Los problemas italianos quedaron resueltos mediante un equilibrio de fuerzas en el que, junto al Papado, jugaban un papel decisivo las casas de Saboya, de Austria y de Borbón. Sin embargo otros asuntos de fondo como la creciente rivalidad entre Austria y Prusia o las ambiciones coloniales planteadas por Inglaterra quedaron sin solución.

A partir de 1748 los objetivos de España respecto a sus relaciones exteriores fueron los de la neutralidad, lo que no significó aislamiento. París y Londres se esforzaron por tenerla de su lado lo que determinó una permanente presencia española en las cancillerías europeas. Papel destacado en este periodo de neutralidad fernandina tuvo la figura de Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada 23 (1707-1781) que formado en tiempos de Patiño, también concentró las secretarías de Hacienda, Indias, Guerra y Marina. Entre sus logros en materia exterior cabe señalar la firma del Concordato de 1753 con la Santa Sede que logró para España, un incremento de poder efectivo de la Corona sobre la esfera eclesiástica en todos los territorios de la Monarquía.

  1. DWYER, Philip G. (editor). The rise of Prussia 1700-1830. London: Harlow, 2000.
  2. ZIEBARTH, Robert E. Role of New York In King George’S War, 1739-1748. New York: NYU, 1972.
  3. GRENIER, John. The first way of war: American war making on the frontier, 1607–1814. Cambrigde: Cambridge University Press, 2005, p. 72.
  4. ABAD LEÓN, Felipe. El marqués de la Ensenada, su vida y su obra. Madrid: Naval D. L., 1985.

Otra personalidad clave del periodo fue José de Carvajal y Lancaster (1698-1754) 24, secretario de Estado y, por tanto, principal responsable de las relaciones exteriores. Considerado anglófilo, quizá influido por sus orígenes familiares, compensaba la posición francófila de Ensenada si bien la diplomacia británica, hábilmente encabezada por su embajador extraordinario Benjamin Keene, logró neutralizarlo y exonerarlo. El episodio estuvo relacionado con un largo contencioso con Portugal siempre situado en la esfera británica desde el comienzo de la Guerra de Sucesión (Tratado de Methuen, 1703) 25. En la primera mitad del siglo XVIII, las relaciones entre España y Portugal estuvieron lastradas por el contencioso de la Colonia de Sacramento, un establecimiento que los portugueses habían fundado en 1680 en territorio del actual Uruguay frente a Buenos Aires y que España siempre consideró ilegal. Carvajal quiso solucionar todas las fricciones existentes para estrechar la alianza anglo-portuguesa y firmó con el monarca lusitano, José I (1714-1777), el Tratado de Madrid (1750) por el que se canjeaba Sacramento por otros territorios en la zona del Paraguay. Ensenada se opuso a la ejecución del acuerdo por considerarlo contrario a los derechos españoles sobre aquellas tierras. Mientras duraban las difíciles conversaciones para establecer los límites de las respectivas zonas, el marqués informó del asunto al presunto heredero de la Corona, Carlos de Nápoles, que manifestó su parecer completamente contrario a la negociación. El resultado final fue la caída de Ensenada y su destierro a Granada aunque finalmente el tratado no se llevó a efecto.

La caída de Ensenada (julio de 1754) también tuvo que ver con la actuación del embajador inglés que sirviéndose de Ricardo Wall (1694-1777), sustituto de Carvajal tras su muerte en 1754, hizo llegar al rey pruebas de la existencia de un proyecto en el que Ensenada proyectaba atacar los establecimientos británicos en el golfo de México, plan que no había sido consultado con el monarca. Además de la caída del ministro, la cancillería inglesa logró de este modo que el programa de desarrollo naval se congelara.

La idea del equilibrio europeo había sido puesta a prueba a lo largo de toda la primera mitad del siglo. Sólo unos meses después de que Emerich de Vattel (1714-1767) publicara en 1758 su Droit des Gens 26 en el que abogaba una vez más por imponer en el plano internacional ese ideal de equilibrio para que «(…) ninguna potencia se encuentre en estado de predominar abiertamente y de imponerse a los demás» 27, Gran Bretaña ocupó Quebec en el contexto de la Guerra de los Siete Años que enfrentaba a ingleses y franceses desde 1756. Era la prueba de que el sistema de equilibrios y alianzas había colapsado para dar paso a un estado de confusión diplomática y de guerra global. España recibió presiones y tentadoras ofertas de ambos contendientes pero Fernando VI sostuvo hasta su muerte (agosto de 1759) la posición de neutralidad armada y vigilante que había caracterizado su reinado. No obstante la agresividad británica traducida en el apresamiento arbitrario de buques españoles, en el establecimiento ilegal fundado en Honduras para explotar el palo de campeche y en el aumento de las actividades de contrabando, obligó a la diplomacia española, tras denodados esfuerzos por mediar en el conflicto, a abandonar su tradicional política de equidistancia. Para Carlos III no hubo más salida que firmar con Francia el Tercer Pacto de Familia (1761) que significó poco después, la entrada de España en una guerra en la que los antagonismos europeos quedaron relegados a un segundo plano mientras las rivalidades coloniales se convertían en la causa fundamental de enfrentamiento.

  1. DELGADO BARRADO, José Miguel. El proyecto político de Carvajal: pensamiento y reforma en tiempos
    de Fernando VI. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2001.
  2. MARTÍN MARCOS, David. “La paz hispanoportuguesa de 1715: la diplomacia ibérica en Utrecht”. Cuadernos de Historia Moderna (Madrid). 37 (2012), pp. 151-175.
  3. VATTEL, Emerich de. Le “Droit des Gens” ou principes de la loi, naturelle appliques a la conduite aux
    affairs des nations et des souverains. London: [s.n.], 1758, 2 tomos.
  4. GÓMEZ SÁNCHEZ, Yolanda; Javier ALVARADO PLANAS. Enseñar la idea de Europa. Madrid: UNED, 2005, p. 176.
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