Arte románico (Continuación)

San Bartolomé de Gavin

Hace ya algún tiempo escribí una breve reseña sobre Las iglesias serrablesas y ahora amplío la información comenzando con la de San Bartolomé de Gavín.

Esta ermita adscrita a Gavín debió ser la iglesia parroquial de alguna población desaparecida. Según algunos investigadores, el edificio fue construido por mozárabes a mediados del siglo X. En él destaca su esbelta torre, la más original de las iglesias que componen la ruta del Serrablo. Se eleva sobre un basamento diferenciado y, como en otros casos, su planta es cuadrada y sus muros dibujan un ligero talud en altura. El único elemento original es la torre, pues los muros de la iglesia y su cubierta son producto de una restauración actual a partir de los restos de la planta.
Vistas generales

San Bartolomé de GavinSan Bartolomé de GavinSan Bartolomé de Gavin

Dos ventanitas aspilleradas se abren cercanas a la base. La más especial es la del lado sur con su arco de herradura sobre un dintel, un modelo de raíz prerrománica que encontramos en otros lugares del Pirineo. Elemento singular son las parejas de rosetas enmarcadas que decoran cada frente. Sobre ellas se dispone el cuerpo de campanas con amplios ventanales triples, también de tradición prerrománica. Sus arquitos son de falsa herradura y se apoyan sobre columnitas de fuste almohadillado. Al exterior, la cubierta es a cuatro vertientes, pero al interior se usa la habitual bóveda esquifada realizada mediante aproximación de hiladas en espiral. Encontramos un verdadero arco de herradura en el acceso interior a la torre.

Torre San Bartolomé de Gavin
Torre
Ventana-aspillera San Bartolomé de Gavin
Ventana-aspillera
Rosetas San Bartolomé de Gavin
Rosetas

El resto de la construcción consiste en una pequeña nave rectangular y la cabecera recta, todo con techumbre de madera. Los trabajos de empedrado en el pavimento aportan un cálido aire popular.

Vista panorámica: exterior :: interior. Más información en la Guía digital del Arte Románico.

Cristo de San Pedro de Siresa
Cristo de San Pedro de Siresa

Por Mª Carmen Lacarra Ducay.

El día 6 de julio de 1995, durante las obras de restauración que se llevan a cabo desde hace cinco años en la iglesia de San Pedro de Siresa por parte del Gobierno de Aragón, se descubrió inesperadamente una soberbia talla en madera de nogal correspondiente a la figura de un Crucificado de época medieval. La importancia del hallazgo y el interés que sentía don Antonio Duran Gudiol por este monasterio altoaragonés, al que dedicó numerosas horas de estudio, nos mueven a darla a conocer en este artículo que formará parte de un libro editado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses como sentido homenaje a su memoria.

[...] Se trata de una escultura trabajada en madera de nogal y policromada que por su gran tamaño y finura de realziación merece ocupar un lugar destacado dentro de la imaginería de época medieval. Mide 2 metros y 8 cm. de altura, 53 cm de anchura máxima y 31 cm de volumen. Los brazos y las manos son lo más deteriorado de su anatomía, particularmente las manos, que han perdido gran parte de sus dedos, los cuales serían muy largos, tal como se puede averiguar por lo que se conserva. El brazo derecho y la mano correspondiente, que mantiene el dedo meñique, miden 86 cm de largo; el brazo izquierdo y la mano, que conserva el dedo pulgar, 74 cm.

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Gracias al entusiasmo y tesón de la Asociación cultural "Amigos del Serrablo" varias iglesias de estilo mozárabe —románicas para algunos autores— se han podido recuperar para gozo de todos cuantos las visitan.

Satué: ábisde
Satué: ábisde

Todas estas iglesias datan de los siglo X y XI, y presentan características similares:

  • Planta rectangular cubierta con techumbre de madera y tejado a dos vertientes, excepto la de Lárrede que es de cruz latina, y que se remata con un ábside semicircular.
  • Torre-campanario.
  • Las ventanas se disponen en el muro meridional y occidental. Tipo de arcos: de herradura y semicircular.
  • Puerta de entrada: arco de herradura y alfiz.
  • Ábside: semicircular con bóveda de cuarto de esfera o de horno. En el exterior aparecen tres rasgos distintivos de estas iglesias: el friso de baquetones, un basamento inferior recorrido por una moldura redondeada y unas lesenas unidas mediante arcos ciegos.

