Jueves, 13 de febrero de 2020

El mielero regente es un ave en peligro crítico de extinción que se distribuye por los bosques y sabanas de la costa este de Nueva Gales del Sur, donde los incendios y la sequía han sido intensos. Fotografía de Joel Sartore, National Geographic Photo Ark.
El mielero regente es un ave en peligro crítico de extinción que se distribuye por los bosques y sabanas de la costa este de Nueva Gales del Sur, donde los incendios y la sequía han sido intensos. Fotografía de Joel Sartore, National Geographic Photo Ark.

Los incendios naturales arrasan flores, arbustos y árboles desde tiempos inmemoriales. Tanto es así, que al menos desde hace 400 millones de años la Tierra arde de forma sistemática y a diario —y lo sigue haciendo. Aunque pueda parecer una paradoja, sus efectos no son siempre negativos pues el fuego tiene un papel regulador en los ecosistemas y es clave para la biodiversidad. Baste mencionar un ejemplo: la sabana africana. Es una de las zonas con más biodiversidad del mundo y se quema casi por completo todos los años. Tanto animales como plantas han desarrollado estrategias para defenderse de un enemigo junto al que han evolucionado.

Sin embargo, ese tipo de incendios «salvajes» están cambiando tanto en relación a su intensidad como a su frecuencia y ello hace que sus efectos estén dejando de ser beneficiosos. Si a eso le añadimos los incendios antrópicos, el resultado es nefasto.

Creo que todos aún recordamos lo que ha sucedido hace poco en Australia. Allí, una superficie como la que ocupa Portugal sufrió unos incendios devastadores que causaron mil millones de animales de muertos y, lo que es aún peor, la posibilidad real de que bosques centenarios no sean capaces de regenerarse. Las estrategias naturales de los árboles para defenderse del fuego puede que esta vez no sean válidas ante la virulencia del fuego que les ha consumido.