Europa

En primer lugar, la victoria de los partidarios del Brexit, o lo que es lo mismo, la victoria del populismo y del racismo debe servir para impulsar la idea de “más Europa”. Es cierto que la crisis económica y la falta de liderazgo han empujado con fuerza las velas de la demagogia no solo en el Reino Unido sino también en Francia, Italia, Austria y España. Eso debe cambiar. Los líderes europeos deben dar un puñetazo en la mesa y avanzar en materia financiera, impositiva, social, etc de forma rápida y decidida.

Por otra parte, cabe también una consideración acerca de las mayorías simples y su uso para la toma de decisiones que puedan tener consecuencias tan graves como la salida de la Unión Europea. Resoluciones tan trascendentales no pueden ni deben tomarse con tan solo un 51 % de los votos a favor. La democracia, por ejemplo, exige mayorías cualificadas para modificar determinados aspectos -los considerados fundamentales- de las Constituciones. ¿Por qué entonces una votación para salir de la Unión Europea no debe contar con un respaldo más claro?

Por último, los líderes europeos deben ser inflexibles en las negociaciones que se abren a partir de ahora para la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Hay que tomar medidas drásticas para evitar el contagio. Entre ellas propongo romper los acuerdos comerciales y la vuelta a los aranceles para los productos del Reino Unido, imponer el visado, expulsar a los equipos de la isla de las competiciones europeas, apoyar a Escocia y hacerles saber que su ingreso en la Unión Europea sería automático en caso de que se independizaran, y cualesquiera otra medida que lance un mensaje nítido a los partidarios de abandonar la Unión Europea. Huir como ratas asustadizas del barco europeo no puede ni debe salir gratis. Setenta años de paz y prosperidad no pueden tirarse por la borda así sin más.

Europa 3.0. 90 miradas desde España a la Unión EuropeaEuropa 3.0 es un modelo para armar. Una realidad de múltiples facetas, tal y como propondría un juego de papiroflexia. 90 políticos, profesores, diplomáticos, economistas, militares, periodistas, juristas, sindicalistas, empresarios, funcionarios y miembros de la sociedad civil analizan, desde diferentes generaciones y puntos de vista, las distintas caras de la Unión Europea: economía, política, modelo social, proyecto federal, participación ciudadana, instituciones y opinión pública. Se recorren en sus artículos la política exterior, la estrategia energética, los desafíos de la inmigración y el envejecimiento de la población o el modelo de seguridad y defensa, entre otros temas.

Podéis descargar el libro en Ideas y debate o también en este servidor.

Desde hace más de 20 veinte años, la Unión Europea negocia sin éxito la creación de una “patente europea” cuyo objetivo sería la de crear un sistema más ágil y menos costoso que el actual. Todos los intentos han fracasado por la oposición de varios países, entre los que se encuentra España, a crear un registro que no incluya sus respectivas lenguas. Una de las consecuencias negativas de este hecho sería, por ejemplo, que una empresa española debería defender sus intereses ante la Justicia en una lengua distinta al español.

Antes esta situación, y bajo el impulso de Francia, hasta diez países han decidido utilizar un procedimiento especial llamado “cooperación reforzada” para evitar el bloqueo y avanzar en el asunto de las patentes. Básicamente, consiste en un acuerdo entre varios países sobre una materia concreta que solo compromete a los firmantes y que, por tanto, deja fuera al resto. Como es obvio, la utilización de dicho mecanismo debe cumplir determinadas condiciones. Para los interesados, pueden leer más al respecto en el portal del Unión Europea.

En el caso que nos ocupa, las alarmas han saltado porque el acuerdo sobre la “patente europea” implicaría que el registro se haría únicamente en tres lenguas: inglés, francés y alemán.

Dejando al margen del hecho, ya de por sí grave, de que la diplomacia española sea incapaz de defender nuestros intereses, existen otras cuestiones realmente preocupantes. Una de ellas, casi esperpéntica, es la incapacidad de nuestros expertos legales para leer e interpretar un informe jurídico escrito en inglés. Así lo ha expresado el eurodiputado Antonio López-Istúriz (ver en El Mundo).

Aún asumiendo la dificultad de traducir un texto técnico-jurídico en inglés, resulta vergonzoso que en 25 años de permanencia en la UE no se haya dado una solución al asunto.

