Barataria

09_242Aprovechando una visita a Cabañas de Ebro, un pequeño pueblo de la ribera del Ebro, para conocer de primera mano la restauración del retablo barroco de su Iglesia, nos acercamos a Alcalá de Ebro. Aquí sitúan la ínsula Barataria, es decir, la que fue entregada a Sancho Panza para su disfrute y gozo como gobernador. De ahí la estatua levantada en honor de tan famoso escudero.

Recordé casi de inmediato el pasaje porque era el favorito de mi abuelo Pedro, quien, en más de una ocasión, nos repetía los sabios consejos con que Don Quijote regaló los oídos de su fiel servidor.

Si Sancho Panza no cabía de gozo por «probar á qué sabe el ser gobernador», mayor alborozo le produjo al valiente caballero Don Quijote tal buenaventura. Sentó a Sancho a su lado y le aconsejó «como se habia de haber en su oficio». Un buen rato pasó el hidalgo instruyendo a su vasallo, y tanto es así que no reproduciremos todos los consejos para evitar aburrir al amable lector. Aunque no menos importantes, dejamos a un lado los referidos a «los que han de servir para adorno del cuerpo» para transcribir algunos de los que «han de adornar tu alma»:

Nunca te guies por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos.

Hallen en tí mas compasión las lágrimas del pobre; pero no mas justicia que las informaciones del rico.

Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como por entre los sollozos é importunidades del pobre.

Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.

Cuando te sucediese juzgar algun pleito de algun enemigo, aparta las mientes de tu injuria, y pónlas en la verdad del caso.

No te ciegue la pasión propia en la causa agena, que los yerros que en ella hicieres las mas veces serán sin remedio, y si le tuviere será á costa de tu crédito y aun de tu hacienda.

Si alguna mujer hermosa viniere á pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y los oidos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razon en su llanto y tu bondad en tus suspiros.

Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones.

Que cada cual saque sus propias enseñanzas.

Nota: No, no he olvidado las reglas ortográficas. El texto pertenece a una edición del Don Quijote del año 1887.

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