Violencia de género

Según iba leyendo el artículo Así debe actuar un “héroe” no dejaba de pensar en el caso de un joven al que una juez le ha impuesto 3 meses de cárcel y 15.550 euros de multa por meterse en camisa de once varas. Pérez-Reverte lo desgrana con su habitual humor socarrón en Piénselo dos (o tres veces).

Y ya nos les digo nada si no tienen la plena seguridad de que la maltratada es realmente la mujer, porque se pueden encontrar con que todo es una gran mentira.

Por desgracia, estas casos ni son tan esporádicos como creemos ni benefician a las mujeres; más bien todo lo contrario. Es lo que sucede cuando se entra en el Código Penal como un elefante en una chatarrería.

El 8 de marzo se celebra el Día de las Naciones Unidas para los derechos de la Mujer y la Paz Internacional. Este año 2009, el lema es “Mujeres y hombres: unidos para poner fin a la violencia contra las mujeres”. Actualmente, la violencia contra la mujer sigue siendo una realidad devastadora. Las Naciones Unidas indican que, por ejemplo, una de cada cinco mujeres en el mundo se convertirá en víctima o intento de violación en el transcurso de su vida.

Actualización 16/03/2016: la ONU ha habilitado un sitio web donde se recoge numerosa información sobre la mujer.

Lo digo en serio: ¿en qué me equivoco? Verán, acabo de leer una noticia sobre la violencia machista y su último párrafo me ha dejado dubitativo:

También ha explicado [Miguel Lorente, delegado del Gobierno sobre Violencia de Género] que, según los datos de 2006, la tasa de agresores en los inmigrantes es del 9,4%, frente al 2,2% de los españoles, si bien ha puntualizado que estos porcentajes están “desproporcionados” ya que entre los inmigrantes hay un 64% de hombres de entre 20 y 49 años -que es el sector con más agresores-, mientras que entre los españoles esta franja de edad representa el 46,9% de la población masculina.

No se si ustedes habrán entendido lo mismo que yo pero creo que va en la dirección de “el porcentaje de los inmigrantes es más alto pero se explica por la pirámide de la población”. Lo curioso es que calculo y el resultado sigue siendo muy desfavorable para los inmigrantes.

Nota: tampoco entiendo muy bien qué quiere decir con inmigrantes. No se si si está hablando de extranjeros o de españoles de origen extranjero.

Veamos:

  1. Supongamos para simplificar que todos los agresores tienen entre 20 y 49 años.
  2. Para el caso de los inmigrantes tendríamos 9,4 agresores por cada 100 hombres. Como 64 tienen entre 20 y 49 años, el porcentaje sería el siguiente: (9,4 x 100) / 64 = 14,7 %
  3. Para el caso de los españoles tendríamos 2,2 agresores por cada 100 hombres. Como 46,9 tienen entre 20 y 49 años, el porcentaje sería el siguiente: (2,2 x 100) / 46,9 = 4,69 %

Aunque la diferencia ha disminuido, el número de agresores entre los inmigrantes triplica al de los españoles. Si tengo razón, el Gobierno estaría realizando una evaluación incorrecta de la violencia machista al creer que no existe una diferencia estadísticamente significativa entre los inmigrantes y los españoles. Ello implicaría:

  1. Creer que no existen variables distintas y propias en el grupo de inmigrantes que expliquen las diferencias con el otro grupo de referencia.
  2. Diseñar intervenciones basadas en evaluaciones incompletas al pasar por alto factores que podrían explicar las diferencias entre ambos grupos como son los culturales y los distintos roles de la mujer en otras culturas.

La noticia: Sólo el 0,4% de los españoles ve como un problema grave la violencia machista.

Hace ya algunos días, la mayoría de los medios de comunicación daban la noticia de la publicación de un informe del World Economic Forum en el que España, respecto al año pasado, descendía siete puestos en materia de igualdad entre hombres y mujeres. En función de su ideología cada uno de aquéllos interpretó los datos de una forma distinta y por ello les dejo los enlaces directos a dicho informe:

Uno de los apartados en los que España alcanza una buena puntuación es la legislación que castiga la violencia contra la mujer pero salimos peor parados cuando comparamos los salarios de hombres y mujeres, ya que éstas siguen cobrando menos, aun cuando realicen trabajos idénticos.

Tanto en uno como en el otro caso el fracaso del Gobierno es notorio. La razones de ello no debemos buscarlas en la propia ley sino en la deficiente gestión posterior. Como ha ocurrido con otro tipo de iniciativas, como la Ley de la Dependencia o las ayudas a los alquileres, la falta de recursos junto al escaso interés — o ineptitud— del Gobierno por desarrollar lo aprobado nos ha llevado a la situación actual. La cuestión de los salarios es significativa ya que desde el año 1.995 (y aclarado aún más a partir de 2.002) el Estatuto de los Trabajadores lo deja bien claro:

Artículo 28: El empresario está obligado a pagar por la prestación de un trabajo de igual valor la misma retribución, satisfecha directa o indirectamente, y cualquiera que sea la naturaleza de la misma, salarial o extrasalarial, sin que pueda producirse discriminación alguna por razón de sexo en ninguno de los elementos o condiciones de aquélla.

