III. Antigüedad, arqueología y arte en el reinado de Carlos IIII

1. La empresa anticuaria de Carlos III entre Nápoles y Madrid.

Por María del Carmen Alonso Rodríguez, Universidad Complutense de Madrid.

La noticia de que a las afueras de Nápoles existía un pozo por el que se accedía a un templo romano dedicado a Hércules, sorprendió a la corte napolitana en el otoño de 1738. Tras varios años de dominación austriaca (1707-1734), la conquista del Reino de las Dos Sicilias por Carlos de Borbón suponía una ruptura en la transmisión cultural, ya que una parte importante de la corte y de la administración estaba formada por foráneos, bien de origen español o italianos procedentes en su mayoría de los territorios de los Farnesio o del gran duque de Toscana. Se explica así que el conocimiento que tenían los nuevos propietarios sobre el reino recién conquistado fuese bastante superficial y muy escasa su información de la historia local. Esta es la razón por la cual la existencia de restos arqueológicos bajo la ciudad de Resina (hoy Herculano) causase incredulidad entre muchos de los miembros de la corte y frenase el entusiasmo inicial del joven rey quien, por temor al ridículo, hizo suspender durante algo más de un mes las exploraciones subterráneas 1. Sin embargo, las características particulares de estos pozos eran sobradamente conocidas por los habitantes de Resina que venían explotándolos en la medida de sus posibilidades.

  1. FERNÁNDEZ MURGA, Félix. Carlos III y el descubrimiento de Herculano, Pompeya y Estabia. Salamanca: Universidad de Salamanca, 1989, p. 28.

Esta actividad extractiva, comenzada desde poco después de la erupción del Vesubio del año 79, se vió alterada con la aparición del príncipe de Elbeuf, durante el virreinato austriaco, y posteriormente por Carlos de Borbón, que eligió la villa de Portici, situada a escasos kilómetros de Resina, para crear un Real Sitio. Ambos personajes estaban en condiciones de financiar búsquedas más allá de lo que cualquier propietario particular pudiese abordar. La capacidad económica de Elbeuf le permitió emplear, entre 1710-1711, a veinte hombres que recuperaron numerosas estatuas en el llamado pozo de Nocerino 2. En el caso del nuevo rey los recursos con los que contaba eran aún mayores, pudiendo destinar partidas presupuestarias regulares y contratar personal de forma estable para las excavaciones subterráneas. Encargó la dirección de las mismas al cuerpo de ingenieros militares, cuyos miembros poseían una sólida formación técnica capaz de abordar con seguridad la exploración de pozos y galerías, que se había practicado anteriormente en condiciones muy precarias 3. Siempre con instrucciones de no crear gastos inútiles al erario regio, el 22 de octubre de 1738 dieron comienzo oficialmente las excavaciones en los subterráneos de Resina 4. Las órdenes dadas por el secretario de Estado, José Joaquín de Montealegre, a los ingenieros Juan Antonio Medrano y Joaquín de Alcubierre explican que su finalidad era recuperar «mármoles, estatuas o otras piedras de algún provecho, disponiendo se saquen todas las piezas de alguna utilidad y grandeza»5. Ellos debían responsabilizarse de la seguridad de los hombres que estaban a sus órdenes y de la integridad de las viviendas modernas existentes en la superficie. Entre sus obligaciones estaba también la de comunicar regularmente lo que iba apareciendo, «presentar a S.M. inmediatamente las alajas que fuesen descubiertas y de informar a voz sobre qualquiera resulta digna de su soberana intelligencia (…) y dar cuenta por escrito cada semana, y siempre que conviniese, únicamente al señor Duque de Montealegre.» 6. El hecho de que una parte de los descubrimientos se informase verbalmente, bien al rey o al secretario de Estado y que estos diesen las órdenes de la misma manera, dificulta el registro de los hallazgos a efectos inventariables y ha creado numerosas confusiones en la investigación posterior. Pero hasta 1752 en que se empezó a llevar un control separado de las piezas que ingresaron en el Museo Herculanense, las únicas relaciones de hallazgos fueron las que elaboraron los ingenieros, siguiendo la disciplina militar en la que el parte al superior es norma obligada 7

  1. PARSLOW, Christopher Charles. Rediscovering Antiquity: Karl Weber and the Excavation of Herculaneum, Pompeii, and Stabiae. Cambridge / New York: Cambridge University Press, 1998, pp. 22-Ss.
  2. RUGGIERO, Michele. Storia deglis cavi di Ercolano, ricomposta su’documenti superstiti. Napoli: Tipografia dell´Accademia Reale delle Sicenze, 1885, p. 23. PAGANO, Mario. I primi anni degli scavi di Ercolano, Pompei e Stabiae. Napoli: L’Erma di Bretschneider (Studi Della Soprintendenza Archeologica Di Pompei), 2005, p. 33.
  3. Noticia de las Alajas antiguas que se han descubierto en las escavaciones de Resina. Società Napoletana Storia Patria, mss. XX. B. 19bis, folio 3.
  4. FERNÁNDEZ MURGA, 1989, p. 26.
  5. RUGGI ERO, 1885, p. 171.
  6. FORCELLI NO, Maria. Camillo Paderni e l’immagine storica degli scavi di Pompei, Ercolano e Stabia. Roma: Artemide, 1999, p. 49.

