Lección moral

«…las ermitas tradicionales enseñan una lección moral». Carmelo Lisón Tolosana.

Recogí hace ya años una tradición según la cual nuestro pueblo tuvo su primer origen en lo que hoy se sigue llamando término de Alfindén; los documentos medievales lo nombran ciertamente solo como Alfindén, pero más tarde, ya en el siglo XV, aparece ya confirmado en la documentación escrita como Puebla de Alfindén. En el siglo XVI florecían cuatro cofradías, dos de ellas con su eremitorio: la de Nuestra Señora de Alfindén y la de Santa Engracia; para su celebración iban nuestros antepasados en procesión a la ermita de Alfindén que recordamos y a la que muchos hemos ido en peregrinaje como pueblo en el día de su fiesta; también iban a la de Santa Engracia, sita en el término de su nombre y que una meticulosa y extensiva prospección podría sugerir su emplazamiento.

Pero además los alfindenses iban en tiempos pasados en procesión a celebrar la festividad de los patronos de los pueblos vecinos, Pastriz y Alfajarín, conformando así un mayor campo de solidaridad en segundo grado. E incluso encontraban fácilmente pretextos los habitantes de los siglos XVI – XVII para organizar procesiones por las calles del pueblo y dirigirse a alguna cruz o peirón extramuros, que los textos no identifican, pero sin duda a una topografía ritual. Tan numerosas eran estas salidas a ermitas o imágenes fuera del casco municipal, pero en sus términos, durante los citados siglos que los sucesivos arzobispos de Zaragoza tratan repetidamente de restringir y controlar por su añadido carácter profano pues las procesiones terminaban en comidas campestres con su correspondiente fiesta, como era normal por toda la geografía española.

Procesionar equivale a peregrinar, viajar o salir del núcleo por devoción o penitencia a un santuario o ermita, lugar éste inhabitado, pequeño, solitario, en despoblado, como por ejemplo, a las capillas de Ns Sª de Alfindén o de Santa Engracia. Requiere, en primer requisito, tener intención religiosa, voluntad de veneración, expiación o petición y seguir una ruta tradicional; significa también, dejar atrás, al menos por unas horas, el núcleo urbano. Lo que todo peregrino hace es viajar a un espacio sagrado, a la fuente de la sacralidad local que confiere específica personalidad e identidad al grupo que se desplaza y peregrina.

Estas ermitas tradicionales enseñan una lección moral, actúan como paradigmas locales que invitan al grupo a celebrar su pasado y proyectarse al futuro, a reactivar la solidaridad interna grupal, a dramatizar ritualmente un nosotros común, englabante e igualitario, a vivir en fiesta una vida familiar. La ermita con su santo patrón o patraña define y defiende al grupo y sus límites, lo conecta con su pasado para renovar y afirmar los lazos que nos unen a nuestro suelo y a los que antes lo habitaron que también peregrinaron a esos mismos lugares, lo que contribuye a conformar toda una comunidad simbólico-moral -tan importante como la real momentánea- que viaja solemne por el tiempo, aunque los actuales miembros pasen y mueran. El pueblo permanece si periódica y ritualmente lo reactivamos.

Ciertamente que la celebración actual patronal en marzo cumple con los requisitos más formales de la peregrinación, pero también es cierto que su localización actual, hoy en los aledaños del pueblo, quebró la pluri centenaria tradición; recuerdo que algunos abogamos y sugerimos reforzar la arquitectura de la antigua ermita por el potencial místico que todo espacio sagrado tradicional irradia, tanto más cuanto su localización representaba nuestras raíces al haber sido elegida por antiguas generaciones que allí celebraron su fiesta comunal y que año tras año constituyeron y confirmaron su identidad; pero predominaron razones más pragmáticas.

En todo caso es el espíritu de la celebración lo que cuenta, esto es, el sentirnos hoy y por unos años abanderados y portaestandartes de la antorcha del pueblo, que perdura simbolizado en su ermita.