La Ermita de Santa María de Alfindén

Por Carlos Moliné Fernando.

Sin duda la celebración del cincuentenario de la inauguración de la Ermita de «Santa María de Alfindén», supone un acontecimiento para nuestro pueblo que no podemos dejar pasar, si quiera para evocar lo que supuso aquel 2 de Abril de 1.956 y recordar, a la vez que reflexionar, sobre lo que han supuesto estos 50 años en la vida de nuestra Ermita y toda la historia y devoción en torno a nuestra patrona la Virgen de Alfindén.

A la hora de conmemorar este cincuentenario de un edificio, no podemos olvidar que realmente el motivo central no es otro que la devoción a nuestra Virgen Santa María de Alfindén.

«Alfindén» nombre de nuestra Virgen y nombre de nuestro pueblo. Es bastante raro esta coincidencia de nombre que supone una simbiosis peculiar. ¿Qué fue primero, Imagen o término? el dato es desconocido pero en cualquier caso la unión ha perdurado a lo largo de los siglos. Desde que se tiene noticias y datos del pueblo, aparecen ligados a la devoción de nuestra Virgen y a lo largo del tiempo los vecinos se preocuparon por el culto y el cuidado de su casa, trabajando para su adecentamiento o construcción de una nueva que es lo que ahora celebramos.

Mi pequeña y humilde aportación a estas páginas que conmemoran el cincuentenario, parte de una estrecha relación personal con la Ermita. Coincidencias y circunstancias de la vida han propiciado que desde pequeño haya tenido una relación tanto con el edificio en si como con la Virgen. En el escrito del secretario del Ayuntamiento sobre la inauguración, se cita cómo la decisión de trasladar la Ermita, se comienza a fraguar siendo Alcalde mi padre, Mariano Moliné (1.949-1.952).

Cuando se cierra la Ermita y se traslada a la Virgen en procesión aparece el problema del manto de la imagen. Como la imagen estaba siempre en su hornacina el manto solo cubría la parte delantera, lo que se dio en llamar «delantal», al sacarla en procesión era preciso cubrir la parte trasera. El manto que la Virgen lleva el día de la inauguración de la Ermita lo regala mi tía Pilar Fernando y las coronas mi madre Mercedes Fernando.

Por aquellos años era costumbre que una persona se encargase del arreglo y ornato de los altares de la Iglesia, normalmente la que confeccionaba y bordaba los manteles, ponía velas nuevas, lo limpiaba, etc. Mi madre quedó como encargada de vestir a la Virgen y cambiarle de mantos y coronas.

Conforme pasaron los años acompañaba yo a mi madre para que realizase estos cambios y finalmente cuando ya mi madre no podía subirse a cambiar a la Virgen, era yo bajo la atenta mirada de mi madre y siguiendo sus instrucciones a rajatabla quien vestía a la Virgen. Lo que en un principio era una molestia y un fastidio, poco a poco se trasformó en algo que hacía con gusto y la verdad es que mi devoción por nuestra Virgen aumentó y se acrecentó.

La relación con la Ermita continúa siendo Alcalde mi hermano Fernando Moliné (1.972-1.985). En 1.980 reúne a vecinos y devotos de la Virgen y deciden acometer una reforma interior de la Ermita que mejore el aspecto de la misma y se quite el altar inicial que realmente es muy poco agraciado.

Con donativos de todos y dinero del Ayuntamiento se acomete la reforma que se inaugura en las fiestas de marzo de 1.981.

Finalmente siendo yo Alcalde (1.987-1.999) es cuando nos enteramos con sorpresa de la inscripción unilateral de la Ermita en el registro de la propiedad por parte del arzobispado y las acciones que el Ayuntamiento lleva a cabo tanto de gestión ante el arzobispado como judicialmente, para que la Ermita siguiera siendo propiedad del pueblo y no del arzobispado.

50 AÑOS DE HISTORIA. Años de esperanza y alegría. 1.954-1960

Muchas fueron las discusiones tanto en el Ayuntamiento como entre los vecinos, antes de decidir que solución tomar con respecto al estado en que se encontraba la Ermita vieja. Repararla o construir una nueva, esta era la decisión que había que tomar.

