Francisco de Goya: La familia del infante don Luis

Goya_La familia del infante don Luis

Francisco de Goya (1747-1828): La familia del infante don Luis, 1783.
Óleo sobre lienzo, 248 x 330 cm.
Parma, Fondazione Magnani-Rocca


El cuadro del infante don Luis con su familia y sirvientes fue pintado por Goya en el verano de 1783, en el palacio de Arenas de San Pedro (Ávila), donde el hermano de Carlos III vivía alejado de la corte. Don Luis de Borbón, hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio, había nacido en 1727. Destinado a la Iglesia y nombrado cardenal en 1735, fue arzobispo de Toledo y, en 1739, arzobispo de Sevilla. Sin vocación religiosa y muy inclinado, por el contrario, a las mujeres, don Luis renunció a su dignidad eclesiástica a sus veintitrés años, residió en la corte durante los reinados de su hermanastro, Fernando VI, y de su hermano, Carlos III. Este último no autorizó su casamiento con una dama de la realeza, ya que de ese modo sus hijos, españoles, hubieran tenido precedencia en los derechos al trono sobre los de Carlos, nacidos todos en Nápoles. Sólo cuando la vida amorosa del infante rozó el escándalo, el rey autorizó su matrimonio, pero con una dama de baja alcurnia. Publicó, además, la Pragmática Sanción, diez días antes de la boda, por la que el obligado matrimonio morganàtico del infante invalidaba el derecho de sus hijos a llevar el apellido paterno y, por tanto, a la sucesión al trono.

La joven elegida, treinta y dos años más joven que don Luis, fue doña María Teresa de Vallabriga, hija de un capitán de caballería de la baja nobleza aragonesa. Le dio cuatro hijos, de los que sólo sobrevivieron los tres que aparecen en el cuadro: don Luis, el primogénito, doña María Teresa Josefa, futura condesa de Chinchón, y doña María Luisa Fernanda. Los tres fueron enviados a Toledo a la muerte de su padre, en 1785, y separados de su madre. El mayor, destinado a la carrera religiosa, llegó a ser como su padre, arzobispo de Toledo; las niñas ingresaron en un convento, seguramente con la idea de evitar su casamiento y descendencia, asegurándose así Carlos III la línea dinástica que partía de él y sus hijos.

En el verano de 1783 Goya fue invitado al palacio de Arenas de San Pedro. La pequeña corte del infante, hombre culto, amante de la música y el arte, estaba dominada por la figura de la joven esposa, en torno a la que giraban la vida y las intrigas del palacio. Goya, en los inicios de su carrera cortesana, fue admirablemente recibido. Era amigo de Francisco del Campo, uno de los secretarios del infante, salió de caza con don Luis, y le complació en todos los retratos que hizo en su primera estancia y en la segunda, al año siguiente. El gran retrato familiar, en el que Goya se incluyó pintando ante el caballete, reúne al infante, a su mujer e hijos, a las doncellas y a otros servidores de la casa, como el peluquero, cuyos rostros no han podido ser identificados con precisión. Tal vez figura entre ellos el músico Luigi Boccherini, que se ha querido ver en el joven de perfil en primer término, y quizá ese Francisco del Campo, amigo de Goya. María Teresa de Vallabriga es, sin duda, la figura central de la escena, resaltada por la fuerte iluminación que reverbera sobre la blancura de su peinador. El infante, de perfil, ha dejado el juego de cartas sobre la mesa, y mira hacia delante, al grupo de sus cortesanos o sirvientes, en un perfil riguroso que parece evocar monedas con efigies reales. La luz procede de la vela central, en un recurso que Goya tomó de los maestros venecianos, especialmente de Bassano, mientras que la disposición general recuerda en líneas generales la de Las meninas, con el autorretrato de Velázquez ante el caballete.

Ejemplo de retrato de grupo, poco frecuente en la pintura española, y uno de los más espectaculares de todo el siglo XVIII, el artista unió la idea del retrato íntimo, como las «piezas de conversación» a la inglesa, generalmente de pequeñas dimensiones, con el retrato de gran porte, de proporciones palaciegas, en la que el infante quiso, sin duda, valorar a su familia como él pensaba que le correspondía. Goya creó con habilidad esta compleja escena, en la que aparecen catorce figuras. Para entonces, su capacidad compositiva, aunque no tanto en el retrato, había sido demostrada con creces en sus frescos, cuadros religiosos y cartones para tapices. Aquí, sin embargo, mostró, además, sus portentosas dotes de retratista, con la enorme variedad de rostros de distinto carácter y género, de jóvenes a viejos, desde el candor de los niños al cansancio y amargura de algunos de los adultos, haciendo a la vez retratos de enorme profundidad psicológica y chocante naturalismo.

Fuente texto: Catálogo exposición El retrato español. Del Greco a Picasso.

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