Además de las noticias proporcionadas por los habitantes de Resina a los ingenieros militares, había otros individuos próximos a la corte capaces de explicar que el descubrimiento ya había sido publicado en 1711 e interpretado como un templo de la ciudad de Herculano 8. El hallazgo, a principios de enero de 1739, de una inscripción que indicaba que el edificio en que se excavaba era un teatro, fue leída e interpretada por Marcello Venuti, encargado de organizar la biblioteca Farnesiana, ya que Alcubierre —que tenía otra formación— carecía de conocimientos de latín para entender los textos epigráficos. En palabras atribuidas a Mattia Zarillo unos años después, este ingeniero no había sido elegido por su formación clásica, sino por su capacidad de afrontar de un modo seguro unas excavaciones subterráneas bajo una ciudad super-puesta 9 Fuera de ese ámbito y ya en el exterior, la desorganización de los materiales excavados durante el periodo en que Montealegre fue secretario de Estado era considerable. Son varias las noticias que señalan como responsable a un pintor llamado Antonio Sebastiani, que había sido nombrado ayuda de cámara del rey 10. Un ejemplo de la falta de planificación existente era que, cuando aparecían piezas de pequeño tamaño, se enviaban a cualquiera de los Reales Sitios donde el reyes se encontrasen, mientras que lo que no se podía transportar se dejaba en el llamado Jardín de Caramanico, para que pudiesen verlo en su siguiente visita 11. Todo este movimiento de piezas refleja cómo muchas de las decisiones se tomaban sobre la marcha y se improvisaba frecuentemente. Desde enero de 1739 se inició la restauración de las estatuas con miras a reutilizarse para instalarlas en los cuartos reales, aunque hubo serios problemas, especialmente cuando se trataba de bronces, pues los escultores optaban por fundir fragmentos para rehacer piezas antiguas o fabricar otras nuevas.

  1. Giornale de Letterati di Italia. Venezia: Appresso Gio. Gabbriello Ertz., 1711, tomo V, pp. 399-401
  2. [ZARILLO, Mattia]. Giudizio dell’opera dell’Abate Winckelmann intorno alle scoperte di Ercolano contenuto in una lettera ad un’amico. Napoli: [s.n.], 1765, p. 22. ALONSO RODRÍGUEZ, Mª del Carmen. “El rey en el balcón”. Carlos III y el descubrimiento de Herculano”, en ALMAGRO-GORBEA, Martín; Jorge MAIER ALLENDE (editores). De Pompeya al Nuevo Mundo: la corona española y la arqueología en el siglo XVIII. Madrid: Real Academia de la Historia : Patrimonio Nacional, 2012a, p. 90.
  3. ALONSO RODRÍGUEZ, Mª del Carmen. “La Política cultural de las Dos Sicilias y la publicación de los descubrimientos arqueológicos”. Revista de Historiografía (Madrid). 17/IX (2012b), p. 67.
  4. Orden de traslado de piezas en RUGGI ERO, 1885, pp. 19, 27, 114-Ss.

En la reglamentada vida de los reyes Don Carlos y Doña María Amalia de Sajonia se había destinado un día a la semana para acercarse a Portici y ver directamente los resultados de las excavaciones. En esas ocasiones o cuando residían temporalmente en este Real Sitio, el rey solía hablar frecuentemente con el ingeniero y se acercaba al balcón que había en el pozo de Nocerino para saber cómo se había dado el día y qué cosas habían aparecido 12 Sin embargo, no hay noticias de que se hubiese producido ninguna visita regia a las grutas del teatro. Esta actividad debió considerarse demasiado arriesgada, de la misma forma que se le desaconsejó el descenso al cráter del Vesubio por recomendación materna 13. Desde los primeros meses de excavación tenemos constancia documental de que Don Carlos en ocasiones intervenía directamente dando instrucciones que quedan reflejadas en los partes de excavación. Por ejemplo, fue orden expresa suya la extracción del revestimiento de la pared de la praecintio del teatro de Herculano, que estaba forrada de cepollazo, giallo antico y otros mármoles 14. En alguna ocasión manifestó su disgusto por la limpieza agresiva hecha a un bronce hasta quitarle la pátina y, en general, lo que se decía de él es que era celosísimo en todos los asuntos relacionados con Herculano 15.

