Ernest James Bellocq

El utillaje fotográfico es sólo una sucesión precisa de herramientas que requieren de alguien que las use. Una Leica olvidada al fondo de un cajón es la parábola del cíclope Polifemo tras la infancia de Ulises: no descompondrá el mundo cambiante en un río de imágenes.

A veces, quien permanece olvidado es el autor y los vestigios del mundo que viviera. Este es el caso de Bellocq, fotógrafo, quien debe su fama a la memoria secreta de sus noches, que jamás publicará en vida.

Bellocq nació en la Nueva Orleans de un sur que acababa de perder una guerra; ejerció como correcto fotógrafo comercial, como tantos, y murió, como todos. En 1958, el fotógrafo Lee Friedlander descubrió 89 negativos sobre vidrio procedentes del estudio de Bellocq, que pudo comprar en 1966. Los positivó, con un respeto infrecuente entre fotógrafos, mediante la técnica del ennegrecimiento directo. Bellocq nació de nuevo y, con él, los rostros y los cuerpos de las putas que reinaron en la Nueva Orleans de los criollos, del jazz y de las guitarras resonadoras que habitaron los meandros finales del padre Mississipi.

Storyville portrait marca la insalvable diferencia entre los desnudos presentes en El Sueño de Courbet o en La muerte de Sardanápalo de Delacroix y el retrato de la joven en mallas recostada en la silla: ella es real y ese momento ha sido, y nosotros lo vemos, como lo viera Bellocq.

En las putas de Bellocq se sospecha un mundo que el encuadre sugiere; la naturalidad de las poses no traslada el incómodo diálogo modelo-autor, sino que se acomoda mejor a la no imposible amistad de putas y parroquianos.

Friedlander rescató la memoria de Bellocq como lo hiciera Man Ray con Atget o Theo con Vincent. Van Gogh no queda solo en la frecuente estadística de poder ser sólo después de haber sido.

Por Angel María Fuentes. 2002.

Créditos fotografía: Storyville portrait, 1911. Gelatina bromuro de plata virado al cloruro de oro. 20 x 25 cm. Copia realizada por Lee Friedlander, 1985. Colección Julio Álvarez Soto.

Fuente: Catálogo de la exposición «Mirar al mundo otra vez».Galería Spectrum Sotos, 25 años de fotografía.

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