Jueves, 3 de enero de 2019

Doña Juana de AustriaAntonio Moro [ca. 1519-1576]: Doña Juana de Austria, ca. 1559.
Óleo sobre lienzo, 195 x 104 cm
Madrid, Museo Nacional del Prado, P-2112


Juana de Austria (1535-1573), hija de Carlos V y de Isabel de Portugal, fue princesa de Portugal por su matrimonio con su primo el príncipe don Juan Manuel, del cual nació don Sebastián, hijo póstumo del heredero portugués y rey entre 1568 y 1578. Al poco de nacer el niño, doña Juana abandonó Lisboa para siempre, dejando al pequeño príncipe al cuidado de sus suegros. Juana hubo de hacerse cargo de la regencia de España entre 1554 y 1559, por ausencia de su padre y de su hermano, y luego asumir los cuidados de sus sobrinos, primero del príncipe Carlos y más tarde de Isabel Clara Eugenia y de Catalina Micaela. Tuvo además un importante protagonismo en la vida política y religiosa española: estuvo muy vinculada con la orden jesuita y fundó el monasterio franciscano de las Descalzas Reales, un ámbito de recogimiento de las mujeres de la dinastía durante más de un siglo.

La princesa fue sin duda la mujer del período filipino más retratada, y lo fue por casi todos los más importantes pintores de la época; de hecho, esta efigie es sin duda la culminación de un decenio donde Cristóbal de Morales y Alonso Sánchez Coello, entre otros, habían plasmado toda la dignidad y gesto mayestático que caracterizó a la princesa, cuya presencia suscitaba toda la «gravedad, madurez, severidad y cordura» que podría esperarse de una «hija de quien era», como manifestó el padre Carrillo en 1616 (fols. 4 y 13). Pero fue Antonio Moro quien nos ha dejado el retrato más elocuente. La hermana de Felipe II es representada de manera muy sencilla, siguiendo las fórmulas que por esas fechas comienzan a fijarse en los retratos de la casa de los Austria. Aparece en imagen de cuerpo entero, en tamaño natural y ligeramente girada hacia la izquierda; viste de negro, manifestando su condición de viuda, y lleva el cabello recogido por una toca que ayuda a enmarcar, junto con la lechugilla alta, característica del período, el intenso rostro de Juana, que se dirige con expresión desafiante al espectador. La imagen de la princesa consigue marcar una distancia escénica lograda no sólo por su gesto y altivez, sino también gracias al sillón en el que se apoya. Es éste un elemento que comienza a emplearse por esas fechas y que pone de manifiesto la alta condición de la retratada y su papel como mujer de Estado, pues el frailero sugiere la cercanía del bufete, el lugar desde donde se administra el reino y se imparte justicia, una tarea en este caso delegada en ella por su padre el emperador, vinculación a la que hace referencia la pequeña figura de Hércules que cuelga de la manteleta que cubre los hombros de Juana. La sencillez de la representación se subraya por la austeridad espacial, un fondo impreciso que ayuda a resaltar la solidez de la figura de Juana, convirtiendo a la princesa en expresión misma de la majestad regia.

Fuente texto: Catálogo exposición El retrato español. Del Greco a Picasso.