  1. ALONSO RODRÍGUEZ, 2012a, p. 83.
  2. ASCIONE, Imma. Lettere ai sovrani di Spagna. Roma: Ministero per i beni e le attività culturali, Direzione generale per gli archivi, 2002, volumen II, pp. 365-366, nota número 634.
  3. RUGGIERO, 1885, p. 23.
  4. TANUCCI, Bernardo. Epistolario II (1746-1752). Roma: Edizione di Storia e Letteratura, 1980, p. 411.

En estos primeros años la difusión de las novedades herculanenses se hizo exclusivamente de forma epistolar, como las cartas del propio Venuti a su hermano Ridolfino, a Anton Francesco Gori, las de Camilo Paderni a Allan Ramsay, las de Bindo Simone Peruzzi, Angelo Quirini, Matteo Egizio, Giacomo Martorelli, etc. Gran parte de ellas se publicaron en 1748 en las obras de Venuti, Gori y Maffei 16. Simultáneamente apareció en México una Relación del marabilloso descubrimiento de la ciudad de Heraclea o Herculanea que era un resumen de las noticias tomadas del Mercure de France del año anterior 17. Para disgusto del rey, a quien todas estas publicaciones irritaban considerablemente, habían pasado ya diez años sin que desde Nápoles se editase nada relacionado con los descubrimientos, salvo un volumen de grabados _ titulado, Disegni intagliati in rame di pitture antiche ritrovate nelle scvazione di Resina que no se distribuyó 18.

  1. ZEVI, Fausto. “Gli Scavi di Ercolano e le “Antichità””, en Le Antichità di Ercolano. Napoli: Guida Editori :Banco di Napoli, 1988, pp. 18-Ss.
  2. El ejemplar conserva sólo la primera página por lo que Leonardo López Luján reconstruye lo que falta con las publicaciones originales. LÓPEZ LUJÁN, Leonardo. “Noticias de Herculano. Las primeras publicaciones mexicanas de arqueología”. Revista de Arqueología Mexicana (México, D.F.). 15/90 (2008), pp. 77-78.
  3. ALONSO RODRÍGUEZ, Mª del Carmen. “Venerdí a Portici. Il Museo Ercolanese nei ricordi di Carlo III», en VV.AA. Herculanense Museum. Napoli: Electa Napoli, 2008, pp. 113-114. VÁZQUEZ GESTAL, Pablo. “From Court Painting to King’s Books: Displaying Art in Eighteenth-Century Naples (1734-1746)”, en BRACKEN, Susan; Andrea GÁLDY; Adriana TURPIN (editoras). Collecting & Dynastic Ambition. Newcastle: Cambridge Scholars Publishing, 2009, pp. 104-106. ALONSO RODRÍGUEZ, 2012b, pp. 67-68.

Todas estas obras incluían grandes elogios a la figura del monarca y también algunas críticas a las que no estaba acos-tumbrado 19. Sin embargo, en este segundo caso, la mayoría de los autores desviaban la atención de su persona, prefiriendo culpar de los errores a sus subordinados, cuando muchas de las decisiones les eran ajenas. Los chivos expiatorios fueron en este caso los ingenieros militares y especialmente Alcubierre, como responsable de todos los trabajos, que concentró las críticas de Johann Joachin Winckelmann 20 En 1750, al empezar a excavarse regularmente en Pompeya y en Estabia, se incorporó a las excavaciones el ingeniero Carlos Weber.

  1. Basta recordar la visita que hizo en 1770 el emperador de Austria y lo poco oportunas que le parecieron sus opiniones sobre cómo mejorar las excavaciones en Pompeya. Archivo General de Simancas (Simancas, Valladolid) —en adelante, AGS—, Estado, l. 337, folios 186-187. ALONSO RODRÍGUEZ, Mª del Carmen. “Documentos para el estudio de las excavaciones de Herculano, Pompeya y Estabia en el siglo XVIII , bajo el patrocinio de Carlos III”, en RODRIG O ZARZOSA, Carmen; José; Luis JIMÉNEZ SALVADOR (dirección científica del catálogo). Bajo la cólera del Vesubio. Testimonios de Pompeya y Herculano en la época de Carlos III. [Museo de Bellas Artes de Valencia, del 14 de mayo al 12 de septiembre de 2004]. Valencia: Generalitat Valenciana, 2004, p. 72.
  2. WINCKELMANN, Johann Joachim. Sendschreiben von den Herculanischen Entdeckungen. Dresde: Walther, 1762, p. 19.

