Constitución Europea

El fontanero polacoDurante la campaña en Francia sobre el proyecto de Tratado Constitucional europeo los polacos se convirtieron en el demonio ‘extranjero’ y sufrieron toda clase de descalificaciones. En concreto, la figura del «fontanero polaco» se convirtió en el símbolo de todos los males, en algo así como la plaga que destruiría el modelo social y económico francés. “Yo me quedo en Polonia. Venid todos” es la respuesta irónica que puede leerse en la web de la Oficina de Turismo polaca en París. Bajo el rótulo un guapo fontanero asiendo herramientas propias de su oficio. En estos tiempos tan crispados una nota de humor nunca viene mal y más, si de paso se combate con inteligencia las tendencias chovinistas de quienes, en el fondo, votaron ‘no’ basándose en argumentos xenófobos, excluyentes e insolidarios.

El ministro de Trabajo italiano  Roberto Marino acaba de proponer lo que, en términos económicos, sería un suicidio: volver a la lira y abandonar el euro a su suerte. En la versión digital del diario italiano La Reppublica pueden leer una entrevista a Roberto Maroni donde éste explica su postura. Lo más gracioso es cuando afirma que volver a la lira no es por nostalgia para, seguidamente, apostar por un modelo federal. Además, hace responsable al euro, aunque no directamente, de frenar el crecimiento económico, de la pérdida de competitividad y del aumento del desempleo. Sinceramente, dudo mucho que la eliminación del euro ayude a construir otra Europa. Más bien al contrario.

Lo decía ayer y lo mantengo hoy: el ‘no’ francés va en contra de los objetivos fundamentales reflejados en el Tratado de Maastrich (1992) y a favor de recuperar la soberanía e independencia política que, en parte, había asumido la Unión Europea en los últimos años. Ante esta situación, caben dos respuestas: olvidar lo conseguido hasta ahora y volver a los Estados-nación o avanzar rápidamente hacia una unión federal. Desafortunadamente, las primeras reacciones caminan en la dirección equivocada. En lugar de solicitar la introducción de medidas más democráticas como el verdadero reforzamiento del Parlamento Europeo o agilizar la transferencia de soberanía a las instituciones supranacionales, nos encontramos con propuestas como la italiana o como la que, probablemente, defenderá Francia, a partir de ahora y en la que su independencia política y económica primará por encima de cualesquiera otra opción.

Entre las numerosas cifras que estos días corren de periódico en periódico, destacan las que desglosan en función de la ideología las cifras del ‘no’: el 67% de los electores de la izquierda y la extrema izquierda, el 90% de los electores de extrema derecha y el 25% de los electores de centro y derecha se han opuesto a la Constitución europea. Por otra parte, una gran mayoría de cronistas coinciden en otorgar al paro, a la última ampliación hacia el Este y al posible ingreso de Turquía un papel preponderante en la victoria del ‘no’. No nos engañemos, en Francia no ha triunfado el lema ‘Por otra Europa’ sino un rancio nacionalismo conservador y defensor del Estado francés en el sentido que Hegel le dio al término: El estado es la voluntad divina, en el sentido de que es el espíritu presente en la tierra, que se despliega para convertirse en la forma y organización real de un mundo. Es cierto; necesitamos otra Europa pero no la que pretenden los franceses: necesitamos una Europa capaz de superar el concepto de Estado y el miedo al ‘fontanero polaco’ y esto no se consigue apelando a los sentimientos sino a la razón y a la justicia social y económica.

Tal y como pronosticaban las encuestas, el ‘no’ a la Constitución Europea (?) ha ganado en nuestro vecino país aunque queda la duda si los franceses han votado en ‘clave interna’ o, si por el contrario, han decidido rechazar el nuevo tratado per se. Probablemente ambos factores han contribuido a ello. Por una lado, ni las políticas neoliberales iniciadas por el gobierno Balladur en la década de los noventa y continuadas por el actual gobierno, ni las innovadoras políticas sociales y laborales puestas en marcha por Jospin entremedio de unos y otros han servido para frenar el desempleo y el deterioro de los servicios sociales. No podemos tampoco olvidar el papel desarrollado por la extrema derecha cuyo peso es muy importante cuando se trata de plebiscitos aunque su representación parlamentaria, debido al sistema electoral francés, no dé esa impresión. De hecho, el ingreso de Turquía junto a los graves problemas derivados de la inmigración han tenido un gran peso en la campaña a favor del ‘no’; incluso más que la otra opción defendida por el extremo opuesto (‘Por otra Europa’). Y si atendemos a la vocación europeísta del pueblo francés, el resultado no es sorprendente ni mucho menos: ya en 1992, el Tratado de Maastricht fue ratificado por referéndum con un margen de votos muy estrecho (un 51,04% de votos a favor del sí frente al 48,96% del ‘no’. La participación fue del 69,70%).

¿Qué consecuencias tendrá? Tal vez durante un tiempo Europa permanezca noqueada pero, al final, son tantos los intereses económicos en juego que difícilmente se malograrán los objetivos fundamentales de la Unión Europea. El problema no es tanto qué objetivos socioeconómicos y políticos se persiguen, sino cómo deben alcanzarse y el ‘no’ francés bien podría tener efectos muy positivos sobre ello. O también negativos si el resultado se interpreta como un rechazo de la transferencia de la soberanía a las instituciones supranacionales de la Unión Europea.

Por último, recordarles la ‘Declaración al Acta Final de firma por el que instituye la Constitución’: «Si, transcurrido un plazo de dos años desde la firma del Tratado por el que se instituye la Constitución, las cuatro quintas partes de los Estados miembros lo hubieran ratificado y uno o varios Estados miembros hubieran experimentado dificultades para proceder a dicha ratificación, el Consejo Europeo tomará conocimiento de la cuestión». En cristiano: NO HAY PLAN “B”.