Martes, 19 de noviembre de 2019

Claudio Coello (1642-1693): Doña Nicolasa Manrique, ca. 1690-1692Claudio Coello (1642-1693): Doña Nicolasa Manrique, ca. 1690-1692.
Óleo sobre lienzo, 82 x 61 cm.
Madrid, Instituto de Valencia de Don Juan


La retratada, según extenso rótulo que lleva el lienzo al dorso, es doña Nicolasa Manrique de Mendoza, condesa de Valencia de don Juan, duquesa de Nájera, esposa de don Beltrán Vélez de Guevara, nacida en 1672 y, como afirmaba su contemporáneo el genealogista Salazar y Castro, «una de las mayores herederas de nuestros tiempos». Sánchez Cantón enumera la larga lista de sus títulos, «en verdad expresiva de su importancia», y muestra la dramática historia de sus últimos años.

El lunes 6 de junio de 1687 casó doña Nicolasa con don Beltrán Vélez de Guevara, comendador de los bastimentos de Montiel en la orden de Santiago, capitán general de las galeras de Sicilia, luego de las de Nápoles y más tarde de las de España, hermano del décimo conde de Oñate. La boda se celebró bajo felices auspicios. Tan sólo una hija fue fruto de este matrimonio, doña Ana Sinforosa, nacida en 1698.

A la muerte de Carlos II, don Beltrán tomó partido por el archiduque Carlos, y con pretexto de haber interceptado unas cartas de la duquesa a su esposo, fueron apresadas doña Nicolasa y su hija de orden de Felipe V, y en 1708 recluidas en el alcázar de Segovia, amén del consiguiente secuestro de los estados. No se volvió a unir el matrimonio. Las penalidades sufridas arruinaron la naturaleza de doña Nicolasa, que testó en la prisión y murió en ella en 1710. don Beltrán murió en Barcelona en 1713. La hija, después de recobrar la libertad, tardó aún años en gozar de sus estados, en cuya posesión entró por real cédula del Buen Retiro de 9 de marzo de 1715.

El retrato es de extraordinaria precisión, tanto en el dibujo y en la técnica —que consigue admirable definición en el traje de encaje y en las flores y joyeles— como en el tratamiento psicológico del personaje, cuya delicada sensibilidad femenina se expresa a través de un rostro no especialmente agraciado, con una nariz excesiva, pero con acogedora sonrisa.

La edad que aparenta —entre dieciocho y veinte años— permite fechar el lienzo entre 1690 y 1692. Es, pues, obra de los últimos tiempos del maestro, que murió, como es sabido, en abril de 1693.

Su extraordinaria calidad hace lamentar que no dispongamos de más abundante producción retratística del pintor, especialmente en este género de retratos de medio cuerpo, más directo e íntimo que el retrato oficial cortesano, de cuerpo entero y mayor aparato escenográfico. Palomino alude repetidas veces a los retratos de Coello y no debe olvidarse que La adoración de la Sagrada Forma del Escorial, su obra maestra, es en buena parte una soberbia galería de retratos.

Fuente texto: Catálogo exposición El retrato español. Del Greco a Picasso.