La destrucción de Portobelo

Lo anteriormente dicho demostraba lo inoperante del sistema de flotas frente al contrabando y la política de Felipe V se centró entonces en reprimir éste mediante la vigilancia de las costas americanas. Se dieron numerosas patentes de corso y se realizaron capturas de buques ingleses, lo que naturalmente molestó al Gobierno británico.

Entretanto arbitristas y comerciantes hicieron infinitos memoriales y libros proponiendo fórmulas para mejorar el sistema comercial en América. Por su parte, la Corona intentó una nueva componenda de las flotas en 1735 con la Real Cédula sobre el despacho de galeones y flotas y método de comezar los residentes en Indias con España. Esta vez no se estableció ninguna periodicidad anual de las mismas, habida cuenta de la experiencia pasada. Simplemente se estipuló que los galeones saldrían cuando se recibieran las informaciones favorables desde Lima y que se procuraría que dicha flota llegase a Cartagena al mismo tiempo que la Armada de la Mar del Sur arribaba a Panamá. Para la Flota de la Nueva España se fijó un máximo de 3.000 toneladas, más acorde con las necesidades reales y se ordenó que una tercera parte de las mismas fuera reservada obligatoriamente a los productos agrícolas españoles. Otra normativa fue la prohibición a los comerciantes de remitir dinero para sus compras de mercancía, disposición que luego fue revocada a causa de las protestas que despertó.

Óleo sobre lienzo (50 x 70 cm), de Luis Gordillo (1994), copia de una litografía de los Episodios marítimos, publicada en Madrid en 1849. Museo Naval de Madrid. Núm. de catálogo: 4144.

Ataque británico en Cartagena de Indias (1741)
El 15 de marzo de 1741 se presentó ante Cartagena de Indias una flota británica de 36 navíos y 100 mercaderes, al mando del almirante Edward Vernon, que transportaba el ejército del general Wentworth, con intención de apoderarse de la plaza. La defensa estaba a cargo de Sebastián de Eslava y en la bahía se encontraba una escuadra de navíos al mando de Blas de Lezo, comandante general del apostadero de Marina. Habiendo forzado el paso de Boca Chica defendido por los navíos de Lezo —hecho que reproduce el óleo—, los ingleses atacaron la ciudad por tierra y mar, siendo rechazados con pérdida considerable. Las mismas fuerzas británicas tuvieron idéntico resultado en su intento de apoderarse de Santiago de Cuba (20 de noviembre de 1741).

En conformidad con lo dispuesto salió en 1737 la flota de Los Galeones, mandada por Blas de Lezo. Constaba de seis mercantes y dos buques de guerra y transportaba sólo 1.891,3 toneladas de mercancías. Serían los últimos galeones que cruzarían el Océano. En 1738 se celebró la feria de Portobelo, que sería también la postrera de dicho puerto. La plata peruana, llegada a Panamá en la Armada de la Mar del Sur pocos meses después del arribo de la flota, no pudo llevarse ya a Portobelo, por temor a un ataque inglés. Permaneció en Panamá durante varios meses y posteriormente volvió al Perú, aunque bastante diezmada, como de costumbre.

Los obstáculos españoles al contrabando inglés, sumados a la perspectiva de perder en breve tiempo el Asiento de Negros y el Navío de Permiso condujeron a la Gran Bretaña a declarar una nueva guerra a España, llamada la Guerra de la Oreja, pues la Cámara de los Comunes la formalizó después de una tempestuosa sesión en la que el capitán Jenkins se presentó exhibiendo la oreja que le había cortado un corsario español cuando intentaba realizar su negocio ilegal, prueba de la crueldad que practicaban los papistas españoles, según informó a la Cámara. No vamos a ocupamos de este conflicto, pero sí a señalar que se había preparado mucho antes y minuciosamente. El almirante Vernon había partido en julio de 1739 hacia Jamaica para desencadenar un ataque fulminante sobre las colonias españolas. Allí dispuso, en cuanto se oficializó la declaración de guerra (mes de octubre), que el objetivo fuese Portobelo, terminal de la flota de Los Galeones. La verdad es que los españoles estaban esperando el golpe, pues misteriosamente habían desaparecido todos los buques de la South Sea Company, así como los habituales contrabandistas ingleses, lo que hacía presagiar el ataque. Por esto precisamente no se enviaron a Portobelo los 12 millones de pesos que habían arribado a Panamá en la Armada de la Mar del Sur.

Edward Vernon se presentó con sus seis navíos de guerra frente a Portobelo el 2 de diciembre de 1739 y rindió la plaza sin gran dificultad. Luego se dedicó a destruir sistemáticamente todas sus defensas, demoliendo los fuertes y echando al mar los cañones. Incluso asoló los baluartes construidos sobre el río Chagres. El trabajo le llevó varios meses, al cabo de los cuales regresó a Jamaica. Portobelo, el viejo terminal de los galeones, había dejado de existir. En 1741 Vernon intentó completar su obra repitiendo lo mismo en Cartagena, pero fracasó estrepitosamente en el intento y tuvo que retirarse de la plaza después de haberla sitiado durante varios meses.

La guerra entre Inglaterra y España duró nueve años, hasta 1748. Durante la misma fue imposible organizar flotas, ya que los terminales fueron destruidos o amenazados. Además, la marina de guerra española tuvo que ocuparse de la defensa de la Península y no pudo custodiar los mercantes de la Carrera de las Indias. El comercio con América se realizó por medio de los navíos de registro, embarcaciones fletadas directamente por los comerciantes quienes a menudo acompañaban sus cargamentos. Una vez en América procedían a instalarse en algunas ciudades para vender su mercancía. Esto despertó la hostilidad de los comerciantes mexicanos, que clamaron por el restablecimiento del antiguo régimen de flotas, en el que al menos tenían lejos a los competidores peninsulares. Además, no se atrevían a comprar los cargamentos de los navíos de registro, pues temían que al día siguiente llegara otra embarcación que provocase una baja del precio de los artículos.

Tampoco los comerciantes limeños estaban muy contentos con el sistema de los navíos de registro. Estos buques eludieron la peligrosa ruta del Caribe, donde se libraba la guerra y se dirigían al Perú por el cabo de Hornos. Muchos de ellos se quedaban en Buenos Aires, internando desde allí la mercancía al Alto Perú, desde donde llegaba a Lima. Las cosas habían cambiado. Ahora eran los peruanos los que recibían las mercancías por Buenos Aires, en vez de al revés. Los comerciantes limeños pidieron también el restablecimiento del antiguo sistema de flotas, que habían manejado durante siglos.