El Greco: Fray Hortensio Félix Paravicino

El Greco. Fray Hortensio Félix ParavicinoDomenikos Theotokopoulos, El Greco [1541-1614]: Fray Hortensio Félix Paravicino, ca. 1609-1613
Óleo sobre lienzo, 113 x 86,1 cm.
Boston, Museum of Fine Arts, Isaac Sweetser Fund 04.234


Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga, uno de los predicadores y poetas más célebres de su época, nació en Madrid el 12 de octubre de 1580. Fue hijo natural (sus padres se habían desposado, pero no habían llegado a hacer las velaciones, lo que le daba un origen ilegítimo que él siempre se esforzaría en ocultar) de Mudo Paravicino, un italiano de Como, de noble estirpe, que fue tesorero mayor del ejército de Milán entre 1603 y 1613, y de doña María de Arteaga, nacida en Guadalajara de una familia que se decía hidalga. Fue enviado en 1595 a Salamanca, donde estudió Derecho Civil y Cánones, y en 1599 inició su noviciado en el convento de los trinitarios calzados. Profesó en abril de 1600 y, tras completar sus estudios en el convento-universidad de Santo Tomás de Ávila, se graduó como maestro de Teología en Salamanca en enero de 1603. Viviría allí hasta 1606, en que, a poco de ordenarse como sacerdote, fue enviado a Madrid para «presidir conclusiones y predicar» en el capítulo provincial que se celebró en abril de ese año. A partir de entonces se estableció en el convento de la Trinidad, en la calle de Atocha (hoy desaparecido y en el siglo XIX sede del Museo Nacional de Pintura) y, a excepción de algunos viajes, vivió ya en la corte hasta su muerte, que tuvo lugar, con apenas cincuenta y tres años, el 12 de diciembre de 1633.

Sus sermones, brillantes, alambicados y conceptuosos, le hicieron pronto famoso en Madrid (existía el dicho «No predica Hortensio, pues la fiesta no se ha cumplido») y en diciembre de 1617 fue nombrado predicador real por Felipe III. Ejercería la misma función con Felipe IV y fue protegido por el conde-duque de Olivares y otros grandes de la época. Aunque fue nombrado dos veces ministro de su convento de Madrid y elegido, también en dos ocasiones, provincial de Castilla y visitador de Andalucía, al parecer, el final de su vida se vio ensombrecido por desavenencias con otros religiosos de su orden. Cuando murió se estaba tramitando su nombramiento como obispo de Lérida.

Lope de Vega se refirió a «su aseo y limpieza, lustroso adorno, grave lucimiento», y, por lo que sabemos, tuvo un talante aristocrático y refinado, no exento de mundanidad, y un alto concepto de su propio valer. En el convento tenía criados para su servicio, y, según un testimonio de la época, en las habitaciones que ocupaba había reunido una biblioteca «de las más ricas y abundantes de esta corte» y tenía colocado un retrato suyo «tan parecido al original, que parece que no pudo adelantarse más el arte». Recibía en ellas con frecuencia a personajes de la nobleza y a algunos de los más destacados literatos de la corte. También hay que registrar, como rasgo característico de su personalidad, el hecho de que en un Madrid dividido en banderías literarias enfrentadas, y perteneciendo él mismo a una de ellas, la de los culteranos, lograra ganarse la amistad y admiración de personas tan diferentes como Góngora, Lope de Vega y Quevedo.

Aunque se han emitido diversas hipótesis, como la de que ambos se relacionaron a través de la propia familia Paravicino (por Cerdán) o por intermedio de los hermanos Eugenio y Alonso de Narbona (por Kagan), no se conoce ningún dato sobre el momento o las circunstancias en que se conocieron El Greco y Paravicino. Tampoco hay pruebas de que entre ambos existiera amistad cercana (sus encuentros, si hubo varios, debieron ser esporádicos, ya que el fraile residía en Madrid) ni, mucho menos, intimidad. La simpatía del Greco por Paravicino queda patente, de todos modos, en el retrato que le hizo, y la admiración de éste por aquél en los cuatro sonetos que le dedicó.