¿Por qué entonces retrocedemos en este aspecto? Porque aquí no hay fotos ni portadas de periódicos ni da lugar a grandes discursos. Aquí se necesitan más inspecciones y más sanciones (si fueran necesarias). Por desgracia, estas medidas requieren tesón, voluntad y trabajo por parte de la Administración y eso vende mucho menos que una ministra de Defensa embarazada o una reunión en el G-20.

En cuanto a la violencia contra la mujer, el Gobierno ha llevado la discriminación positiva a un absurdo jurídico avalado, eso sí, por el Tribunal Constitucional. Voy a poner dos ejemplos con los que creo se entenderá perfectamente de lo que estoy hablando:

Ejemplo 1: caso de racismo.

Caso A: accidente leve de coche. Uno de los conductores es de raza blanca, el otro negra (o asiática). El blanco sale enfurecido del coche y le pega tal paliza al sujeto negro que le ocasiona la rotura del tabique nasal. El conductor blanco es detenido por la policía y puesto a disposición judicial pero al juez nunca se le ocurriría aplicarle la agravante de racismo porque el color de la piel nada ha tenido que ver con la pelea.

Caso B: un joven de raza blanca, integrante de una banda neonazai, sube un día por la escalera de su casa y se encuentra con otro joven de raza negra. Sin mediar provocación, le pega una paliza mientras le espeta “negro de mierda”, “inmigrante de mierda”, etc. El resultado es el mismo del caso anterior, es decir, la rotura del tabique nasal. Pues bien, en aplicación del artículo 22 del CP, el sujeto en cuestión pasaría a ver cómo su pena se agrava por el componente racista de su acto.

Ejemplo 2: violencia contra la mujer.

Llega un día a casa y se encuentra a su mujer borracha y al hijo menor de ambos desatendido. Enfurecido, le pega un puñetazo y le rompe, como en el caso anterior, el tabique nasal. De un delito castigado con la pena de tres a seis meses pasamos a un castigo de dos a cinco años por el mero hecho de que la víctima es su esposa. Si es al mujer la agresora, entonces la pena es menor y no se le aplica agravante alguna.

Dicho de otro modo: toda agresión de un hombre a una mujer es gravada porque, según la Ley, aquélla obedece siempre a una «manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres».

¡Esperpéntico! Diga lo que diga el TC, esta situación infringe el principio de proporcionalidad de las penas, el de igualdad, la responsabilidad penal personal y la presunción de inocencia. La defensa, justa y necesaria, de las mujeres cruelmente maltratadas por sus parejas no puede ni debe pasar por alto principios tan básicos del Derecho. Los que defienden la actual redacción de la Ley no deben olvidar que sus argumentos se podrían volver en su contra en un futuro próximo cuando, por ejemplo, se soslayen dichos principios en materias como la seguridad ciudadana o la lucha contra el terrorismo por poner solo dos ejemplos. El fin no justifica los medios.

Los pasados días 10, 11 y 12 de noviembre se celebró en Cuenca el XIX Congreso de Mujeres Abogadas en el que se trataron cuestiones como la Ley de Igualdad, la última reforma de la Ley del Divorcio y la violencia de género. Pueden leer las conclusiones en el sitio de la Coordinadora Estatal de Mujeres Abogadas.

Veintiuna mujeres han fallecido a manos de su pareja o ex-pareja durante el primer trimestre de 2006, más de un año después de la entrada en vigor de la Ley Integral contra la Violencia de Género. Estas cifras son las más altas desde 1999, cuando se empezaron a contar oficialmente este tipo de casos. Una vez más, se demuestra el fracaso de las leyes que no establecen la prevención como objetivo fundamental y que no cuentan con los medios humanos y materiales necesarios.

La protección efectiva de los derechos humanos de las mujeres un año después de la plena entrada en vigor de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género: informe de Amnistía Internacional.

Leyendo estos días Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano (Condorcet, 1795), me sorprende la confianza en el destino humano y la fe en el progreso que el autor profesa. Confianza y fe a pesar, incluso, de las calamidades que para él supuso la Revolución. Condorcet creía que el progreso seguiría tres direcciones: una creciente igualdad entre las naciones, la eliminación de las diferencias de clase y, como consecuencia de ambas, una mejoría mental y moral de la especie. Creía, por ejemplo, en la democracia como medio para acabar con la explotación de unos pueblos sobre otros y defendía que la igualdad de oportunidades podría llegar gracias, sobre todo, a la educación universal. En este sentido, también apostó por la libertad de comercio, los servicios sociales, la abolición de la guerra, la eliminación de la miseria y el lujo, y la igualdad de derechos para las mujeres. Pero, por encima de todo ello, la fe axiomática en la razón:

Llegará una época en que el sol alumbre sólo a un mundo de hombres libres que no reconocerán otro señor que su razón y en que los tiranos y los esclavos, y los sacerdotes y sus instrumentos estúpidos o hipócritas no existirán sino en la historia o en la escena.

Así de contundente se expresaba aunque, tres siglos más tarde, su optimismo nos pueda parecer algo infantil a la vista de acontecimientos recientes como la invasión de Iraq, de conflictos como los de Sudán, Chechenia o Palestina o de problemas actuales como el trato dispensado a las mujeres en la mayoría de los países musulmanes. Aunque tampoco hace falta irse tan lejos porque, en España mismo, la violencia contra las mujeres en el ámbito doméstico es el pan nuestro de cada día. Seguro que todos y cada uno de nosotros podemos, sin demasiado esfuerzo, poner otros tantos ejemplos.