Los partidarios de que se reparara aducían razonamientos históricos, aquella había sido la casa de la Virgen desde tiempo inmemorial y allí debía permanecer para el futuro.

Frente a estos, los partidarios de su traslado decían que costaba mas repararla que hacerla nueva y que el lugar estaba muy alejado del pueblo. Entre los partidarios del traslado se encontraba el cura párroco D. José Gimeno, opinión de peso para tomar la decisión. Me cuentan que D. José era pulcro y presumido y le molestaba tener que ir hasta la Ermita todos años para la fiesta ensuciándose sus limpios y brillantes zapatos.

Finalmente fue el Ayuntamiento quien decidió su traslado a un lugar a medio camino entre el pueblo y el cementerio, nuevo edificio y cercano al casco urbano.

El Arquitecto encargado del proyecto solo recibió un mandato, que la obra costase lo menos posible. La realidad fue que al final costó bastante más la nueva edificación que el costo de una reparación a fondo del antiguo edificio.

El Ayuntamiento empezó a poner dinero, se pidió a las instituciones y se abrió suscripción entre los vecinos para aportar fondos. Entre tanto el cura fue trasladado y se hizo cargo de la parroquia Mosén Vidal Francés que pronto tomó las riendas del proyecto.

Todos los vecinos colaboraron los más con dinero y con trabajos como peones en la construcción o en el acarreo de materiales. En los años 1.950 la influencia de la Iglesia era muy grande y era difícil escaquearse de dar dinero, los domingos en misa mayor Mosén Vidal desde el púlpito se encargaba de leer la lista de vecinos que habían dado dinero.

La obra duró un año y los «Andreses» la dejaron lista para inaugurarla el día de la fiesta, pero como ese año el 25 de marzo caía en plena semana santa se trasladó a los primeros días de abril.

El día de la inauguración constituyó todo un acontecimiento, todo el pueblo estaba en la calle, vino el arzobispo y autoridades civiles de Zaragoza, la Virgen estaba resplandeciente con su vestido y coronas nuevas. Se le dió la vuelta al pueblo y todas mujeres rivalizaron para portarla en andas. Afortunadamente queda abundante testimonio gráfico de ese día.

Por fin la Virgen estaba un su nueva casa. Siguieron unos años con sucesivos arreglos en la explanada anterior de la Ermita y visitas frecuentes de los vecinos que juzgaron un acierto la nueva ubicación mas cercana que la anterior.

LA SERENIDAD DE UNA ERMITA. Años 1960-1980

Los primeros años de la Ermita fueron tranquilos y cumplió su cometido como una Ermita de las de «siempre» cerca del pueblo pero a la vez alejada y en unos terrenos con unas vistas espléndidas sobre la huerta y sobre el monte.

Pero esta tranquilidad se empezó a quebrar en esta década. Dos fueron los factores, por un lado la construcción de la Autopista que rompió el paisaje del monte y lleno de ruido la tranquilidad de la Ermita y por otro lado, la construcción de naves industriales tras el edificio que terminó con el aislamiento y fue el inicio de un polígono industrial que crecería poco a poco.

Estas dos obras cambiaron radicalmente el inicial aspecto de la Ermita, ubicada en un entorno despejado y exenta de edificios colindantes y ruidos molestos que rompían la tranquilidad inicial. No obstante las mejoras del entorno y la creación de jardines por los sucesivos planteles de extensión agraria paliaron de alguna forma los inconvenientes. Y cada 25 de marzo el pueblo entero acudía a ver a su Virgen llenando la Ermita y la plaza exterior. El cariño de los vecinos no sufría merma.

UN CONFLICTO MAL RESUELTO. Años 1980-1990

Cuando se construyó la Ermita en los años 50, a nadie se le ocurrió pensar si el nuevo edificio era del Ayuntamiento o de la Iglesia. Todos los vecinos habían colaborado y por tanto estaba claro que era del pueblo. Por otro lado en aquellos años Iglesia y Ayuntamiento eran como una nebulosa que no se sabía muy bien donde empezaba uno y terminaba otro.