Pero tampoco Don Carlos ni Doña María Amalia habían recibido una formación humanística, como era el caso de Isabel de Farnesio, aunque a medida que pasaba el tiempo fue aumentando su interés por entender el significado de algunas piezas. Vemos por ejemplo, que el marqués Bernardo Tanucci redactó para ellos descripciones de determinados hallazgos y con este fin pedía a sus amigos que le enviasen bibliografía, ya que muchas noches se veía en la necesidad de responder a las preguntas regias 21. En los primeros años la reina, de la misma manera que acompañaba en otras actividades a su consorte, compartió con él su interés por la empresa arqueológica, aunque no es cierto que fuese ella quien le animase a continuar con los descubrimientos 22. De su participación en temas relativos las excavaciones hay pocas noticias, en cambio si encontramos en la documentación opiniones atribuidas a la soberana que están relacionadas con la ubicación de determinadas esculturas o pinturas, tanto en sus habitaciones como en el Museo Herculanense. Algunos de los bustos de bronce procedentes de Villa de los Papiros pasaron a decorar sus habitaciones e igualmente las pinturas sobre mármol 23 Cuenta Alcubierre que Doña María Amalia consideraba que las pinturas de mayor calidad eran las que habían aparecido en Estabia 24. Igualmente, Paderni aporta un dato interesante sobre que la escalera del – Museo Herculanense se había hecho según un diseño de la reina y que estaba adornada con hermas, seis estatuas de metal y otras de mármol 25.

  1. TANUCCI, Bernardo. Epistolario I (1723-1746). Roma: Edizione di Storia e Letteratura, 1980, p. 913.
  2. ALONSO RODRÍGUEZ, 2004, p. 52.
  3. ALONSO RODRÍGUEZ, Mª del Carmen. “Vaciados del siglo XVIII de la Villa de los Papiros de Herculano en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando”. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid). 100-101 (2005), p. 28.
  4. FERNÁNDEZ MURGA, 1989, p. 89.
  5. Memoria dell’osservazioni fatte sopra gl’Antichi monumenti d’Ercolano L’anno 1769. Archivo Histórico Nacional, Sección Nobleza (Toledo) —en adelante, AHN—, Baena, C.45, D.28-29, folios 1-2.

La intervención del rey al frente de la empresa arqueológica que se desarrollaba en la bahía de Nápoles culminaría en 1755, con el nombramiento de Bernardo Tanucci como secretario de Estado y de Casa Real. Hasta ese momento habían transcurrido ya diecisiete años desde que se había empezado a trabajar en Herculano. El buen entendimiento personal entre el monarca y su ministro sería fundamental para dar forma definitiva a la empresa arqueológica en Herculano, Pompeya, Estabia, Pozzuoli, Cumas, Sorrento, Torre del Greco, etc. En Tanucci el rey encontró a la persona adecuada para sistematizar la política cultural de las Dos Sicilias. Se creó la Academia Herculanense, a la que se encargó la edición de las antigüedades después de sucesivos intentos frustrados. Año y medio después de su creación vió la luz el primer volumen monográfico dedicado a las pinturas de Herculano, al que seguirían otros seis en vida del rey. Fueron tan solo cuatro años de trabajo en común, porque en octubre de 1759 el rey Carlos tuvo que regresar a España para ocupar su trono como Carlos III y seguir desde allí los acontecimientos. Desde entonces se dedicó a impulsar fundamentalmente la continuación de Le Antichitá di Ercolano, dando ánimos y presionando a Tanucci para que fuese terminando un volumen tras otro. En segundo lugar, se interesó por los aspectos museográficos y las instrucciones que enviaba desde Madrid abarcaban múltiples aspectos del trabajo cotidiano en el Museo Herculanense. Por último, solía llamar al orden a los ingenieros militares para que dejasen de hacer planos y empleasen el tiempo en incrementar los fondos del museo, impacientándose una y otra vez por lo que calificaba como «la suma esterilidad de esas escavaciones» y, conforme pasan los años, «la nada de esas escavaciones» 26.

De todo lo que dejaba atrás el día que se embarcó para España, fue el Museo Herculanense su obra más personal y en la que de forma más directa se había implicado. Para subrayar simbólicamente la decisión de que todo se mantuviese en su integridad hasta la mayoría de edad de su hijo, hizo entrega a Tanucci, momentos antes de partir, de un anillo con la cabeza de un sileno para que fuese devuelto al Museo 27. Procedente de Herculano sólo llegó a España en 1761, a bordo del Septentrión, una pequeña caja de madera de haya con semillas carbonizadas por el Vesubio, que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid) 28.

