Anita O’Day’s Finest Hour

Pocos aficionados al jazz que hayan tenido la suerte de ver la película Jazz on a summer’s day (Jazz en un día de verano), sin duda una de las cimas del jazz filmado para la gran pantalla, habrán podido olvidar la presencia de Anita O’Day en aquel soberbio filme que recoge algunas actuaciones del Festival de Jazz de Newport en 1958. Desde la misma aparición de la cantante con ligeros problemas para subir los peldaños que conducen al escenario debido a su ceñido vestido y sus tacones de aguja hasta la seducción total y absoluta de aquella bella mujer improvisando frases vocales con un swing apabullante ante un enorme micrófono de válvulas.

Ataviada con un elegante vestido de pitillo de un deslumbrante azul oscuro con un nada discreto ribete bajo de plumas plateadas, una enorme pamela azul y blanca a juego desafiando las ráfagas de viento y guantes blancos sobre los brazos desnudos, Anita O’Day se convierte en esos escasos ocho minutos de filmación en un vendaval cargado de seducción rítmica y de una sensualidad terriblemente cercana.

Imposible no enamorarse de Anita O’Day (sin distinción de sexos o edades). Las caras de los asistentes, magníficamente captadas por la cámara de Bert Stern, son un claro espejo de esa realidad: comienzan fríos, distantes, y poco a poco van dejándose atrapar por la magia que surge del escenario. Se mueven pies y cabezas a ritmo, se pican palmas, se chasquean dedos. Nadie paró quieto en el recinto de Newport, en el que hasta las sillas bailaron al ritmo de la O’Day. Desde simpáticos bebés hasta ceñudos sacerdotes, desde serios tipos con pinta intelectual hasta jóvenes de aire francamente contestatario. Al final todos de pie, como movidos por un resorte, se unieron en una ovación de gala.

Casi los mismos síntomas se notan al comenzar a escuchar este disco. La voz danzante y pizpireta de la cantante flirtea desacomplejada con un contrabajo sobre la melodía de un viejo estándar y de esa escena de ardientes amores insinuados nace un ritmo que te cala hasta lo más hondo. Ya estás enamorado de Anita O’Day, y cuando entran el resto de instrumentistas, hasta parece que molesten un poco, aunque en ningún momento llegan a romper la sensación de intimidad que la voz de la cantante ha conseguido crear.

A partir de ahí ya todo es una cascada de ritmos que se suceden unos a otros a cual más infeccioso, desde el ardiente toque latino hasta el imparable swing de gran orquesta, desde sinuosas baladas susurradas al oído con el solo acompañamiento de una guitarra (y ¡qué guitarra!, la de Barney Kessel) hasta los extravertidos diálogos con la batería del siempre explosivo Gene Krupa. Toda la esencia del jazz en la voz de Anita O’Day. Irresistible.

Miquel Jurado

Let Me Off Uptown:

[Descargar Anita O’Day’s Finest Hour (18 temas) y la película Jazz on a summer’s day]

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