Lo cierto es que el edificio no estaba anotado en el registro de la propiedad, ¿y para que, si todos sabían que era del pueblo? Primero fue un rumor que finalmente se confirmó lamentablemente. El Arzobispado había puesto a su nombre la Ermita sin realizar la mas mínima consulta ni al Ayuntamiento, vecinos o fieles católicos. La sorpresa fue descomunal y ocasionó un malestar en todo el pueblo por esta decisión unilateral.

El Ayuntamiento intentó por todos los medios entablar negociaciones con el Arzobispado, pero todos intentos fueron contestados por el silencio. No quedaba mas opción que interponer una demanda judicial para aclarar la propiedad de la Ermita.

El refranero es muy sabio y en este caso el de pleitos tengas y los ganes venía como anillo al dedo.

Tras un largo periodo de tiempo y dos sentencias el tema quedaba bastante confuso, el terreno era del Ayuntamiento y el edificio del Arzobispado con una participación del 2% del Ayuntamiento.

Lo cierto es que la decisión del Arzobispado y posteriores problemas hizo mella en los vecinos y produjo en muchos de ellos un rechazo a visitar la Ermita.

EL DECAER DE LA DEVOCIÓN Y EL RESPETO

Ciertamente que 50 años no son muchos comparados con toda la historia de nuestro pueblo, pero también es bien cierto que en estos 50 años los cambios de todo tipo que ha experimentado nuestro pueblo han sido muy profundos y muy rápidos.

El día de la inauguración todos los vecinos estaban en la Ermita, las calles se engalanaron y pasearon a la Virgen por todas las calles, fue día de fiesta grande sin ser día festivo, todos se emocionaron y hubo lágrimas por la apertura de la Ermita.

El último 25 de marzo, la Ermita se llenó a duras penas y quienes acudieron a la misa eran en su mayor parte los mismos que acudieron a su inauguración, cincuenta años mas viejos, niños pocos, jóvenes casi ninguno.

Unos meses antes la puerta de la Ermita se había forzado y el interior había servido como pista de carreras con motos y en lo alto, la campana estaba pintada de verde.

¿Qué ha pasado en estos cincuenta años, para que la devoción a la patrona del pueblo, Nuestra Señora de Alfindén, haya decaído tanto? ¿Por qué las nuevas generaciones no se acercan a su Ermita?

CAMINO HACIA EL CENTENARIO

Quienes acudieron a la inauguración de la Ermita, difícilmente podían imaginar los cambios producidos en estos cincuenta años, y sin duda para mejor. Un año mas subieron a ver a su Virgen, le pidieron algún favor, le dieron las gracias por tantas cosas y cuando bajaban despacio la cuesta pensaban si sus hijos y nietos estarían allí celebrando el centenario.

Si en estos cincuenta años los cambios han sido muchos y rápidos, en los próximos cincuenta es casi seguro que aún serán mayores. En todo caso difícil predecir el futuro. Por de pronto habrá muchos mas vecinos, venidos en su mayoría de fuera, es decir que desconocerán toda esta pequeña historia de nuestra Ermita.

Confío en que la Virgen siga teniendo su devotos, posiblemente menos, pero al menos que la Ermita siga siendo no solamente un signo de religiosidad sino un signo de la identidad del pueblo, un sitio de referencia histórico que nos hable de nuestras tradiciones antiguas, de los anteriores vecinos y de nuestra permanencia a través de los siglos.

En estos momentos el pueblo está lleno de niños que serán los futuros vecinos del pueblo. Ellos tomaran las riendas del pueblo y por ello es preciso que conozcan nuestra historia, nuestro pasado. Que dentro de otros cincuenta años celebren el centenario de la Ermita, pero solo si conocen su historia, sus avatares, sus penas y alegrías podrán hacerlo.

Pero ¿Quién se lo enseñará? la mayoría de padres han llegado de Zaragoza y no conocen su historia y en el colegio, los profesores tampoco. Algo habrá que hacer, alguna medida que tomar para remediar esta situación si no queremos que nuestra identidad como pueblo desaparezca, y entre otras cosas poder celebrar el centenario de la Ermita de nuestra Señora de Alfindén.