  1. BARRIO GOZALO, Maximiliano. “Carlos III a través de su correspondencia con Tanucci”, en IGLESIAS CANO, Mª Carmen (condesa de Gisbert). Carlos III y la Ilustración. [Palacio de Velázquez. Madrid. Noviembre 1988 – enero 1989. Palacio de Pedralbes. Barcelona. Febrero – abril 1989]. Madrid: Ministerio de Cultura, Comisión Nacional Organizadora del Bicentenario Carlos III y la Ilustración (1788-1988), 1988, tomo I, pp. 275-298. AGS, Estado, 1. Carlos III a Tanucci.
  2. D’ALCONZO, Paola. L’Anello del Re. Florencia: Edizioni Firenze, 1993, pp. 32, 40, nota número 73.
  3. Número de inventario: 973/66/26. ALONSO RODRÍGUEZ, Mª del Carmen. “La colección de antigüedades comprada por Camillo Paderni en Roma para Carlos III”, en BELTRÁN FORTES, José; Beatrice CACCIOTTI; Xavier DUPRÉ RAVENTÓS; Beatrice PALMA VENETUCCI (editores). Illuminismo e Ilustración. Le antichità e i loro protagonisti in Spagna e in Italia XVIII secolo. Roma: “L’Erma” di Brestschneider, 2003, pp. 31-32. TANUCCI, Bernardo. Epistolario IX (1760-1761). Roma: Edizione di Storia e Letteratura, 1985, pp. 728 y 730.

Después de haber patrocinado distintas excavaciones en el golfo de Nápoles, se puede decir de Carlos III que conocía muy bien el tema anticuario en todas sus vertientes y es comprensible que no esperase de su nuevo destino en España hallazgos antiguos de interés comparable. Sólo este convencimiento puede explicar la tibieza con la que acogió las sucesivas noticias de descubrimientos aislados que se fueron sucediendo a lo largo de su reinado. Su política cultural en materia de Antigüedad sería deudora de la de su hermano Fernando VI y, por tanto, nada innovadora. Este hecho ha sido señalado por Gloria Mora y las investigaciones de estos últimos años han permitido confirmar lo acertado de su análisis 29.

Uno de los pocos vínculos directos que mantuvo, además de las cartas semanales en las que se le informaba de los descubrimientos, es la llegada de los volúmenes de Le Antichità, que regularmente le iba enviando Tanucci y se repartían según la voluntad regia, ya que no estaban a la venta. Desde la Secretaria de Estado se distribuían a otras cortes europeas, embajadores, miembros de la nobleza, pero más allá de las élites cortesanas lo recibían las bibliotecas, universidades, academias y multitud de personajes diversos 30. Así los oficiales de la Real Biblioteca fueron agraciados con el llamado Herculano, y también el fundidor de cañones de origen suizo Jean Ma-ritz, con sede Barcelona 31. Sin embargo, en este tema la situación en la península Ibérica era muy distinta que en Italia. La obra patrocinada por el rey se prohibió en Portugal por la Inquisición y en España hubo problemas en algunas ocasiones 32. Hay que recordar lo que escribe Antonio Ponz sobre un comisario del Santo Oficio que pretendía censurar la edición de Le Antichità, que era propiedad del comerciante gaditano Sebastián Martínez. Con esa acción consideraba Ponz que «queda ofendida la buena conciencia de Su Magestad que la costeó y publicó con el aplauso de toda Europa, de muchos prelados virtuosos y del mismo Papa.» 33.

No obstante, salvo estas excepciones, la admiración que despertaba Le Antichità di Ercolano era unánime, como se refleja en el discurso pronunciado por el marqués de Santa Cruz en la distribución de premios de 1763, cuando ya había hecho el Grand Tour y visitado Herculano. «Creyó que hallazgo tan ventajoso para ilustrar las artes pertenecía al Universo, y quiso comunicárselo con aumento de nuevas luces. Una docta junta de anticuarios declara con selecta erudición los monumentos de Herculano, mientras un primoroso buril los graba y la prensa los multiplica.» 34.

  1. MORA, Gloria. La arqueología clásica española en el siglo XVIII. Historias de mármol. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas : Polifemo (Anejos de Archivo español de arqueología; 18), 1998, p. 108.
  2. AHN, Estado, legajo 3553. Agradezco a Jaume Ramón Estrany estas noticias sobre la distribución de los tomos de Le Antichità desde la Secretaría de Estado. 31.
  3. AHN, Estado, legajo 3463. Véase nota número 30.
  4. ALONSO RODRÍGUEZ, 2004, p. 64.
  5. CRUZ VALDOVINOS, José Manuel. “Inquisidores e Ilustrados: Las pinturas y estampas “indecentes” de Sebastián Martínez”, en VV.AA. IV Jornadas de Arte. El arte en tiempos de Carlos III. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1989, p. 313.
  6. VEGA, Jesusa. Ciencia Arte e Ilusión en la España Ilustrada. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas : Polifemo, 2010, pp. 154-155. Real Academ ia de Nob les Artes de San Fernando. Distribución de los Premios concedidos por el Rey Nuestro Señor a los discípulos de las Tres Nobles Artes. Madrid: Oficina de Gabriel Ramírez, 1763, p. 62.