«En definitiva, como bien ha dejado establecido don Antonio Durán, la iglesia mozárabe serrablesa viene a ser una síntesis de las corrientes culturales del viejo Aragón altomedieval, puesta al servicio de la antigua liturgia hispánica. Hereda del mozarabismo la concepción de la nave; adopta de la arquitectura carolingia la traza y decoración del ábside semicircular; y asume del arte musulmán la ventana ajimezada, el alfiz, la torre-campanario, y, posiblemente, el friso de baquetones». (J. Garcés: Guía de Serrablo, Amigos del Serrablo, 2004)

San Andrés de Satué: la nave, reconstruida tras la Guerra Civil, en sus muros norte y oeste, está más alejada del lenguaje larredense y más cerca del románico pleno. La torre-campanario es posterior a la época medieval. Ver detalle del friso de baquetones.

La Iglesia de San Pedro de Lárrede es el ejemplar más completo del grupo de templos serrableses, con nave rectangular cubierta con tejado a dos vertientes y dos capilla laterales, una de las cuales es la base de la torre. El ábside sigue las características comunes de este tipo de iglesias (Detalle friso).

Los vanos se abren en el paramento meridional, donde se pueden apreciar tres ventanas de arco de medio punto y otra germinada con dos arquitos de herradura y doble alfiz. La puerta de acceso también se abre en este muro, de arco de medio punto enmarcado en alfiz. En el occidental se abre una ventana con dos arquitos de herradura enmarcada en alfiz.

La torre-campanario, una de las pocas contemporáneas al resto de la fábrica, se cubre con tejado a cuatro aguas, que descansa sobre una bóveda esquifada, y en sus cuatro caras se disponen sendas ventanas ajimezadas de tres arquitos de herradura con columnas cilíndricas, dentro del alfiz.

Nota: justo enfrente de la Iglesia se encuentra la casa Izábal, casa infanzona del siglo XVII que conserva su estado original. Allí se puede pedir la llave para entrar en la iglesia y también comprar el libro "Guía del Serrablo".

San Juan de Busa

San Juan de Busa
San Juan de Busa

Saliendo de Lárrede en dirección a Oliván nos topamos, justo en medio de un prado, con la Iglesia de San Juan de Busa. Su importancia radica en mantiene casi por completo su estado original. La nave rectangular se cubre mediante una techumbre de madera que llega hasta el ábside semicircular, el cual carece de la bóveda. Dado que en su interior tiene unas columnas parecidas a las de Lárrede, se cree que dicha bóveda se cayó y de ahí que la cubierta cubra también el ábisde.

En el muro oeste se abre una ventana ajaimezada con tres arquitos de herradura —es el logotipo de "Amigos del Serrablo"— y en el meridional tres ventanas de arco de medio punto. La puerta de entrada, con arco de herradura enmarcado en alfiz, presenta en sus dovelas una curiosa decoración.

Son solo unos ejemplos de estas magníficas iglesias serrablesas pero espero que estos comentarios hayan despertado en ustedes el interés por visitarlas. Merece la pena.

Actualización. Hemos añadido dos iglesias más: Iglesia de Santa Eulalia (Orós bajo) y San Bartolomé de Gavin.

FUENTES:

  • Garcés, J y Gavín Moya, J.: Guía de Serrablo, Amigos de Serrablo, 2004.
  • Paneles de información
  • Fotografías: Miguel Moliné Escalona

San Adrián de Sasau (o Sasabe)Bien desde Aísa (que conserva hermosos rincones), bien desde Borau (con un camposanto adyacente a la iglesia) —ambas en la comarca de La Jacetania— se puede acceder por carretera a la Ermita de San Adrián de Sasau, joya del Románico que data del siglo XI. En su esplendor tuvo monasterio y claustro, hoy día cubiertos por los propios derrubios del río Lubierre y se dice que guardó el Santo Grial. Su importancia no se reduce a lo artístico ya que Sasabe fue la primera sede del condado de Aragón. Hacia 1070 se produce el traslado de la mitra a Jaca, convertida ésta en capital del incipiente Reino de Aragón.

San Adrián de Sasau (o Sasabe) San Adrián de Sasau (o Sasabe) San Adrián de Sasau (o Sasabe)

Si la vuelta la hacemos en dirección a la Nacional 330, en el collado podremos contemplar una estupenda panorámica del valle del río Aragón con Collarada al fondo.

