Joaquín Sorolla: Aureliano de Beruete

Joaquín Sorolla (1883-1927): Aureliano de Beruete, padre, 1902.Joaquín Sorolla (1883-1927): Aureliano de Beruete, padre, 1902.
Oleo sobre lienzo, 115,5 x 110,5 cm.
Inscripción en el ángulo inferior izquierdo: «A mi amigo A. de Beruete / J. Sorolla y Bastida / 1902».
Madrid, Museo Nacional del Prado, P-4646.


Aureliano de Beruete (Madrid, 1845-1912) fue uno de los más destacados paisajistas de su época. De familia aristocrática y adinerada, tuvo una amplia y sólida formación. Se doctoró en Derecho por la Universidad de Madrid y fue uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza. En 1874 comenzó a dedicarse a la pintura de paisaje, en la que recibió lecciones de Carlos de Haes, profesor de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid. Excelente conocedor de la pintura antigua, publicó en París en 1898 una monografía sobre Velázquez, que se tradujo al inglés en 1906 y al alemán en 1908. La refinada cultura de Beruete, persona de mayor edad y mejor posición social y económica que Sorolla, ejerció sin duda, a través de un trato frecuente y cordial, una notable influencia sobre su amigo.

La obra participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1904. Figuró después en distintas exposiciones del artista en París (Galerie Georges Petit, 1906), Berlín, Colonia y Dusseldorf (Casa Schulte, 1907) y Londres (Grafton Galleries, 1908). En esta última la vio Archer Milton Huntington, que descubrió a Sorolla allí y quiso adquirir el retrato para su Galería de Españoles Ilustres con destino a la Hispanic Society de Nueva York. Esto motivó una consulta de Sorolla a su propietario, que respondió negativamente, consciente de la calidad del retrato. En una carta fechada en Madrid el 16 de mayo de 1908 decía lo siguiente: «Lo destino, con el de M.a Teresa, y V. lo sabe, al Museo Moderno. / Ya sé que V. me haría otro y que sería aún mejor que ya es, pero este lienzo tiene para mí un mérito inmenso: pertenece a una época que ya pasó; tiene algo que dudo pudiera darse en otro, aun cuando fuera mejor como arte. / Ya V. sabe que desde que fue conocido obtuvo un éxito grande: ha sido la envidia de muchos. / Todo hace que, con gran sentimiento por el interés hacia V., me haya visto privado de complacerle en esta ocasión».

Beruete le propuso a Sorolla que hiciera en la propia exposición, ante el retrato, una réplica, pero el artista prefirió pintar un nuevo retrato de su amigo del natural. Lo realizó en ese mismo año de 1908 para Huntington y resultó muy distinto. De todos modos la obra de 1902 figuró en la exposición de Sorolla en la Hispanic Society en 1909. En 1912, tras la muerte de Beruete, se colocó sobre un caballete en la gran exposición de obras del artista que se realizó en los estudios de Sorolla en Madrid, «cedidos por éste como tributo de cariño a la memoria de su antiguo amigo», según se indica al final del catálogo editado para la ocasión.

Como señalaba el poeta Juan Ramón Jiménez, «la sombra de los viejos maestros no abandona a Sorolla» y en sus retratos comprende «la malicia de los ambientes engañosos» que tuvieron El Greco y Goya; el de Beruete «vale bien un retrato de Whistler». La extraordinaria calidad colorista en la ajustada gama de grises y negros conviene muy bien a la refinada y sobria elegancia del retratado. Éste, persona reservada, aparece sentado sobre su abrigo, con naturalidad, como si acabara de entrar desde la calle, con su sombrero de copa en la mano. Ese carácter casi momentáneo de la pose era frecuente en Sorolla, como también la actitud sedente del modelo, de perfil, con la cabeza hacia el espectador. Conseguía con ello una sensación de inmediatez e instantaneidad muy característica y, a la vez, seguía rigurosamente la misma disposición que en el retrato de Doña María Teresa Moret, señora de Beruete (Museo del Prado, P-4655), pintado un año antes y del cual esta obra es pareja, pues también está sentada de perfil, sobre un amplio manto apoyado en el respaldo de la silla. En el mismo año de 1902 pintaría a Aureliano de Beruete, hijo (Museo Nacional del Prado, P-7683).

Al fondo, sobre un caballete de campo, se ve un paisaje pintado por Beruete con el puente de San Martín de Toledo, motivo que trató en diferentes óleos, entre ellos uno enviado a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1901 (n.° 51 del catálogo, 50 x 69 cm). Beruete sintió por Toledo una verdadera predilección, y pintó allí a menudo entre 1875 y 1911, especialmente a partir de 1903. El paisajista solía pasar el mes de octubre en la ciudad castellana, de la que fue su pintor más destacado. Allí le acompañó Sorolla en su campaña de 1906 y quizá, como apunta Marín, bajo la sugestión de los cuadros toledanos reunidos en su estudio en 1912, volvería el artista valenciano ese año a pintar en aquella ciudad.

Fuente texto: Catálogo exposición El retrato español. Del Greco a Picasso.

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