Pese a todo su entusiasmo, la Academia no logró el apoyo regio para editar la colección de estatuas que Isabel de Farnesio y Felipe V habían reunido en San Ildefonso 35. No sabemos qué opinión le merecía la colección de la reina Cristina de Suecia, pero las esculturas clásicas pertenecientes a los Austrias no debieron satisfacerle lo suficiente porque, próximo a trasladarse al Palacio Nuevo, encargó a Camilo Paderni que le comprase en Roma estatuas, mosaicos, bronces y varias antigüedades con destino a su nueva residencia. La llegada a Madrid en 1765, procedente de Nápoles, de Paderni con un cargamento de Antigüedades de Roma y otra de yesos de la colección de escultura del Museo Herculanense, se hizo con bastante discreción 36. A este envío se sumaron otros en los que intervinieron anticuarios, como Belisario Amidei y Thomas Jenkins, siempre con el visto bueno de Johann Joachin Winckelmann, como anticuario papal 37. No sabemos si la decisión de permitir la exportación fue debida exclusivamente a Winckelmann —que intentaba congraciarse con el rey de España tras la edición de su carta al conde Brühl— o de la corte papal, ya que el destinatario de la compras era un monarca poderoso, que había mantenido en Roma la colección Farnese de escultura heredada de su madre. Estos argumentos pueden explicar el silencio y la escasez de datos sobre esta colección de antigüedades, parte de cuyas piezas estaban documentadas primero en Roma y luego en Madrid con muy pocos datos sobre su compra, exportación y traslado.

Poco sabemos de las actividades de Paderni durante los meses que permaneció en España, donde su presencia pasó casi desapercibida, teniendo que regresar a Italia precipitadamente a causa del motín de Esquilache (1766). A partir de este momento, aunque todavía continuaron llegando piezas que estaban encargadas, la idea de seguir comprando estatuas en Italia pareció desecharse.

El monarca poco partidario de las actitudes nostálgicas, dirigió su atención hacia un mundo diametralmente opuesto al que estaba habituado. Como buen conocedor de los intereses del mercado anticuario en materia de edición, recomendó a la Academia, en septiembre de 1766, que se dedicase al estudio y publicación de los monumentos españoles, en concreto de las antigüedades de la Alhambra para ofrecer «a la consideración de las demás naciones una luz de nuestros antiguos y grandiosos monumentos de Arquitectura que generalmente ni remota idea tienen.» 38.

Conviene recordar que cuando tenía catorce años Carlos III había estado en Granada pasando unos meses entre la Alhambra y el Soto de Roma. Por aquél entonces Felipe V había dado órdenes de que las obras de adecuación para alojar a la corte respetasen los pavimentos, bajorrelieves y la decoración del recinto 39. Después, Fernando VI había encargado que se dibujasen los edificios de la Alhambra al pintor Diego Sarabia, pero en esta ocasión se puso al frente a José de Hermosilla, ingeniero militar y a dos arquitectos, Juan de Villanueva y Juan Pedro Arnal, cuya formación era más adecuada para realizar el estudio del conjunto 40 Esta fue la nueva empresa editorial apoyada por la Corona que guarda claros paralelismos con la edición de Le Antichitá, a la que se escogió como modelo para «que los tomos de que se ha de componer esta obra sean del tamaño de los del Herculano, arreglándose las estampas a aquella marca.» 41. Pero la responsabilidad de la tarea y su encargo a un colectivo numeroso de artistas generó idénticos problemas que surgieron en torno a la Real Stampería, siendo uno de los principales la lentitud de los grabadores. Pese al esfuerzo invertido, sucedería otra vez que autores extranjeros se adelantaron en la publicación robándole a sus legítimos propietarios la difusión de sus bienes patrimoniales 42. Por este motivo el conde de Floridablanca urgiría a la Real Academia para que terminase la edición y en 1787 salieron a la venta los grabados aunque carentes de disertaciones explicativas.

