Matrimonio

«Coniunctio maris et feminae et consortium omnis viate, divini et humani iuris communicatio». Así definieron los romanos un modelo de matrimonio que, pese a todos los avatares, ha perdurado a lo largo de los siglos. Los sociólogos suelen denominarlo matrimonio tradicional o “institucional” y lo distinguen de otros tipos que se caracterizan por su alejamiento progresivo de la indisolubilidad y por la disminución de la importancia del elemento religioso e institucional. En las sociedades occidentales predomina actualmente el llamado matrimonio «fusión» que se fundamenta en la solidaridad afectiva. El peso institucional tan apenas se hace notar salvo en las ceremonias y signos rituales externos, falta el elemento religioso y el divorcio es un simple corolario que no acarrea estigma alguno. Con la llegada de nuevos modelos familiares, la discusión se centró en el papel que la institución familiar jugaba en la reproducción biológica y social y si la sociedad podría funcionar a través de otras instituciones. Esta problemática, que arrancó en la década de los ochenta, resultó algo artificial: junto a las elevadas tasas de divorcio actuales, se da también una alta tasa de renupcialidad, lo cual nos lleva a pensar que el matrimonio goza de buena salud. Tan saludable que los homosexuales vienen reclamándolo desde hace varios años. O mejor dicho, reclaman los derechos derivados de la formalización de un contrato matrimonial. No seré yo quien les niegue el pan y la sal pero la relevancia social de los matrimonios heterosexuales -base de tales derechos- es totalmente distinta a la de los matrimonios homosexuales. Se trata, en suma, de dos realidades diferentes que bien merecerían tratamientos jurídicos distintos. Una idea nada descabellada a la vista de lo adoptado por la izquierda europea en Finlandia, Noruega, Dinamarca, Alemania, Suecia y recientemente Suiza. En este sentido, coincido con la diputada Mercedes Aroz cuando afirma que «mi crítica es a la regulación jurídica concreta por la que se ha optado para el reconocimiento de derechos a la unión de personas homosexuales» (Las seis razones aducidas por Mercedes Aroz).

Por otra parte, ampliar los derechos de un determinado colectivo provocando al mismo tiempo la fractura social no es signo precisamente de inteligencia. Con la modificación del Código Civil propuesta por el partido socialista, Rodríguez Zapatero ha obrado varios milagros: hasta tres diputadas y un diputado romperán la disciplina de voto (Francisco Vázquez y Mercedes Aroz del PSOE votarán ‘no’; Celia Villalobos y María Pía del PP apoyarán la ley). ¿Y qué decir de la presencia de obispos en la manifestación de mañana? Pues oigan, otro milagro. Tal vez me falle la memoria pero no recuerdo otra situación semejante. Lo cual, por cierto, bien poco dice de los miembros de la Conferencia Episcopal y de ciertos obispos pues nadie les vio, por ejemplo, en las manifestaciones contra la invasión de Iraq. Ni siquiera la voz del ya difunto Juan Pablo II en contra de dicha guerra les sirvió de acicate para participar activamente en tales demandas. En cuanto al PP, ya comenté su repentino giro a favor de las movilizaciones: El PP descubre las pancartas. Nunca lo podremos saber con certeza pero probablemente ni la manifestación de mañana ni la tensión social generada se habrían producido si el PSOE hubiera regulado los innegables derechos de los homosexuales mediante una figura jurídica distinta a la del matrimonio. La razón es muy sencilla: tal actitud hubiera dejado vacua la oposición de la Iglesia Católica y de los populares.