Si nuestra querida administración no es capaz de resolver algo tan sencillo como la traducción de un informe jurídico, ya me dirán ustedes cómo van a solucionar problemas tan graves como el paro, las jubilaciones o la falta de competitividad de nuestras empresas.

En cuanto al acuerdo propiamente dicho, resulta evidente la ventaja de las multinacionales frente a las pequeñas empresas de los países cuyas lenguas no figuren en el registro. No solo supondrá para éstas un mayor gasto (servicio de traducción) sino además un freno a la hora de litigar y defender sus patentes. El coste de la defensa ante un tribunal comunitario por parte de un despacho, que necesariamente deberá estar acostumbrado a trabajar en inglés, francés o alemán, puede alcanzar unas cifras mareantes, tanto que una pequeña empresa no podrá seguramente asumir.

El Derecho Comunitario se opone a que las vacaciones mínimas anuales retribuidas se sustituyan por una indemnización económica en caso de transferencia a un año posterior: «Conceder una compensación económica a cambio de las vacaciones mínimas anuales transferidas incitaría a los trabajadores a renunciar a su tiempo de reposo. A este respecto, no tiene relevancia el que dicha compensación se base o no en un pacto contractual». Seguir leyendo …

En los últimos días hemos contado con los inestimables comentarios de Francisco Veiga, profesor titular en la Universidad Autónoma de Barcelona, sobre el fenómeno terrorista aunque su especialidad vaya por otros derroteros, en concreto, por Europa Oriental. De hecho, acaba de abrir una bitácora dedicada a uno de los sucesos más trágicos de la reciente historia europea: Sebrenica, ciudad donde, en 1995, las tropas serbio-bosnias dirigidas por el general Ratko Mladic ejecutaron a miles de civiles.

A las 20,30 de ayer, día 13, la Agencia EFE informaba de los resultados del Consejo extraordinario de ministros de Justicia e Interior de la UE y entre sus resoluciones destaca la propuesta de retención de datos de comunicaciones. En primer lugar es necesario aclarar que dicha propuesta no es nueva pues se viene tratando en el seno del Consejo de Ministros desde hace más de un año. En segundo lugar, el alcance de la propuesta no afecta al contenido de los e-mail o de las llamadas telefónicas. En concreto se trataría de guardar un registro durante determinado tiempo de la información relativa al usuario y el receptor, lugar de la conexión o aparato utilizado. Es decir, quién llama a quién, desde dónde lo hace y a través de qué medio.
     El archivo en sí mismo bien pudiera conculcar la inviolabilidad de las comunicaciones aunque la cuestión es harto discutible. Pero si el acceso de la policía al mencionado registro no requiere una orden judicial previa, ya no cabe discusión alguna: la propuesta sería sencillamente ilegal y atentaría directamente contra nuestros derechos.
     Menos problemática me parece la decisión francesa de suspender temporalmente la libre circulación de personas que prevé el acuerdo de Schegen. O no es preocupante si es realmente «temporal» ya que se trata de una medida que suele tomarse habitualmente con ocasión de grandes acontecimientos deportivos -v.g. Juegos Olímpicos- o políticos -v.g. cumbres del G-8-. Inglaterra no necesita dar esta paso porque, al igual que Irlanda, no firmó este acuerdo y tampoco afecta a los países recientemente integrados ya que sus fronteras internas no desaparecerán hasta el segundo semestre de 2007. No obstante, llama bastante la atención el hecho que sólo un país haya tomado esta determinación pues muestra la actual descoordinación de los países europeos integrados en el mencionado acuerdo y las discrepancias en el seno de la Unión Europea sobre la efectividad y oportunidad de las medidas antiterroristas a tomar en una situación de crisis como la actual.

El fontanero polacoDurante la campaña en Francia sobre el proyecto de Tratado Constitucional europeo los polacos se convirtieron en el demonio ‘extranjero’ y sufrieron toda clase de descalificaciones. En concreto, la figura del «fontanero polaco» se convirtió en el símbolo de todos los males, en algo así como la plaga que destruiría el modelo social y económico francés. “Yo me quedo en Polonia. Venid todos” es la respuesta irónica que puede leerse en la web de la Oficina de Turismo polaca en París. Bajo el rótulo un guapo fontanero asiendo herramientas propias de su oficio. En estos tiempos tan crispados una nota de humor nunca viene mal y más, si de paso se combate con inteligencia las tendencias chovinistas de quienes, en el fondo, votaron ‘no’ basándose en argumentos xenófobos, excluyentes e insolidarios.