  1. SIMAL LÓPEZ, Mercedes. “Isabel de Farnesio y la colección real de escultura. Distintas noticias sobre compras, restauraciones y el encargo del cuaderno de Ajello”. Archivo Español de Arte (Madrid). LXXIX/315 (2006), p. 276.
  2. ALONSO RODRÍGUEZ, 2005, pp. 34-Ss.
  3. ALONSO RODRÍGUEZ, 2003, pp. 36-38. ALONSO RODRÍGUEZ, Mª del Carmen. “Ecos de Herculano. Aquellas cosas que son tan de mi genio y gusto”, en VV.AA. Corona y arqueología en el Siglo de las Luces. [Exposición celebrada en el Palacio Real (Madrid), abril-julio de 2010. Comisarios: Martín ALMAGRO-GORBEA y Jorge MAIER ALL ENDE]. Madrid: Patrimonio Nacional, 2010, pp. 239-Ss.
  4. Archivo-Biblioteca de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) —en adelante, RABASF—, Junta Ordinaria de 5 septiembre de 1766, folios 262 vuelto – 263 recto.
  5. MORILL AS ALCAZAR, Jose María. “Felipe V en Sevilla”, en Sevilla y corte: las artes y el lustro real (1729-1733). Estudios reunidos por Nicolás MORALES; Fernando QUILES GARCÍA. Sevilla: Casa de Velázquez (Colección de la Casa de Velázquez; 114), 2010, p. 226.
  6. RODRIGU EZ, Delfín. “Las Antigüedades Árabes y José de Hermosilla: historia, arquitectura e ilustración en el siglo XVIII ”, en ALMAGRO GORBEA, Antonio. El legado de al-Ándalus. Las antigüedades árabes en los dibujos de la Academia. [Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, del 23 de septiembre al 8 de diciembre de 2015]. Madrid: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando: Fundación Mapfre, 2015, pp. 99-Ss.
  7. Archivo-Biblioteca RABASF, Junta Particular de 18 de agosto de 1766, folios 254 recto – 255 vuelto. MAIER ALL ENDE, Jorge. “Las antigüedades árabes de España en el Siglo de las Luces”, en VV.AA. Corona y arqueología en el Siglo de las Luces. [Exposición celebrada en el Palacio Real (Madrid), abril-julio de 2010. Comisarios: Martín ALMAGRO-GORBEA y Jorge MAIER ALL ENDE]. Madrid: Patrimonio Nacional, 2010, p. 276.
  8. R. Twiss en 1775 y H. Swinburne en 1779. SALAS ÁLVAREZ, Jesús. “El conocimiento y divulgación del arte hispanomusulmán en la Europa Romántica. La importancia de la obra de James Cavanah Murphy”. MDCCC 1800 (Venecia). 4 (julio 2015), pp. 70-Ss.

Desechada la idea de formar una colección de antigüedades en España, por los motivos expuestos anteriormente, en los años sesenta surgió la oportunidad de comprar el Gabinete de Historia Natural que Pedro Franco Dávila tenía en París y que se materializó pocos años después, convirtiéndose en el gran proyecto museo-lógico del reinado de Carlos III. Son fundamentales para entender la implicación personal del rey en este asunto los informes redactados por Enrique Flórez y Francisco Pérez Bayer 43 En 1773, Franco Dávila y Diego de Villanueva comenzaron a buscar inmuebles por Madrid capaces de albergar las dos instituciones privilegiadas de la Corona, esto es, la Real Academia de Bellas Artes y el Real Gabinete de Historia Natural, eligiendo el palacio de Goyeneche en la calle de Alcalá. Terminadas las obras de adaptación del nuevo edificio, el 30 de diciembre de 1775 recibieron la visita de Carlos III que en su recorrido por la Academia se detuvo a ver los grabados de las Antigüedades Árabes y, después de escuchar las explicaciones de los profesores, decidió donar para la docencia los vaciados de Herculano, Pompeya y Estabia que tenía en el Palacio del Buen Retiro. A continuación subió al cuarto segundo que estaba ocupado por las colecciones del Gabinete de Historia Natural. En la sala M, según el plano de 1773, estaban la biblioteca y las «curiosidades del arte», bien fuese en forma de vasos griegos —entonces llamados etruscos—, bronces egipcios, romanos y renacentistas, vasos incas, chimús y mayas, monedas, entalles, marfiles y variedad de objetos orientales 44. El entusiasmo del rey fue tal que decidió depositar allí el Tesoro del Delfín, traído de Francia por Felipe V, y muchas otras piezas que había en el Buen Retiro. También donó los bronces antiguos que venían en la fragata Tetis capturada a los ingleses en 1780, mientras que a la Real Academia destinó las obras de arte y libros de la presa del Westmorland 45.

