Martes, 1 de diciembre de 2020

Pablo Picasso (1881-1973): Gertrude Stein, 1906.

Pablo Picasso (1881-1973): Gertrude Stein, 1906.
Óleo sobre lienzo, 100 x 81,3 cm.
Nueva York, The Metropolitan Museum of Art, Bequest of Getrude Stein (1946.47.106).


Gertrude Stein (Allegheny, Pensilvania, 1874-Neuilly-sur-Seine, Paris, 1946), de acaudalada familia judía de ascendencia austríaca, vivió siendo niña en Viena y en París. En 1903 abandonó sus estudios de Medicina en la Johns Hopkins University de Baltimore y viajó a lo largo de Europa con su hermano Leo, con el que se instaló en París. Adquirió con él numerosas obras de arte, primero de Daumier, Manet, Cézanne y Gauguin; luego, a partir de 1905, de Derain, Vlaminck y Matisse y en seguida de Picasso y Gris, que serían los pintores más apreciados por ella. Destacada escritora en lengua inglesa, buscó plasmar un sentido de intensa visualidad en sus escritos, poco apreciados en un primer momento. Su casa parisina fue lugar de encuentro de numerosos escritores y artistas, entre ellos Apollinaire, Cocteau, Satie, T. S. Eliot, Rousseau, Matisse, Gris, Delaunay. Durante la Gran Guerra trabajó en el servicio norteamericano de ambulancias. En los años veinte fue el centro de una amplio grupo de escritores norteamericanos, entre ellos Hemingway y Scott Fitzgerald. En 1933 su Autobiografía de Aliee B. Toklas le dio fama mundial como escritora. A su muerte, Stein había reunido una colección de extraordinaria importancia, en la que se contaban treinta y ocho obras de Picasso.

En el otoño de 1905 conoció en la tienda del marchante Clovis Sagot a Picasso, que le pidió que posara para él. Lo hizo en un gran sillón roto en el estudio de la calle Ravignan en Montmartre, durante más de ochenta sesiones, al término de las cuales el artista, descontento, borró la cabeza y abandonó el retrato. En sus memorias (Stein 1967) indica que Picasso se sentaba muy cerca del lienzo y utilizaba una paleta muy pequeña con un color uniforme entre castaño y gris. Era la paleta apropiada para el vestido de chaqueta y falda de pana de color castaño que la Stein solía vestir, según recuerda Fernande Olivier, amante del pintor, que leía fábulas de La Fontaine durante las sesiones. Gertrude parece estar abstraída en una reflexión, rasgo inusual en los retratos femeninos de Picasso; de hecho, meditaba en las frases de su libro Three Lives, que terminaría poco después, uno de cuyos personajes está inspirado en Fernande.

Después de haber pasado el verano en Gósol con Fernande, Picasso terminó, al final del verano o en el otoño de 1906, el retrato, pintando la cabeza sin haber visto a la modelo, tras lo cual le entregó el cuadro: «Dijo que no podía verme más y partió para España; era su primer viaje después de la época azul. A la vuelta pintó la cabeza sin haberme visto, y me dio el cuadro. Estaba y continúo estando satisfecha de mi retrato. Para mí, soy yo. Es la única imagen mía en la que siempre soy yo».

Estas últimas palabras son pertinentes si se tienen en cuenta las críticas que despertó el retrato debido a su aspecto de máscara, que resultaba inevitablemente lejano al de la modelo. Sin embargo, como Picasso anticipó entonces que ocurriría, a la larga se consideró que el artista había conseguido un admirable parecido. Con todo, debió influir en la rápida definición final de la imagen el hecho de que Picasso conociera, durante su estancia en Gósol, a un anciano personaje de fuerte carácter, Josep Fontdevila, dueño de la fonda en la que vivía, a quien retrató varias veces. La rotundidad de su cráneo se superpuso como una máscara al recuerdo de Gertrude. Ello produce, en el retrato final de ésta, una sensación de dureza, acentuada por la nitidez con la que están delineados los contornos. Gertrude Stein señalaba que en la época en que realizó su retrato su dibujo se había hecho más firme y que el pintor no era ya un muchacho sino un hombre. Sin decirlo explícitamente, venía a sugerir que había sido el contacto con ella el catalizador del cambio de estilo. En efecto, la escritora se preguntaba la razón de por qué necesitaba Picasso un modelo. Se respondía así: «El espíritu español resurgía en él y yo era americana. En cierta manera, América y España tienen muchos lazos en común».

Más probable es que fueran las mismas peculiaridades físicas de Gertrude Stein las que interesaran a Picasso como modelo. Su figura «grosse, courte, massive», como indica Fernande Olivier, su nítida cabeza y su mirada inteligente y límpida atrajeron poderosamente al artista. Su aspecto andrógino y su escueta indumentaria, por otro lado, le daban un aire de esencialidad apropiado para una búsqueda objetiva, como la que Picasso emprendía entonces. La realización del retrato, emparentado con el Autorretrato con paleta (Philadelphia Museum of Art), supuso un paso decisivo hacia el inicio del Cubismo.

Fuente texto: Catálogo exposición El retrato español. Del Greco a Picasso.