El último Consejo Europeo ha certificado lo que muchos temíamos: Europa se para por puro egoísmo. Ni siquiera el gesto de los diez nuevos socios en el sentido de aceptar recortes en las ayudas ha servido para salvar la cumbre: «El Consejo Europeo lamenta que por el momento no haya sido posible alcanzar un acuerdo general sobre las perspectivas financieras. Ha subrayado la necesidad de que exista claridad en torno a los recursos disponibles de la Unión para apoyar las políticas comunes durante el próximo periodo financiero, y se ha comprometido a seguir esforzándose por alcanzar este objetivo. Ha observado que el trabajo preparatorio realizado colectivamente ha permitido avanzar de forma significativa en esta cuestión. Ha convenido en que es necesario, en particular, seguir centrando e impulsando los debates en el marco de negociación (“negotiating box”) elaborado a iniciativa de la Presidencia.» (Conclusiones de la Presidencia).
La lección de generosidad dada por los socios más pobres contrasta con el inmovilismo de algunos países como Inglaterra y Holanda, a los que se añadió España a última hora al rechazar una propuesta que se aproximaba bastante a lo pretendido. Francia, mientras tanto, defendía a capa y espada las subvenciones agrícolas -el 40% del presupuesto comunitario- y se oponía a la reorientación presupuestaria propuesta por Blair. No es de extrañar, por tanto, las declaraciones del presidente de turno, el luxemburgués Jean-Claude Juncker: “He sentido vergüenza”.
Por otra parte, el proyecto de Constitución tampoco ha salido bien parado. A pesar de las buenas intenciones expresadas por los Jefes de Estado, la realidad es bien distinta: Reino Unido, Portugal, República Checa, Irlanda, Dinamarca, Finlandia y Suecia han aplazado sine díe la ratificación de la Constitución.

El ministro de Trabajo italiano  Roberto Marino acaba de proponer lo que, en términos económicos, sería un suicidio: volver a la lira y abandonar el euro a su suerte. En la versión digital del diario italiano La Reppublica pueden leer una entrevista a Roberto Maroni donde éste explica su postura. Lo más gracioso es cuando afirma que volver a la lira no es por nostalgia para, seguidamente, apostar por un modelo federal. Además, hace responsable al euro, aunque no directamente, de frenar el crecimiento económico, de la pérdida de competitividad y del aumento del desempleo. Sinceramente, dudo mucho que la eliminación del euro ayude a construir otra Europa. Más bien al contrario.

Lo decía ayer y lo mantengo hoy: el ‘no’ francés va en contra de los objetivos fundamentales reflejados en el Tratado de Maastrich (1992) y a favor de recuperar la soberanía e independencia política que, en parte, había asumido la Unión Europea en los últimos años. Ante esta situación, caben dos respuestas: olvidar lo conseguido hasta ahora y volver a los Estados-nación o avanzar rápidamente hacia una unión federal. Desafortunadamente, las primeras reacciones caminan en la dirección equivocada. En lugar de solicitar la introducción de medidas más democráticas como el verdadero reforzamiento del Parlamento Europeo o agilizar la transferencia de soberanía a las instituciones supranacionales, nos encontramos con propuestas como la italiana o como la que, probablemente, defenderá Francia, a partir de ahora y en la que su independencia política y económica primará por encima de cualesquiera otra opción.

Entre las numerosas cifras que estos días corren de periódico en periódico, destacan las que desglosan en función de la ideología las cifras del ‘no’: el 67% de los electores de la izquierda y la extrema izquierda, el 90% de los electores de extrema derecha y el 25% de los electores de centro y derecha se han opuesto a la Constitución europea. Por otra parte, una gran mayoría de cronistas coinciden en otorgar al paro, a la última ampliación hacia el Este y al posible ingreso de Turquía un papel preponderante en la victoria del ‘no’. No nos engañemos, en Francia no ha triunfado el lema ‘Por otra Europa’ sino un rancio nacionalismo conservador y defensor del Estado francés en el sentido que Hegel le dio al término: El estado es la voluntad divina, en el sentido de que es el espíritu presente en la tierra, que se despliega para convertirse en la forma y organización real de un mundo. Es cierto; necesitamos otra Europa pero no la que pretenden los franceses: necesitamos una Europa capaz de superar el concepto de Estado y el miedo al ‘fontanero polaco’ y esto no se consigue apelando a los sentimientos sino a la razón y a la justicia social y económica.