F. Marín Bagüés (1879-1961)

Francisco Marín Bagüés fue el más pequeño de los siete hijos de Ignacio, un veterinario soriano, y de su esposa, Bárbara, natural de Leciñena, pueblo donde vivió la familia mucho tiempo y que vio nacer al artista. Al maestro de la escuela hay que atribuir el primer aprecio por las dotes del chico para el arte, pero la voluntad paterna lo encaminó por la, para él, áspera senda del bachillerato. Todo es, sin embargo, inútil cuando se trata de ahogar una vocación tan profunda, definida y ardiente como la que sentía aquel mozo monegrino. Atado a ella de modo que conmueve, Marín Bagüés la sirvió como quien se dedica a un sacerdocio. Su temprana orfandad, las estrecheces económicas, la permanente soltería y los embates de la enfermedad no pudieron nada contra la voluntad de este hombre, introvertido y modesto, que pasó la mayor parte de su vida en la ciudad de Zaragoza, donde concluyó sus días.
Para muchos críticos y estudiosos, es el más notable pintor aragonés del siglo XX. La representación de lo regional en ese siglo —tipos, trajes, paisajes rurales y urbanos, sucesos de la historia del antiguo Reino y numerosos retratos de personajes contemporáneos— está vinculada a su trabajo excepcional, constante, innovador y dotado de fuerte personalidad. Hay imágenes de Aragón y de lo aragonés debidas a su talento, que, por su poderoso impacto, actúan en la memoria social como verdaderos iconos consagrados: imágenes del Ebro, de la jota, de la vida hogareña en el campo o de acontecimientos como el Compromiso de Caspe, apenas pueden ser imaginados sin pasar por la plasmación que les diera en sus lienzos Marín Bagüés.

Las Tres Edades (1919)

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F. Marín Bagüés, Las Tres Edades, Castelserás, 1919. Óleo, 158 x 135 cm. Colección particular

Es un gran cuadro, desde los puntos de vista iconográfico y estético, con un título en clave alegórico-regional. Pero la alegoría, procedente de fuentes clásicas para representar en figuras femeninas las tres etapas fundamentales de la vida, era en Marín Bagüés, sobre todo, una visión melancólica de la mujer y de lo que había soñado podía haber representado en vida, que cumplía en ese año los cuarenta.
Las tres mujeres que posaron para el cuadro eran de Castelserás. La joven sentada en el suelo era su sobrina Leopoldina Anglés Marín, modelo habitual del pintor, siempre vestida con mantón floreado como en el cuadro Baturra con traje verde y un plato de frutas (h. 1918) y en otros. Supuso también el broche brillante a su pintura regionalista, que en este lienzo pasaba a un plano de complemento secundario.
La escena en la que sitúa Marín estas tres figuras es el cálido interior de una casa del pueblo de Castelserás. Un espacio sobrio pictóricamente, pero acogedor por el fondo de madera de las hojas en cuarterones de una puerta y el respaldo torneado de la silla desde la que preside sentada la mujer mayor con la rueca de caña y el huso en sus manos.
Ésta es, sin duda, la figura de mayor presencia expresiva por su mirada directa al espectador y por la gran falda rojo púrpura que traza el eje central del cuadro y de su composición triangular. En cada ángulo pone el pintor las otras edades: a la derecha, la muchacha sentada en el suelo, con el cestillo de frutas en el regazo de su falda azul y en el opuesto, la niña de vergonzosa pero intensa mirada, que lleva recogido con sus manos el delantal o zagalejo de color azul, del que asoman una flores por los extremos.
En los colores que con tanta sensibilidad eligió Marín para los vestidos de cada edad, en los objetos que llevan cada una -rueca, frutas y flores- y en los matices de sus miradas (la de la muchacha hacia el suelo se debía también a su estrabismo) encontramos las claves de esta alegoría en versión rural de sobrio realismo. Pero también expresaba la psicología afectiva del pintor, que veía alejarse el amor fallido, y hasta rechazado, de juventud y lo apuntalaba en la decidida figura de la mujer mayor, como un trasunto del papel que desempeñaba su madre.
Tenía el cuadro en mucha estima, pues lo guardará consigo hasta que hacia 1947 se entusiasmó con el lienzo Eduardo Baeza, gobernador civil de Zaragoza, y se lo compró.

FUENTE: Francisco Marín Bagüés. Su tiempo y su ciudad (1879-1961). Colección Mariano de Pano y Ruata. Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, 2005

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