Fotografías: Miguel Moliné.

Congreso RománicoEl Primer Congreso Internacional del Románico Ciudad de Zamora se celebrará los días 4 al 7 de julio de 2006, en El Campus Viriato (Av. Cardenal Cisneros nº 34) de la ciudad de Zamora. Quienes deseen asistir al Congreso y necesiten alojamiento, pueden consultar la página www.romanicozamora.es, donde encontrarán la relación de hoteles reservados, así como el precio y número de plazas disponibles en cada uno de ellos y el boletín de reserva. En dicha página encontrarán también amplia información sobre las actividades previstas.

La presente exposición, que conmemora el milenario del nacimiento del Santo, se centra en uno de los muchos aspectos por los que su monasterio ha adquirido prestigio internacional, la producción de obras de metal y esmaltes de finales del románico.

Como tantas veces sucede en la Alta Edad Media, y la falta de fechas del claustro y la escasa certeza sobre la existencia de un taller propio de esmaltistas son una muestra, no disponemos de los datos de los que hubiéramos deseado disponer. Así, calculamos que Domingo Manso, el futuro Santo Domingo de Silos, debió nacer hacia el año mil. Se cumple ahora más o menos el milenio de su nacimiento. De los años en que vivió y fue abad de San Sebastián de Silos queda muy poco. Es de lo que significó a partir de su muerte de lo que podemos hablar con mayor conocimiento. Un monasterio y su claustro, como no sea en sí mismo, es imposible que forme parte de una exposición. Nos queda en cambio el recuerdo de la fabricación de los esmaltes tardorrománicos y su relación con la prolífica producción lemosina.

¿Qué se pretende entonces con una muestra que se llama De Limoges a Silos? Seguramente varias cosas. En este caso, primero, poner de manifiesto que antes o contemporáneamente al trabajo en Limoges o en Silos, existieron otros talleres al norte (área mosana en especial), en Italia o en la misma Francia (Conques). Luego se ha deseado hacer una presentación breve de Limoges, que dé paso a la parte más amplia: la exhibición de las piezas lemosinas que fueron hechas para los reinos peninsulares, se adquirieron o donaron aquí, o llegaron por otros diferentes caminos y se conservan en iglesias y monasterios. Tampoco faltan las que durante un tiempo se encontraron en cualquier iglesia hispana, desde donde han emigrado a museos extranjeros. Se pone de manifiesto así, el capítulo tan importante de la historia del arte medieval que escribieron los esmaltistas lemosinos con esa producción inmensa difundida por toda Europa, máxime teniendo en cuenta cuántas obras no se exponen y cuántas se han perdido. A continuación se exhiben esmaltes que bien tienen que ver con el problemático taller silense, bien podrían proceder de otro desconocido ubicado en algún lugar peninsular. El centro de interés lo constituyen todos los objetos que se relacionan con Santo Domingo. Por fin, desaparecidos estos artistas, la producción continúa en Limoges y, aun sin excluir cierto conservadurismo, se va haciendo gótica. A través de muy pocas pero importantes obras se pone de manifiesto este cambio y con él concluye la exposición (Joaquín Yarza Luaces).

Como demuestran numerosos ejemplos de España y Francia, las ciudades medievales se formaron, en su mayoría, a partir de un núcleo antiguo que, por norma general, solía respetarse. En el mundo mediterráneo, el peso de la estructura urbana clásica resulta primordial. En el norte del continente, sin embargo, las excavaciones realizadas tras las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial han aportado una nueva perspectiva sobre el funcionamiento de la ciudad medieval septentrional. Sin olvidar la idea que tenemos de la vida en el campo, podemos afirmar con rotundidad que en la época del románico se vivía en las ciudades.

La Edad Media, en especial los siglos XI y XII, se caracterizó por un gran movimiento de peregrinaciones que convirtió esta época en una de las más intensas de la civilización cristiana. La peregrinación es un viaje a un lugar sagrado, de devoción, en el que los fieles esperan, por lo general, la obtención de una gracia divina. El peregrino sólo decide la fecha y el destino. La ruta incluye numerosas etapas en lugares de piedad, verdaderas peregrinaciones parciales. Se trata de un acto de fe que lleva a cabo el creyente, pues el Camino es peligroso, hasta el punto de arriesgar la vida. Los lugares de peregrinación crecieron a la vez que el número de peregrinos.