Desde Cossío, en adelante, este retrato viene fechándose en 1609 como consecuencia de que, en el soneto que le dedicó («Al mismo Griego, en un retrato que hizo del autor»), Paravicino refirió que tenía entonces veintinueve años. Sin embargo, la fecha no puede darse por segura. Por un lado, como ha hecho notar Portús, hay que tener en cuenta la existencia de versiones manuscritas del soneto anteriores a su publicación en 1641 (ocho años después de la muerte de Paravicino y, por tanto, en una edición que el autor no controló) en las que se transcriben otras edades, de las que una es también bastante probable (la de treinta y tres años, en cuyo caso el retrato podría haberse realizado en 1613). Por otra parte, queda también abierta la posibilidad de que, aunque la edad señalada en la versión impresa fuese la original (como parece lo más probable), el retrato fuese realizado en 1611, fecha en la que Paravicino estuvo con seguridad en Toledo, como prueba el soneto que le dedicó al túmulo levantado por El Greco para las honras de la reina Margarita (no hay, en cambio, constancia de que estuviera allí en 1609). Sabemos, aunque desconozcamos los motivos, que Paravicino ocultó en ocasiones su fecha de nacimiento retrasándola un par de años. En el memorial que envió a Felipe IV con motivo de su conocido enfrentamiento con Calderón de la Barca, afirmó que a comienzos de 1600 tenía diecisiete años cumplidos (aunque tenía ya diecinueve). Y en un relato de su vida escrito por un fraile de su mismo convento y que convivió con él, se afirma que nació en 1582 (véase Cerdán 1978, p. 64). Por remota que parezca, no puede excluirse la posibilidad de que fray Hortensio escribiera que en 1611 tenía veintinueve años.

Este retrato es, con toda probabilidad, el que, según las referencias contemporáneas, tenía Paravicino en su celda. El modo de presentación es absolutamente inusual. El hecho de que Paravicino aparezca sentado y representado hasta las rodillas hace pensar en los retratos de aparato de altos dignatarios eclesiásticos. Sin embargo, la pose frontal e inestable del fraile, la sensación que transmite de inmediatez y movimiento, y detalles como el del pelo desgreñado, dotan a la imagen de un cierto aire de informalidad. Situado ante un fondo neutro que evita cualquier distracción y fuerza a centrar la mirada en su rostro, aparece sobre un sillón de baqueta, que curiosamente es el mismo que utilizó el pintor para el Retrato de un fraile trinitario del Nelson Atkins Museum de Kansas City. Sobre sus rodillas y el brazo del sillón descansa un tomo voluminoso que alude sin duda a su condición de teólogo, y sobre éste, y entreabierto con el dedo medio, un tomito en octavo que se refiere a su actividad como poeta. Tiziano utilizó el mismo artificio (el personaje con un librito entreabierto con la mano, como si hubiese suspendido la lectura para posar) en algunos retratos de hombres de letras, como el del supuesto Jacopo Sannazzaro del Hampton Court Palace o el de Benedetto Varchi del Kunsthistorisches Museum de Viena. Como en el Retrato del cardenal Fernando Niño de Guevara, las manos sugieren estados diferentes: la izquierda, casi inacabada, movimiento y actividad; la derecha, dejada caer elegantemente y más trabajada, reposo y una cierta seguridad. Finaldi cree que con ello se alude a la vida, a la vez activa y contemplativa, del fraile. Técnicamente, el cuadro muestra las mismas características que otras obras de los años finales. El pintor juega con diversos grados de acabado y utiliza la imprimación marrón rojiza para definir el fondo y las sombras del hábito blanco. En las zonas destinadas a centrar la atención (la cabeza, la mano derecha, el hábito…) la ejecución es briosa, de una rapidez y libertad que contrasta con el tratamiento del fondo y de la capa. En cuanto a la gama de color es reducida, pero el contraste de negros y blancos y el contrapunto de las manchas carminosas de los labios y de la cruz del hábito, la dotan de vivacidad.

Fuente texto: Catálogo exposición El retrato español. Del Greco a Picasso.

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