Edward Hopper

Exposición virtual: http://www.tate.org.uk/whats-on/tate-modern/exhibition/edward-hopper

Guía museística de Edward Hopper.

hopper

Nighthawks, 1942. Oil on canvas, 84.1 x 152.4 cm. Friends of American Art Collection, 1942.51

Durante todo el verano, el edificio de Herzog y de Meuron en el que se encuentra instalada la Tate Modern de Londres, se llenó de personajes solitarios y ensimismados, de casas encendidas y habitaciones bañadas por el sol. Hacía veinte años que la obra del pintor Edward Hopper (Nyack, 1882 – Nueva York, 1967) no era objeto de una retrospectiva en el Reino Unido, pero la espera ha merecido la pena. La muestra que ahora se presenta en la capital británica reúne cerca de 70 obras del artista norteamericano -entre pinturas, acuarelas, grabados y dibujos- y deja bien cubiertas todas las etapas de su trayectoria, desde su aprendizaje en París en la primera década del siglo XX, hasta sus retratos de la sociedad norteamericana realizados en los años sesenta. Entre las obras expuestas se encuentran composiciones sobradamente famosas como Nighthawks u Office at night, junto a otras menos conocidas como Williamsburg Bridge (1928) o la tardía Intermission, característica del despojamiento hacia el que el pintor avanza en los últimos años de su vida.

Nacido en el seno de una familia acomodada de la costa oeste que nunca vería con malos ojos sus inclinaciones artísticas, Edward Hopper se formó en Estados Unidos con los pintores Robert Henry y William Merritt Chase y fue sin duda a través de ellos como conoció el arte europeo de finales del XIX y como se decidió a viajar a París en 1906. Sus tempranas obras realizadas en Francia, algunas de las cuales se muestran en la Tate, acusan el impacto de las figuras femeninas de los impresionistas, esas jóvenes abstraídas y relajadas porque no se saben observadas, como La joven de loro de Manet -un cuadro que sería constantemente alabado por sus maestros, Henry y Chase. En las mismas obras francesas, vemos aparecer otros elementos que serán clave en el universo plástico del pintor como los contrastes de luz y sombra, los vacíos de densidad casi metafísica o los edificios de acusada geometría. Un dato curioso de sus viajes a París entre 1906 y 1910, es que en uno de ellos daría el salto a España y visitaría el Museo del Prado atraído por el ejemplo de Velázquez. De vuelta en Estados Unidos y armado de este bagaje, Hopper viajaría a lo largo y ancho del país y en cierto modo adaptaría los escenarios de la modernidad europea a los de la rutilante sociedad norteamericana: cines, escaparates, oficinas, habitaciones de hotel, restaurantes, gasolineras… en los que fundió tanto su amor al cine como a los delicados interiores de Vermeer y Peter de Hooch, dos maestros de la luz que admiró de manera especial.

De la mano de Hopper, cuyo reconocimiento, sin embargo, sería bastante tardío -no le llegó hasta 1942, con motivo de la retrospectiva de su obra que se organizó en el MOMA-, el arte americano ascendió a la categoría de síntoma universal y sus obras pasaron a reflejar la imagen de un país que era ya tan mítico como real.

Fuente texto: www.masdearte.com

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