Federico de Madrazo: Gertrudis Gómez de Avellaneda

Federico de Madrazo (Roma, 09/02/1815 - Madrid, 10/06/1894) : Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1857Federico de Madrazo (Roma, 09/02/1815 - Madrid, 10/06/1894) : Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1857
Óleo sobre lienzo, 117 x 85 cm.
Museo Lázaro Galdiano (Inv. 3569).


Retratada hasta las rodillas, a sus 43 años, está sentada en una butaca de terciopelo granate, recortada su figura ante un muro gríseo, adornado tan solo en el extremo derecho por un cortinaje. Recogido en la nuca su abundante cabello, oscuro y brillante, con un bello tocado de flores y velo, viste un traje negro de raso y encaje, sujetando un espléndido chal de cachemir multicolor en el brazo izquierdo, en el que luce un vistoso guardapelo, y un pañuelo de encaje blanco en la mano contraria, en la que lleva un brazalete de perlas de varias vueltas. Contrariamente a lo que cabría suponer en el pincel siempre alagador del artista, Madrazo no ha omitido la mancha que tenía la escritora en su mejilla derecha.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, importante figura de la literatura romántica española, nació en Puerto Príncipe (actual Camagüey, Cuba) en 1814. Se trasladó con su familia a Europa en 1836, escribiendo su primera novela en Sevilla, El mulato Sab (1839), y su primer drama teatral, titulado Leoncia (1840). Para abrirse camino en los círculos literarios tuvo que firmar sus escritos con el seudónimo “La Peregrina”. Llegó a ser una de las personalidades más destacadas del Madrid isabelino y su talento fue especialmente reconocido en el Liceo Artístico y Literario, institución que en 1845 la distinguió con una corona de oro. Falleció en Madrid en 1873.

Éste es, con toda justicia, uno de los más celebrados retratos femeninos de Federico de Madrazo y, también, una de las piezas antológicas de la retratística decimonónica española. Entre la fecundísima producción retratística de este maestro, Federico consigue en esta ocasión, como en pocas, un equilibrio perfecto entre la utilización de las pautas más características de sus retratos de damas burguesas y la extraordinaria riqueza plástica de su ejecución, todo ello puesto al servicio del rotundo acierto del pintor en la captación expresiva de la personalidad de su modelo y de su carácter vehemente y enérgico, que se traduce en su obra literaria y que llegó a considerarse en su época como impropio de una pluma femenina. En efecto, Madrazo logra plasmar espléndidamente la belleza madura de la modelo, la profundidad de sus ojos claros, de mirada clara y directa, que se dirigen al espectador con una mezcla de franqueza absoluta y cierta altivez melancólica, que refleja la vida intensa de la escritora, teñida de frustraciones y dramas personales. Pero, sobre todo, el mayor acierto del retrato reside en la imponente presencia de la modelo, que posa erguida, con una dignidad y empaque envueltos en una elegancia natural, que traducen magistralmente la personalidad de la escritora, junto a una singular libertad pictórica en el tratamiento del vestido y el chal, resueltos con extraordinaria jugosidad y soltura, de gran modernidad para su tiempo, especialmente visible en los flecos, que dan el toque de color del retrato, pintado, por lo demás, con una paleta muy sobria, de grises y negros.

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