Con la Instrucción de 1776 para recolectar objetos con destino al Gabinete, se multiplicaron los ingresos 46 Se recibieron envíos hechos desde la administración ultramarina de todo tipo de ejemplares, sumándose a la «sección de curiosidades del arte» objetos arqueológicos recolectados en el curso de los viajes científicos y excavaciones realizadas con este fin 47. En menos diez años el volumen de los fondos hizo que el espacio compartido con la Real Academia se quedase pequeño. En 1765 se encargó a Juan de Villanueva un ambicioso proyecto que albergase las colecciones del Real Gabinete de Historia Natural y la Real Academia de Ciencias, junto al Real Jardín Botánico. Pero lo importante es que se planificaba por primera vez en España la construcción de un establecimiento destinado exclusivamente a museo e instituciones afines. El edificio planteado por Villanueva da idea de las aspiraciones de Carlos III por mostrarse al mundo como un monarca ilustrado y, al igual que sucedió en su día con el Museo Herculanense, Madrid debía convertirse en un capital de referencia por sus colecciones de Historia Natural, siempre gracias al patrocinio regio.

Repartidas la mayor parte de las antigüedades entre la Real Academia y el Real Gabinete de Historia Natural, en 1786 tomó la decisión de regalar al Gabinete de Medallas y Antigüedades de la Real Biblioteca algunas otras piezas que aún tenía en el Buen Retiro. Era costumbre dotar a las bibliotecas de monetarios, colecciones de medallas, glíptica, vasos griegos., y ese es el motivo por el que depositó en ella parte de las antigüedades que le había traído Paderni de Italia, incluida la caja con semillas del Vesubio que hemos mencionado 48. Sin embargo, un error del director de la Real Biblioteca, Pérez Bayer, hizo creer que todos estos objetos procedían de Hercu-lano al redactar una nota en la que primero lo afirmaba y luego lo corregía. Resulta paradójico que la decisión de no traer a España objetos procedentes de Herculano, Pompeya y Estabia, con la escenificación en el puerto de Nápoles de la devolución del anillo, fuese ya puesta en duda por sus contemporáneos y que a partir de ahí el error haya tenido un gran éxito en la bibliografía posterior, quizás porque la procedencia herculanense ennoblecía los objetos. Ese origen se atribuía igualmente a los diez mosaicos de la colección Massimi de Roma, descritos por Winckelmann y que hoy se conservan en el Museo Arqueológico Nacional 49.

  1. MAZO PÉREZ, Ana. “Carlos III y el Real Gabinete de Historia Natural”, en VV.AA. Pedro Franco Dávila (1711-1786). De Guayaquil a la Royal Society. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2012, pp. 156-Ss.
  2. MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José. “La distribución del espacio en el edificio de la antigua academia”. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid). 75 (2º semestre de 1992), p. 184. MARCOS POUS, Alejandro. “Real Gabinete de Historia Natural”, en VV.AA. De Gabinete a Museo: tres siglos de historia (Museo Arqueológico Nacional, abril-junio de 1993). Madrid: Ministerio de Cultura, Dirección de Bellas Artes y Archivos, 1993, pp. 238-246.
  3. SÁNCHEZ-JÁUREGUI , Mª Dolores. “The Westmorland: Crates, Contents and Owners” en SÁNCHEZ-JÁUREGUI ,, Mª Dolores; Scott WIL COX. The English Prize, an episode of the grand tour. New Haven: Yale University Press, 2012, pp. 14-16.
  4. SÁNCHEZ-ALMAZÁN, Javier. “Los tres mundos de Pedro Franco Dávila, primer director del Real Gabinete de Historia Natural”, en SÁNCHEZ ALMAZÁN, Javier I. (coordinación). Pedro Franco Dávila (1711-1786). De Guayaquil a la Royal Society. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científica, 2012, pp. 64-Ss.
  5. CABELL O CARRO, Paz. “La arqueología ilustrada en el Nuevo Mundo”, en ALMAGRO-GORBEA; MAIER ALL ENDE, 2012, pp. 262-Ss.
  6. MARCOS POUS, Alejandro. “Gabinete de Monedas y Antigüedades de la Real Biblioteca”, en VV.AA De gabinete a museo…, 1993, pp. 38-39 y 217-237.
  7. ALONSO RODRÍGU EZ, 2003, pp. 36-39.

Las colecciones formadas en España por Carlos III se disgregaron en el siglo XIX. Las estatuas y relieves comprados en Roma por Camillo Paderni fueron trasladadas desde el Palacio Real al Real Museo de Pintura y Escultura. Las antigüedades pertenecientes al Real Gabinete de Historia Natural y al Gabinete de Monedas y Antigüedades de la Real Biblioteca, pasaron en 1867 a engrosar los fondos fundacionales del Museo Arqueológico Nacional, para posteriormente dispersarse en el siglo xx por los distintos museos que se formaron a partir de él: Museo de América, Museo Nacional de Artes Decorativas y Museo Nacional de Antropología. Sólo han permanecido en el mismo lugar, desde los primeros días de enero de 1776, los vaciados de esculturas procedentes de Herculano, Pompeya y Estabia donados por el rey para la formación de los alumnos en la Clase del Yeso de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

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