Jerusalem

La más famosa con mucho de las ciudades de Oriente – longe claríssima urbium Orientis, como la calificó Plinio (Nat. Hist. V, 15) – aparece en mapas paleocristianos, v.gr. el mosaico de la iglesia de Madeba, como centro del mundo. Ciudad sagrada del judaísmo y del cristianismo, es también profundamente venerada por el Islam. En dos ocasiones quedó destruida y despoblada, para renacer tras breve lapso de tiempo las dos veces, siempre como crisol de razas y pueblos. En la fiesta de la Resurrección de Cristo se dan cita, en Jerusalén, en la Iglesia del Santo Sepulcro, gentes de los más apartados rincones del planeta.

Sus más remotos restos arqueológicos revelan que el lugar era ya al menos visitado por gentes del país en el III milenio antes de Cristo, mucho antes, por tanto, de que como dice el Génesis (XIV,18) Abraham recibiese la visita y pagase un diezmo a Melquisedek, rey de Salem. En aquel entonces, Jerusalén (Urusalim en las cartas de Amarna) parece que era una ciudad amorita, frecuentada por los nómadas de este nombre, en proceso de hacerse sedentarios.

La actual Ciudad Vieja de Jerusalén está rodeada de una muralla rehecha muchas veces. En la Puerta de Damasco se puede ver su estructura, bajo el puente moderno de acceso a la misma: los cimientos y las hiladas bajas son en parte de Herodes, en parte de Adriano; lo demás, como casi todo el circuito, del sultán turco Solimán el Magnífico, que remató su reconstrucción en 1450.

Pese a los muchos avatares de su pasado, la planta de Jerusalén se debe a los romanos, quienes primero la destruyeron y después la rehicieron y rebautizaron con otro nombre, Aelia Capitoliana (Aelia por Aelius, el gentilicio de Adriano; Capitolina por Júpiter, que reemplazó entonces a Yahvé, su viejo titular). Los romanos le dieron forma de campamento militar. El cardo se puede hoy recorrer, casi exactamente, entre la Puerta de Damasco y la de Sión; y lo mismo el decumano, entre la Puerta de Jaffa y el recinto del Templo, por las calles de David y de la Cadena.

Los romanos dejaron fuera de su recinto a la pequeña Jerusalén de David: el espolón llamado Ofel, estrecho y fácil de fortificar, pero no a las extensas eras del acaudalado jebusita Arauna, que David compró y Salomón convirtió en sede del Templo de Yahvé y de su magnífico palacio.

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