Martes, 10 de noviembre de 2020

José Gutiérrez Solana (1886-1945): Mujeres de la vida, ca. 1915-1917.José Gutiérrez Solana (1886-1945): Mujeres de la vida, ca. 1915-1917.
Óleo sobre lienzo, 99 x 121 cm.
En el ángulo inferior izquierdo: «J. Solana»
Bilbao, Museo de Bellas Artes, 82/278.


La obra, también conocida por los títulos de Las prostitutas y El portal de las chicas, representa a un grupo de cuatro meretrices que, acompañadas de la dueña, esperan a sus clientes en la calle. Los motivos de prostitutas y coristas fueron habituales en la pintura del artista, que frecuentó los burdeles de Madrid y Santander. Uno de los que había en esta última ciudad estaba en la calle del Arrabal, y Solana utilizó este término como sustantivo en alguno de sus títulos, como Mujer del arrabal (antes en Madrid, colección Emilio Fernández Peña), obra pintada en la misma época que ésta, y que representa a la misma figura que muestra sus pechos. Por otra parte, el tipo de la celestina es el mismo que el de la dueña que se ve en las diferentes versiones tanto al óleo como al pastel de hacia 1931-1934 de La casa del arrabal (entre ellas, una en la Colección Grupo Santander y otra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid). Según se ha sugerido, estas pinturas representarían a Claudia Alonso, la dueña de un burdel santanderino, famosa por su fuerte personalidad, a la que Solana, que entre 1909 y 1917 vivió en Santander, pudo haber conocido en esa época.

La composición de grandes figuras que forman un grupo compacto es habitual en el pintor. Aquí tiene un eco en las seis más pequeñas de hombres y mujeres reunidas en segundo término pero, mientras que éstas aparecen conversando, las del primer término tienen una apariencia estática. Como si se tratase de un retrato de familia, en el grupo se ven mujeres de diferentes edades. Desde la pintura barroca holandesa el motivo de las edades se asocia con la reflexión moral ante el paso del tiempo; en esta obra esto se hace más evidente pues la dirección de la cabeza de las dos más jóvenes es la misma que la de la vieja, como si esta última anunciara la futura transformación de aquéllas. La expresión de inocencia de la que exhibe los pechos y la actitud melancólica de la que está a su lado contrastan con la mirada vigilante y turbia de la celestina, que domina el grupo por su altura y cuya cara aparece deformada por cicatrices, que son como las aristas de un volumen anguloso. La figura de la derecha, que parece exhibirse abriendo su quimono, mira con expresión retadora. A pesar de sus ropas femeninas y de los pendientes de coral que lleva, parece realmente un hombre. Se ha supuesto que fuera un amigo de Solana con el que riñó y al que pintó así vestido a modo de venganza. Por otra parte, la figura se parece a la fotografía publicada como imagen de un homosexual travestido en el libro de Constancio Bernaldo de Quirós y J. María Llanas Aguilaniedo La mala vida en Madrid (Madrid, 1901, fig. 38). La propia celestina está próxima a otra de las fotografías del libro, la que representa a la «prostituta borracha» (idem., fig. 8), pero el pintor fuerza al extremo la deformación para acentuar su aspecto repulsivo y degradado, según indica Barrio-Garay (1978, p. 88).

Los tonos sombríos, desde los negros a los blancos sucios de la ropa interior de las mujeres, con su doble connotación de impudicia y de inocencia ajada, acentúan la miseria moral del ambiente representado. El fondo sobre el que aparecen las prostitutas (salvo, de modo parcial, la de la izquierda, que es la más joven) representa la pared de la casa que sirve de burdel. Como en otras obras del artista, la solidez y opacidad de ese muro están cargadas de significación. Aquí, la importancia de la pared es máxima, pues ocupa toda la altura del lienzo, carece de ventanas y no recibe la luz (que se ve en cambio a la izquierda de la composición). Su enorme peso óptico gravita de un modo ominoso sobre las figuras. Sólo a la derecha se abre una puerta de la que pende una colcha, al modo que el propio Solana describió en uno de los epígrafes, dedicado a «Las mancebías», del último capítulo de su libro La España negra (Madrid, 1920). El pintor valoraba ese costumbrismo heredero de la veta brava de Goya en el que su misma obra se inscribe, y dedicó algunos de sus libros a artistas que lo habían cultivado, como Leonardo Alenza, Francisco Javier Ortego e Ignacio Zuloaga.

La obra fue una de las tres adquiridas (las otras eran de Gauguin y de Anglada Camarasa) en la Primera Exposición Internacional de Pintura y Escultura que se celebró en Bilbao en 1919, a la que Solana había concurrido con tres pinturas. Muchos años después, hacia 1932-1933, realizó un aguafuerte sobre el mismo motivo, para lo que pudo valerse de alguna reproducción fotográfica del cuadro. La única pero significativa variante es la desaparición del personaje de la celestina en el grupo de mujeres.

Fuente texto: Catálogo exposición El retrato español. Del Greco a Picasso.